Los relatos del barquero, para quinteto de viento

Chikanobu_The_Boatman“Los relatos del barquero” es mi propuesta para el XIII ciclo de músicas de los siglos XX y XXI del conservatorio profesional de Salamanca, en el que trabajo.

Consiste en una colección de nueve miniaturas, trazadas con poco más que unas pinceladas, unidas entre sí por el uso de unos títulos más o menos literarios. Ya hay quien me ha pedido que cuente las historias que hay tras cada título, pero lo cierto es que no hay ninguna: invito al oyente a imaginar, si lo desea, la suya propia. Evidentemente, y sobre todo en algún caso, también a mi se me despiertan imágenes, pero no creo que sean mejores que las de los demás.

Los distintos movimientos se titulan:

  1. El oso y la orfebre
  2. Los ojos de la marquesa improbable
  3. Domador de poliedros
  4. La maldición de los Señores del Norte
  5. La fonda del fin del mundo
  6. El guardián de la isla que huye
  7. La estrella de las cosas que aún no existen
  8. El viajero inmóvil (homenaje a Ligeti)
  9. Espejo acérrimo

Doy, como siempre, las gracias a mis compañeros por ofrecerme la oportunidad de que se toque mi música. Y algún año les convenceré, seguro, para hacer un grupo grande.

 

Sobre la obra

Confieso estar algo sorprendido de encontrar el entorno educativo de la música contemporánea cada vez más estrecho y dogmático. Por mi parte abrazo la riquísima herencia de técnicas y posibilidades que se crearon en el pasado siglo, sin renunciar, pese a que sea la nueva norma, a alturas ni duraciones para construir mi discurso. Un discurso, en esta ocasión, que he pretendido amable, como creo que cuadra a una colección de miniaturas. Confieso, eso sí, que el trabajo de quinteto ha sido un tanto desafiante: aficionado como soy a los acordes enormes, frecuentemente en contrapunto polirrítmico con otros acordes igualmente grandes, el disponer sólo de cinco voces me ha llevado a una austeridad armónica un tanto impropia de mi.

No cuento más sobre la técnica (es difícil que a alguien le interese) y os pongo varios vídeos grabados con MIDI de la obra: en primer lugar, uno que contiene todos los movimientos. Después, por si os es más cómodo, cada movimiento individual.

Los relatos del barquero (completo)

1.— El oso y la orfebre

 

2.— Los ojos de la marquesa improbable

 

3.— Domador de poliedros

 

4.— La maldición de los Señores del Norte

 

5.— La fonda del fin del mundo

6.— El guardián de la isla que huye

 

7.— La estrella de las cosas que aún no existen

 

8.— El viajero inmóvil (homenaje a Ligeti)

9.— Espejo acérrimo

El pedagogo redentor contra el profesor malvado (2). Evaluaciones, deberes y contenidos.

TrigonometraEn el artículo previo, me refería, sobre todo, a mi experiencia como profesor de conservatorio. En el actual creo que puedo permitirme hacer unas reflexiones generales sobre la educación.

Comencemos, creo, por una pregunta esencial:

¿Qué tipo de alumno queremos formar?

Se habla, cada vez más, de “formar al alumno para el mercado laboral”. Como iré comentando, la idea me da escalofríos, pero aceptémosla. ¿Deberíamos enseñar a los alumnos como funciona el lector de códigos de barras del supermercado? ¿Hacer quizá prácticas de cómo cobrar a los clientes? ¿Con una especial atención al cliente que siempre se queja? ¿Instrucciones sobre cómo tratar al que siempre se intenta colar en la fila de espera?

Asumamos que esto no os parece una pesadilla y que sentís que, efectivamente, planteo algo de enorme utilidad: sería, incluso así, totalmente inefectivo. Los lectores de código de barras son relativamente recientes. De la misma forma, lo que se use cuando nuestros alumnos alcancen la vida laboral será relativamente reciente, distinto y más efectivo. Códigos QR, quizá, si juzgamos por la tecnología que ya existe. O a lo mejor la gente va a hacer todas la compras por Internet. O algo distinto. El mercado laboral, sobre todo en el sector de servicios cambia de forma continua. Y, desde luego, en los servicios más de entretenimiento, el cambio constante es una de las características necesarias y predominantes.

¿Los enseñamos, en cambio a entender cómo funciona un código de barras? Ah, no, que por ahí aparecen las bases binarias y esas cochinadas de los matemáticos.

