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Vídeos empleados en la primera sesión de “Las músicas que no se escuchan” en Palencia

Para los asistentes a la tertulia, y para los que tengan curiosidad por saber qué sucedió ayer en este seminario organizado por el Ateneo palentino, aquí van los vídeos que se proyectaron.

Navegando el mar del tiempo

 

El otro lado de la frontera

 

 

Significados

 

 

El palacio de las mil puertas

 

Consideraciones sobre la posmodernidad

Diversión en música

Cuando dan en creativos…

Hoy he recibido la que quizá es la más original de las obras que he corregido en fundamentos de composición. Aquí al lado tenéis la foto.

El caso es que hable un poco sobre George Crumb la penúltima clase, y a la autora le gustó la idea de las partituras con forma.

La obra es un canon infinito (de ahí la circularidad) para tres violas da braccio. La partitura está incluso mejor hecha de lo que parece: para mayor comodidad de lectura puede girar sobre la base de cartón, y hay previstos silencios en los momentos adecuados para poder efectuar el giro.

Si tenemos en cuenta además de la originalidad y sensatez del planteamiento, que además suena bien, una alegría en el día de hoy, la verdad.

“Las músicas que no se escuchan” en Palencia

Las músicas que no se escuchan es una idea para disfrutar más de la música, y  de más músicas, sin necesidad de conocimientos teóricos. No se busca tanto impartir una serie de conferencias como establecer un diálogo, una tertulia con los asistentes, que, por lo mismo, podrán intervenir tanto como quieran, y proponer temas sobre los que dialogar. Ya se celebró durante un tiempo en Salamanca, y ahora vamos a realizar unas sesiones en Palencia.

Os adjunto la grabación de parte de una de las charlas salmantinas.

Las charlas se desarrollarán en la Biblioteca Pública de Palencia durante los días 28 de Enero, 25 de Febrero, 1 de Abril, 6 y 20 de Mayo de 2017  en horario de 9:30 a 13:30

El coste total del seminario es de 20€.

La inscripción se realizará a través de la secretaría del Ateneo una vez cumplimentado el boletín de inscripción que está publicado en la página web, en la Agenda.

Presentación: 

Vivimos tiempos apresurados y comerciales en los que se espera de nosotros que no escuchemos la música, sino que la consumamos como una estruendosa banda sonora de una película en la que no siempre estamos seguros de ser los protagonistas. Un deseable respeto por las músicas de otros tiempos, otras culturas, otros modos de ver, palía en gran medida esa circunstancia. Afortunadamente en estos tiempos de fácil acceso a la información resulta posible apreciar las voces individuales que se levantan, poderosas, a través de los kilómetros y los siglos para hacernos más conscientes de nuestra propia identidad.

Destinatarios

Gentes, sin necesidad de conocimientos musicales previos que tengan interés por apreciar y disfrutar músicas no comunes. Los posibles desarrollos y asistencia de uno u otro tipo de público irían refinando este criterio.

Desarrollo:

Las charlas se centrarían básicamente en los siguientes cuatro enfoques:

 Navegando el mar del tiempo: Danzas y músicas de fiesta

Sería un error pensar que nuestros antepasados no se divertían o bailaban, y es una idea bastante errónea —producto mucho más del cine que de la realidad— la de que sus músicas eran en alguna forma menos poderosas o rítmicas que las de ahora.

 El otro lado de la frontera: otros pueblos también cantan

Occidente ha padecido durante mucho tiempo de un ombliguismo que le cegaba ante artes ajenas. Gentes de todas las culturas, razas y épocas han hecho música del mayor valor. A veces queremos “hacerles un favor” apreciando sus artes como si las expusiéramos en un museo, olvidando que su origen es vital, por un lado, y que un africano tiene tanto derecho como nosotros a reclamar a Mozart como parte de su herencia, O un europeo los tambores de los pigmeos akka.

 Significados: La expresión

Nuestros ancestros, igualmente, tenían cosas que decir, que, siendo, como nosotros, humanos, resultan muchas veces hoy tanto o más conmovedoras que entonces. De los cantos de amor, a los religiosos; de la simple expresión de la alegría vital, a la representación de emociones complejas; la historia de Occidente está llena de ejemplos que pueden resultar particularmente significativos en tiempos convulsos.

