Los colores del otoño

20111215-021538.jpg¿Cómo –o por qué– evitar mi eterna fascinación con Japón? Toda mi infancia y juventud me atrajeron las historias de samurais, ronin, geishas…, el típico embebimiento con culturas orientales que, por sernos ajenas, estimamos mejores, sin haber llegado de verdad a apreciarlas. Me ha hecho falta el inmenso ejemplo de Takemitsu, más orgulloso de lo que hacen los japoneses que del mero hecho de ser japonés, más satisfecho de su obra de que lo aprecien por su nacionalidad, para justipreciar lo nipón.

No reivindico lo exótico. No digo que no haya colores tan hermosos en el otoño español como lo que aquí muestro. Digo que si a alguien se le ocurriera es España hacer una App turística con sólo cuatro capítulos, uno de ellos nunca sería el del cromatismo autumnal. La sensibilidad a la belleza efímera, evanescente, es un factor no asociado a nuestra cultura, que parece íntimamente asociado a lo japonés. ¿Hay algún lenguaje europeo con un concepto semejante al kigo?

En fin, que es una hermosa foto, de un bellísimo paisaje, y que me parece un acercamiento cultural mayor que mil historias y descripciones. Quizá sólo la mitología me parezca más reveladora de semejanzas y ausencias.

 

Concierto Benéfico por Japón

Este jueves 19 presento un evento en favor de los damnificados por los desastres de Japón, a las 19:30 en el Círculo Valenciano de Madrid, Paseo del Pintor Rosales 58.
Acudid todos. Y a ver si podemos inventar algo similar para Lorca.
Aquí debajo podéis escuchar a María Teresa Ramos, mi mujer, tocando una de las obras que interpretará en concierto.

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Takemitsu revisitado

Volver a Takemitsu es como el regreso a la amada: encanto, calidez y conocimiento de sí. Pocos son los autores que, al releer sus partituras, me producen esa sensación. Y si digo que entre esos pocos se cuentan Bach y Messiaen, entenderéis la profundidad de mis palabras.

Pues el caso es que algunos de mis antiguos alumnos me ha pedido que les hable de Takemitsu. Obviamente, no he opuesto resistencia alguna. Y al repasar su vida, su obra y su técnica, me doy cuenta, quizá con mayor lucidez que nunca, de lo original, lo extraño, de su aproximación a la música. Desde una educación japonesa antioccidental, abrazar la orquesta. Prepararse espiritualmente tocando La Pasión según San Mateo para escribir algunas de las menos bachianas páginas de la historia.

Ojalá a todos nos fuera dado el poder vernos desde fuera, el juzgarnos con imparcialidad. En cierta medida, toda la producción de Takemitsu puede considerarse un comentario a la música de Occidente, y es una de las muchas cosas que debemos agradecerle.

Tan Dun, quizá, pudiera representar un caso similar, aunque no puedo dejar de pensar que, por más occidentalizado, menos puro.

Y, ya que andamos en ello, adviértase la cantidad de veces que he nombrado a Occidente en este artículo. Tras un convulso siglo XX, qué poco hemos tenido en cuenta que, si nuestra música tiene algún valor, debe convertirse en el legítimo legado de todo ser humano, del continente que sea. El eurocentrismo que a menudo lastra a los críticos, ha de ser reconocido y erradicado. Nunca olvidaré el comentario de un senegalés, que reclamaba su derecho a que no se le considerase descendiente tan sólo de los tambores africanos, sino también de Bach y Brahms. Tenía razón. No pocas veces, nuestro aprecio y estudio de otras músicas camufla un espíritu elitista.

Y esto me devuelve a Takemitsu y su disgusto por ser apreciado sólo como japonés. O sus clarividentes comentarios sobre músicas capaces, o no, de resistir el viaje a otras culturas. Pienso que el futuro de la música tendrá mucho que ver con sus opiniones. Y con ese mar sin Este ni Oeste del que le gustaba hablar.

Primeras veces

Hay algo especial en las primeras veces. Nunca, por ejemplo, olvidaré la primera vez que me pusieron (por cierto, seguidas) las obras Concierto para orquesta, de Bartok, La consagración de la Primavera de Stravinski, y el Preludio a la siesta de un Fauno, de Debussy. La sensación fue de absoluto pasmo, de cómo era posible que todo eso eso hubiera estado siempre allí y yo no lo conociese.
Decir que la sustancia de ese encanto de la primera vez radica en la inocencia y la novedad es insuficiente. A estas alturas de mi vida difícilmente me considero inocente. Y sin embargo, me encuentro viviendo un mundo de primeras veces: mi reencuentro con M, que fue hace muchos años mi primera novia y mi primera experiencia no casual; mi primera visita —vivimos en ciudades distintas— a su casa; la primera vez que escucho cómo toca Takemitsu y Ligeti al piano. Y, por supuesto, muchas primeras veces, con ella, de cosas que a veces por insignificantes, a veces por íntimas, no voy a contar aquí.
Cada dinámica entre dos es diferente. Cosas que ambos habíamos hecho por separado son una primera vez para la combinación de M y yo. Y lejos de quitarle magia, se la añade, y además encanto, pues a ambos nos resta torpeza. Y las que son primera vez para ambos son tan disfrutables como siempre.
Y de nuevo, absoluto pasmo y la sensación de que cómo es posible que todo eso anduviera por el mundo y yo no lo conociese. Hasta cosas que andaban dentro de mí y yo ignoraba.

Ahora mismo, para mí, el pasado ya no es lo que era —afortunadamente, pues mi pasado reciente ha sido tormentoso—. Y, en consecuencia, el futuro tiene muy otras perspectivas, M. Lo conseguiremos. Tú y yo podemos.