Lo que Magrat había logrado era un simple ajuste en los procesos mentales: la mujer asombrada y un tanto asustada que se precipitaba inexorablemente hacia el suelo nada invitador era ahora una persona con la mente clara, optimista, que llevaba las riendas de su destino y controlaba su propia vida. Sabía muy bien de dónde venía. Por desgracia, el lugar a donde iba no había cambiado en absoluto. Pero se sentía mucho mejor. “Brujerías” Terry Pratchett

¿Queremos formar a los alumnos, en cambio, para que sean felices? ¡Noble objetivo! Pero, ¿cómo hacemos? Parecería lógico educarlos en las filosofías estoicas: si no cambia nuestra sociedad, el paro y los empleos basura son una gran parte de lo que les espera. Por otro lado, educarlos para satisfacer el estilo de vida hedonista podría ser el rumbo para una futura reactivación económica: a mayor consumo, mayor cantidad de dinero moviéndose. También podría decirse que el propio profesor debe ser feliz, para dar ejemplo. ¿De qué forma evaluamos eso en la oposición o procedimiento selectivo para que opte al puesto de trabajo? Claro, usando la “inteligencia emocional”. Si algo conozco de las personas, no es sólo por mi experiencia con ellas: jamás he estado en un incendio; jamás me he metido en una pelea. Mis opiniones sobre cómo me comportaría en tales casos, mis juicios morales al respecto, provienen de mis lecturas, que me han mostrado todo tipo de personajes sometidos a situaciones de todo tipo. Como mis lecturas son amplias, también lo es la gama de cosas con las que no he lidiado sobre las que tengo una idea sobre qué haría yo en circunstancias similares. Prefiero, vaya, la lectura, o las películas, o las historias —que no dejan de ser la base de nuestro acervo colectivo— a unas clases de inteligencia emocional. Quién lee, nunca está del todo solo.

Totalmente dispuesto a ser acribillado a tiros —dialécticos y hasta de los otros— afirmo que a mi me parece que debemos intentar que nuestros alumnos den lo mejor de si mismos, sean personas capaces de defenderse solas en cualquier aspecto, que tengan la capacidad de plantear y resolver sus propios problemas y sean flexibles y adaptables. Y de disfrutar de sus vidas. Que sean seres humanos. El mercado laboral está ahí para proporcionarnos un medio de subsistencia, no para ser el centro de nuestras vidas.

Evaluaciones y salarios

zipizape-calabazaMuy a menudo les decimos a nuestros hijos que, igual que nosotros vamos a trabajar, ellos tienen que ir al colegio/instituto/universidad. Y quizá por ello se ha confundido el salario que nos dan por nuestro trabajo con las notas que les dan a ellos por su esfuerzo. Evaluar a un alumno sólo quiere decir que le decimos qué tal va desarrollándose. Es un toque de atención para que se esfuerce más, o para decirle que va por el buen camino. ¿No es acaso una información que necesita?

Hace una hora escasa mi hija me estaba contando su día: hoy le han hecho una prueba consistente en dar vueltas al patio corriendo. Dio cinco y aprobó holgadamente. Pero le parecía injusto que le dieran un 10 al que dió 6. Opinaba que si alguien hubiera dado 7, o 12,lo justo sería que hubieran bajado todas las otras notas en consecuencia.

Esa es, quizá, la opinión que tiene la mayoría de la gente sobre las calificaciones: que son una forma de comparar a unos alumnos con otros. Muy por el contrario, son, o deberían ser, una forma de informar al alumno y, según la edad, a sus tutores, sobre cómo va, para tomar, de ser preciso, las medidas adecuadas. Si un alumno es excepcional, sea en el mejor o peor sentido de la palabra, no debería influenciar el resto de observaciones.  Obviamente también se lo decimos de palabra, muy a menudo y sin boletín de notas.

Soy músico. Como tal necesito saber qué estoy haciendo mal, para corregirlo y estudiarlo más y lo que hago bien, para perseverar en ello. Es una estrategia de estudio del instrumento que no puede cambiar. ¿Es tan difícil pensar que es extrapolable a otras disciplinas? Ni el orgullo insensato ni la modestia excesiva nos permiten mejorar.

Deberes, experiencia, autorealización

Me fastidia, me fastidia mucho cuando a mis alumnos les pido que escriban unos pocos compases de música y lo llaman “deberes”. Les estoy pidiendo que investiguen, que se expresen, que disfruten con la música y lo toman como una obligación. Quizá vuelve a ser pertinente lo de que es una idea muy equivocada lo de comparar formarse con un trabajo, no sé.