El palacio de las mil puertas: un mundo ancho y propio

Autores recientes, de la llamada música culta, provenientes de la música comercial, de la cultura occidental y de otras han alcanzado lenguajes propios de un inmenso interés y una belleza sin límites. Conoceremos a algunos autores que desde el concierto, el cine, el vídeo o el disco han intentado tendernos una mano a través de los años y las leguas.

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Escenas de Teléute. Para oboe, clarinete, violín, viola y cello

Pues tal y como prometía ayer, aquí tenéis mis Escenas de Teléute. Antes de que alguien me califique de morboso, aquí van las palabras del propio Gaiman, autor del personaje y en cuyo universo, como os contaba en mi artículo anterior, espero algún día realizar algo de teatro musical.

“There’s a tale in the Caballa that suggests that the Angel of Death is so beautiful that on finally seeing it (or him, or her) you fall in love so hard, so fast, that your soul is pulled out through your eyes.

I like that story.

There’s an Islamic story that declares that the Angel of Death has huge wings covered in eyes, and that as each mortal dies one of its eyes closes, just for a moment.

I like that story too, and take pleasure in imagining huge wings, and a ripple of ever-opening, ever-closing beautiful eyes.

And there’s a touch of wish fulfillment in there too. I didn’t want a Death who agonised over her role, or who took a grim delight in her job, or who didn’t care. I wanted a Death that I’d like to meet, in the end. Someone who would care.

Like her.”

–Neil Gaiman

Sólo espero que la próxima vez que toque este  este universo, disponga de una paleta más amplia. Cada vez me cuesta más limitar tanto el número de voces.

Hacia “Escenas de Teléute”: una ópera que pudiera haber sido.

Ayer comentaba en las redes sociales que ando escribiendo una obra para oboe, clarinete, violín, viola y chelo, y que está algo relacionada temáticamente con el universo de Sandman. Parece que algunos amigos se interesaron, así que os cuento más.

Me encantaría hacer una ópera (teatro musical, mejor) situada en el universo de Sandman.

Para los no iniciados, Sandman es un cómic guionizado por Neil Gaiman, de una calidad extraordinaria. Pero no voy a contaros yo lo que puede leerse en la Wikipedia. El autor ha dicho más de una vez que Sandman es una máquina de contar historias, y eso es lo que me gustaría hacer. Teniendo en cuenta que los derechos de los personajes no deben ni de pertenecer al guionista, sino a la todopoderosa DC, más bien aludiría a los personajes, sin citar su nombre, contando una historia propia (lo que jamás me atrevería a escribir como libro, pues creo que no lo haría bien, lo haría con total confianza con música).

He pensado todas las formas habidas y por haber de llevar a puerto el proyecto. He pensado incluso eliminar cantantes, y hacer un melólogo. Pero siempre tropiezo con el obstáculo de que quiero una orquesta.

Para la obra que estoy escribiendo ahora mismo dispongo de sólo cinco instrumentos. Como en mi lenguaje la escasez de voces suele traducirse en tristeza, el personaje Muerte (Teléute) ha sido casi inevitable. Ya que no creo que jamás pueda escribir la ópera, al menos unas pequeñas escenas de lo que habría sido.

Descubro en mi ordenador dos movimientos orquestales, que corresponden a un momento en que pensé que quizá pudiera contar con una orquesta a uno (la más extrema pobreza: las orquestas convencionales más pequeñas se llaman “a dos”, por el número de intérpretes de cada instrumento de madera). Uno de ellos ha sido ligeramente reutilizado en mi obra del año pasado “Los relatos del barquero”.

Colores planos, y viñetas, como en los más de los cómics. Claridad y sencillez. Y algo de fantasía en el sonido. Los varios intentos que conozco de poner música en este universo se meten en el reino de los eternos para hacer música chicle, o poco menos sin ningún sentimiento de extrañeza o distancia. Soy incapaz de creer que en un mundo tan imaginativo sus habitantes escuche música “mainstream”,

En fin, hoy he escrito casi cinco minutos de “Escenas de Teléute”, y ando con la imaginación agotada. Os dejo con los dos fragmentos orquestales que comentaba antes. Hay otro mucho más largo (unos diez minutos) pero lo dejé inconcluso. Nada desanima más que escribir para el olvido.