Sí sé, en cambio, que es totalmente imposible, sobre todo con planes de estudios a veces artificialmente sobrecargados (ver artículo anterior) tratar en clase todo lo que la materia implica. Los contenidos teóricos, desde luego, deben verse en el aula. Los contenidos “vivenciales” —como los llamaría cualquiera cuyo lenguaje esté contaminado por la LOGSE—, es decir, lo que significa asimilar, aprehender, hacer propias las habilidades que necesitamos, son, necesariamente, individuales, y, en esa medida, a menudo trabajo de casa.

img_boliche_de_ternera_asado_37760_600Permitidme, ahora que están de moda los cocineros, un ejemplo absurdo. Supongamos la existencia de un delicioso plato, denominado, por ejemplo, “ternera a la Bach”. Supongamos también la existencia de una escuela de cocineros, en la que las clases de cómo preparar ternera estén limitadas a una hora por semana. Y supongamos, por último, que la elaboración de la “ternera a la Bach” supone una elaboración de al menos hora y media.

Probablemente los pasos necesarios para la elaboración de la receta se puedan contar en bastante menos de una hora. Casi con seguridad se pueden proyectar fotos de los distintos colores y texturas que tiene que ir adquiriendo este manjar a lo largo de su elaboración. Pero es imposible tener la experiencia real de cómo se hace sin cocinarlo: en las clases no da tiempo. Y estoy seguro que dejarlo a medio hacer en una clase, congelarlo cuando suene la campana,  y terminarlo en la siguiente no ayudará al sabor del plato. Por no hablar de la riqueza de matices que le dará el cocinero aprendiz cuando decida el punto exacto de color, textura y salazón que él quiere dar a su versión de esta delicia. O sea, que necesitará elaborarlo fuera del horario de clases. Probablemente, en varias ocasiones.

De forma semejante, algunos contenidos requieren ser elaborados y asimilados de forma individual, en toda forma de enseñanza. Sea por falta de tiempo en clase, sea por la necesidad de trabajar de forma íntima, no todo puede ser aprendido en las clases.

Otra cosa, totalmente distinta, es el abuso en la cantidad de deberes para casa. Aunque soy profesor viejo, no se me agota la novedad de ser padre, y me desespera, por ejemplo, ver que mi hija, por quinto o sexto año consecutivo, ha tenido deberes de matemáticas en que empezaba por descomponer números en unidades, decenas, centenas… Si repetimos contenidos durante varios años, estamos, lo primero, inflando artificialmente la cantidad de materia de cada año. Lo segundo, como los alumnos no son tontos —esto debería constituir el primero de todos los artículos de fe de un buen profesor—, dándoles a entender que si no lo aprenden bien este año, ya lo harán otro. Y son deberes sobre deberes, que ya podrían estar asimilados hace un tiempo.

Es bueno y necesario hacer cierto trabajo en casa. Y conocer la satisfacción de superarse, y de hacer lo que antes no podíamos. Es necesario el trabajo fuera del aula. Otra cosa distinta es que los profesores se coordinen para no hacerlo excesivo —lo que ocurre con harta frecuencia—. O dar un espacio en el centro, pero fuera de las clases programadas, para que se realicen estas labores.

Incluyo aquí una nota al margen: determinar la cantidad de trabajo que se puede pedir a los alumnos incluye comunicación fluida entre los profesores. Los recientes planes de estudio en España —los de los últimos veinte años, o así— no lo están haciendo bien a este respecto. Por ejemplo, en los conservatorios, por norma, debemos dejar una mañana libre de alumnos, para programar en ella todas nuestras reuniones. Se supone que de esta forma tenemos tiempo para todo tipo de comunicación. Lo malo es que como estas informaciones están demasiado regladas y encorsetadas, acabamos hablado de boletines oficiales, “competencias” del alumno, programaciones, objetivos, metodologías y nunca del alumno en cuanto a persona y ser en proceso de convertirse en alguien, si podemos, magnifico. Mucho más útil sería un calendario de reuniones previas al curso en que las asignaturas coordinables se coordinaran.

Por último, en este apartado, se habla de que los deberes “roban la infancia” a los niños. ¿De qué hablamos? Si no es en la infancia cuando aprendemos el placer de descubrir, de que cada vez somos más capaces, ¿entonces cuando? ¿Dejamos mejor que los niños tengan más tiempo para el WhatsApp? No. Un tiempo razonablemente escaso de trabajo en casa, y un tiempo amplio de esparcimiento. Y líbreme quién pueda hacerlo de decir que como ese tiempo sea muy generoso muchísimo padres van a buscar actividades complementarias extraescolares para no tener que preocuparse de sus hijos.

Contenidos, pesas, forma física, forma mental

“¿Para qué estudiamos matemáticas? A ver, en la vida real, ¿cuándo vamos a usarlas?”

Hace poco, en la cola del supermercado se produjo un problema atroz —al parecer—: un cliente quería pagar su compra con un billete de cien euros, y las cajeras sólo estaban autorizadas a aceptar pagos de cincuenta. La cajera habitual llamó a la jefa de cajeras, y decidieron dividir la compra del cliente en dos —el total era de sesenta y cinco euros exactos— , y aceptar el billete como si hubieran sido dos de cincuenta. Su procedimiento fue pasar, reiteradamente, los productos que el cliente quería adquirir por el lector de códigos hasta que les salió un monto menor de cincuenta. En ese momento se pusieron a discutir si el resto iba a ser también menor de cincuenta.

El caso, que es real, me puso bastante nervioso, más que cuando, por ejemplo, veo a un dependiente recurrir a la calculadora para multiplicar por diez. Y me lleva pensar en si debemos o no impartir contenidos.

Robo esta cita a un artículo en que Alberto Royo —con toda razón— se indignaba sobre ello:

“Lo importante es el alumno. El foco del sistema de aprendizaje debe estar sobre el estudiante, ni en los contenidos ni en el profesor. El estudiante debe disfrutar aprendiendo, hay que motivarle.”

Que lo importante es el alumno, no admite dudas. Del resto, hay mucho que decir.

Weight_Lifting_Struggle_Cartoon_Man_Clipart-1lgLos contenidos, últimamente, parece que están de capa caída. ¿Para que vas a aprender lo que es un soneto, si puedes encontrarlo en la wikipedia? ¿Para qué saber sumar, si hay calculadoras?

Lo último de lo último parece que es “aprender a aprender”. Y, curiosamente, es algo con lo que estoy de acuerdo por completo. La idea de sólo aprender mientras eres estudiante es absurda y conduce a una vida pobre y terca. La seguridad de que eres capaz de aprender lo que te propongas, multiplica las posibilidades de uno.

El “aprender a aprender” debe basarse, sin embargo, en experiencias previas, que nos hayan dado esa seguridad. Mil conferencias sobre cómo preparar nuestro cuerpo para levantar pesas, no nos dejarán tan preparados como haber intentado levantarlas una serie de veces.

De la misma forma, el proceso de asegurarnos de que somos capaces de aprender requiere, necesariamente, que nos hayamos demostrado a nosotros mismo que somos capaces de hacerlo. Para lo cual se requiere haber tenido algún contenido real que podamos contrastar.

Permitidme contar mi experiencia con las matemáticas.

Por inclinación, carácter, y, desde luego, por número de horas invertidas en la actividad, soy hombre de libros, más que de ciencias. De pequeño, muy pequeño, sacaba notas razonables en matemáticas, hasta que una vez suspendí. El profesor nos dijo que nos iba a dividir en dos grupos para el siguiente examen: uno para dirimir las notas del siete al diez y el otro para recuperar a los suspensos. Pero a mi me cogió en privado y me dijo que me ponía el examen difícil. Saque nueve y medio. Jamás volví a pensar que no podía con las mates.

Mi siguiente profesor de matemáticas tenía la carrera de física. Como todo buen físico “despreciaba” las matemáticas: eran una herramienta con la que NATURALMENTE había que ser ágil, pero eran un medio para un fin. Por lo mismo yo estaba haciendo trigonometría cuando alumnos de otros profesores estaban aún determinando si enseñar cómo se hacía una raíz cuadrada.

01¿Me ha servido de algo la trigonometría en mi vida? Curiosamente, sí, dos veces. En una ocasión, un amigo mío, diseñador de páginas web, quería cierta interacitvidad en su web que dependía de “tirar” de una serie de puntos en la pantalla y que pasaran cosas. Claro, que todo dependía del ángulo entre dos puntos y un centro. Olvidados como tenía —y tengo— senos y cosenos, sabía que por ahí iban los tiros. Como era la prehistoria de la informática — aún no había wikipedia— no había manera de que el programín con el que se hacía todo calculara esas cantidades. Pero cómo sabía que por ahí iban los tiros, pude encontrar una función que los calculara. No hubiese podido sin sonarme, al menos ligeramente, las funciones trigonométricas.

En otra ocasión, mi entonces pareja, diseñadora, tenía que crear unos expositores en los que tenía que caber mucho texto. Temía —con toda razón— que para que cupiera el texto hubiera que emplear un tamaño ilegible. Le sugerí que inclinara la base del expositor, de forma que tuviera más superficie para la misma altura. La idea le pareció buena. Lo malo era que había que dar a los que iban a cortar los metacrilatos medidas precisas: tiré de enciclopedia Rubio para recuperar la trigonometría y se las di.