 

Medallones, para flauta, violín y piano.

Ante todo, muchas gracias a Porfirio Gustavo Carriches Farraces por la iniciativa. Tiene la excelente idea de ir creando un repertorio medio y elemental de música de cámara que, sin ser exageradamente difícil de tocar, facilite a los alumnos irse preparando para el tipo de dificultades, no mayores, sino distintas, que presenta el repertorio moderno.

Medallones se creó con la intención de que los músicos de cámara en periodo de formación se fueran aclimatando a un repertorio más de nuestros días. Por ello, consiste en pequeñas micropiezas, previstas para tocarse sin interrupción, que engloban algunas de las dificultades más comunes en el repertorio reciente, pero tan breves que apenas revisten dificultad de montaje. De cara a facilitar tanto como sea posible la interpretación, se dan, contrariamente a mi costumbre, numerosas repeticiones literales, y un grado de variedad armónica no muy alto. Para que la pieza cumpla su cometido lo más ampliamente posible son bastantes los lenguajes aludidos en la pieza.

Mi recomendación a los intérpretes es que lean la pieza cuidadosamente. Descubrirán que las recurrencias son muchas, y les será más sencillo montar la obra. Especial atención se ha prestado, sobre todo al comienzo, al piano. Sin que sus partes sean en la música reciente más complejas que las de otros instrumentos, sí es cierto que necesita en general leer más notas.

Aunque la obra se ha pensado como unidad, para tocar todas las micropiezas seguidas, sin interrupción, no deja de ser una obra didáctica: cabe perfectamente extraer alguna de las miniaturas, o no interpretarla en su totalidad.

El título Medallones, alude a las viejas reliquias familiares, en que de pronto vemos una imagen que nos revela aspectos quizá desconocidos de nuestra familia que probablemente tengan una historia detrás que no siempre vamos a poder conocer. Ciertamente, de cada medallón musical presente en esta obra se podrían sacar muchos más minutos de música.

Sobre cada micropieza:

Anverso se ha pensado para trabajar un poco el diálogo entre instrumentos.

Al abuelo le gustaba bailar sirve para trabajar la superposición de obstinatos de distinta longitud, así como las citas paródicas (son evidentes, ¿no?).

La nieta está creciendo intenta trabajar el accelerando controlado y la superposición de pulsos.

Dicen que el bisabuelo fue explorador explora el mundo poderosamente cinético de mucha música de comienzos del XX, así como la sonoridad modal.

La esposa explora el canto en acordes, poderosa herramienta desde comienzos del XX hasta ahora mismo, y al que el pianista debe prestar particular atención.

Los niños interpreta un tipo de desarrollo muy frecuente en los autores cuasi tonales.

Reverso marca el fin de la obra, con un pequeño lucimiento para cada intérprete.

Felicitación friqui

Puede ser porque nunca fui hábil en el arte de contar el pasado: siempre creí que el relato de lo ya sucedido tiende a adaptarse a la opinión del narrador más que a los hechos, y así, preferí ejercitar mi mano en actividades más marciales. Quizá sea porque, estando como estuve en el mismo centro de los acontecimientos, los Centinelas piensen, creo que sin acierto, que dispongo de detalles más precisos sobre lo sucedido, sin comprender que todo ocurrió a velocidades demasiado vertiginosas como para que distinguiera lo que tenía frente a mis ojos. O acaso todo sea un capricho juvenil de Aquel a quién ahora debo llamar Amo, puesto que, a pesar de todo, no conseguí mi añorada libertad.

Me llaman el Heraldo, y contar esta historia es mi castigo.

Era un mundo delicioso, un planeta exquisito. Tanto que el Devorador temía agotarlo demasiado pronto. Él siempre era más partidario de consumir cada esfera en un furioso estallido de glotonería, buscando saciar su voracidad, sin conseguirlo nunca. Su apetito perpetuamente insatisfecho cedió en esta ocasión ante sus hasta entonces ignoradas cualidades de gastrónomo sutil, y tomó la decisión de ir drenando sin apresurarse sus aspectos más suculentos, sus factores más sabrosos, sus bocados de sabor más apetecible .

Norrin”—me dijo— “investiga esta sociedad, que no es tan insignificante como parece, y dime cuáles son sus elementos mas brillantes. Solo cuando los haya paladeado sorberé los tuétanos de lo que para entonces será poco más que un cascarón sin esperanza ni voluntad.

¿Qué podía hacer, más que contentarle? Yo, más acostumbrado a atravesar el corazón de las estrellas que a cruzar la puerta de las bibliotecas, hube de camuflar mi brillo y leer sobre las artes y ciencias de un mundo pequeño. Yo, que frecuentemente me detuve durante unos pocos lustros a distinguir cada detalle de alguna singularidad cósmica, me vi forzado a seguir el veloz delirio que allí llamaban prensa. Yo, cuya historia se mide en eones que acaso no vayan a tener fin, necesité explorar los logros breves y evanescentes de ese planeta, y que llaman música, literatura, cine…

Cada descubrimiento que hacía le era de inmediato comunicado a mi amo, que sin dilación extraía al individuo en cuestión de entre las masas para sorber golosamente su esencia. En el tiempo de esa cata demencial, de esa degustación ofuscada, de este festín enloquecido, no pocas veces lamentó que algunos de los más brillantes espíritus terrestres estuvieran ya fuera de su alcance. Por primera vez desde que me convirtió en su heraldo, vi al Devorador tal como pudo ser de niño en otro universo: un arrapiezo goloso sin mayor consideración por las víctimas de su glotonería que la que manifestaría otro rapaz frente a un helado.

Comencé a odiar a mi amo con la misma intensidad con que empezaba a amar todo lo referido a la Tierra. La orden de estudiar este mundo llevaba consigo, lo comprendo ahora, la necesidad de entender a la que sin ese estudio me hubiera parecido una raza despreciable, y de verla con simpatía. Si el Devorador lo hubiera entendido también, probablemente seguiría vivo.

Solo cuatro personas detectaron las actividades del ahora gastrónomo galáctico: una familia cuyo líder se dedicaba a la investigación científica, con resultados que no hay más remedio que considerar fantásticos. Trazaban plan tras plan, diseñaban estrategia tras estrategia, pero no lograban encontrar forma de coronar la aventura con éxito. Yo temía por ellos: eran la única esperanza de la humanidad, pero tarde o temprano —lo más seguro es que temprano— el Amo los detectaría y los paladearía. Y me pediría explicaciones de por qué no le había hablado de ellos.

Innumerables siglos de fidelidad y devoción cedieron paso a un único pensamiento de traición, y arrebaté de la nave en que durante eras inmemoriales habíamos deambulado de festín planetario en bacanal estelar, el única arma que podía igualar las cosas: un pequeño aparato con el supremo poder de convertir en nulo todo aquello que se expusiera a su campo. Con bastante menos culpabilidad de la que suponía, se la entregué, junto con las necesarias explicaciones, a Richards, el jefe de los Cuatro.

La batalla fue épica: el chillido de los láseres apenas dejaba percibir el resplandor de las explosiones. El aullido de los disparos apenas alcanzaba a tapar los bramidos de ira del descomunal Devorador. Bramidos que alcanzaron su máxima intensidad cuando, repentinamente, decidí unirme a las filas de los Cuatro en la lucha.

La ira no es nunca buena consejera. La sorpresa le hizo desproteger su flanco. Ese fue el momento en que Richards disparó, al grito de: “¡Ya no te llevarás a más de los nuestros, 2016! ¡Muere, maldito bastardo!”. El disparo hizo blanco, y poco a poco la figura del que había sido mi controlador durante eones fue difuminándose en la nada.

Poco había de durar mi júbilo ante mi recién estrenada libertad. Sentí de pronto que una voluntad gigantesca me ordenaba regresar a la nave. Por más que luché contra el mandato, tuve que acatarlo finalmente. Allí encontré que 2016 tenía un plan de reserva. En una hornacina rotulada como “2017”, se estaba gestando un clon de mi antiguo dueño. Solo espero que, creciendo de otra manera, no se convierta en el destructor que fue su modelo.

Feliz 2017 a todos los friquis, y a los que no lo son.

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