Y sigo sin recordar, a menos que repase, las funciones más avanzadas de la trigonometría. Pero sé cuando me pueden hacer falta y sé qué buscar.

Mi punto es: para aprender a aprender, para saber que puedes hacer casi todo lo que te propongas, hace falta un ejercitamiento. Hace falta algún aprendizaje con contenidos reales. Puestos a ello, bien puede ser algo útil. Si no útil para todos los días —no hay tantas cosas que lo sean— útil potencialmente para el futuro.

El caso musical, que es el que más conozco, tiene miles de anécdotas que me han sucedido y podría contar. Me quedo con tres, por su brevedad.

  1. Mi amigo y compañero de diez en toda su carrera de piano al que le prometieron suspender por tocar muy bien pero no poder tocar una fuga. Sólo hizo falta que le explicara una fuga para que acabará, también con diez, su carrera.
  2. Aquel alumno que despreciaba la armonía tonal porque lo que le gustaba era el blues. Sobre todo, tenía por absurdo el acorde de sexta aumentada —no hace falta saber lo que es para entender la anécdota— pero le encantaba usar la “sexta bemol para ir a la dominante”. cuando entendió que eran casi la una y misma cosa, empezó a hacer imitaciones mozartianas bastante aceptables —ese único acorde le convenció de que el uso clásico y jazzístico no es tan diferente—.
  3. Y, de nuevo, con sexta aumentada: aquella alumna a la que pude —laboriosamente— convencer de que ese acorde es parte de un proceso. Pasó en un año de ser una pianista de seis a una pianista de diez: probablemente hoy por hoy no recuerde bien cómo funciona el acorde. Pero ha aprendido lo que es un proceso, y, si necesita, referencias, sabe cómo buscarlas.

En definitiva: que como para aprender a aprender hacen falta contenidos, bien pueden ser algunos que ayuden al futuro del alumno. La reciente tendencia (y no me invento el caso) de crear contenidos sin correlato real, no puede sino atemorizarme, conocedor como soy de las maldades de los saberes imaginarios, o escolástica. Pero eso es otra discusión.

 

 

Entrevista a Sara Castaño

SaraCaricatura

Autocaricatura de Sara con su amado clarinete

No hace tanto tiempo os comentaba lo orgulloso que estaba de mis alumnos de Fundamentos de Composición, y aprovechaba para comunicaros que una de ellos, Sara Castaño Díaz, había sido seleccionada como finalista el el I certamen para jóvenes compositores “Ciudad de Salamanca”.

En estos últimos días hemos sabido que ha sido, finalmente, la ganadora.

Con ocasión de ello, ha salido en la prensa, y, a decir verdad, hemos quedado todos algo sorprendidos de lo poco que se ha comentado sobre la música o la obra. Muchísimo, eso sí, sobre el evento y los CVs de los intérpretes.

Total, que hemos pensado entrevistarla para la revista digital del conservatorio. Aquí os adjunto un pdf de la charla, en versión para imprimir y otro en una versión más apta para leerlo en pantalla.

También os pongo aquí debajo el texto de la entrevista, por aquello de que así Google lo indexa mejor. Pero recomiendo que leáis el pdf, u os perderéis algunos dibujos de Sara.

 

La entrevista

En este curso 2014—2015 nos despedimos de una presencia pelirroja que ha habitado pasillos, aulas y cabinas de nuestro conservatorio: Sara Castaño. Pero, antes de graduarse, ha obtenido el premio para jóvenes compositores “Ciudad de Salamanca” con la obra “Steam-powered heart”. Queremos realizarle unas preguntas sobre su obra, sus expectativas y su forma de entender la música.

La alumna

En estos años que te he tenido como alumna, por lo que yo he visto, y por lo que me han contado otros profesores en las evaluaciones, has demostrado un enorme interés por todo lo que te contábamos. Sin embargo, jamás has sido la típica estudiante obediente y has planteado todas las objeciones y propuestas que te han parecido adecuadas. Es un perfil de alumno complicado, pero gratificante. Mi pregunta es: ¿qué esperas tú de un profesor?

Para empezar, he de decir que la profesión de profesor o maestro me parece la más importante de la historia de la humanidad, ya que el ser humano es lo que es gracias al conocimiento colectivo del que dispone, y tener la responsabilidad, la capacidad y la habilidad de ser una de las personas encargadas de que ese conocimiento siga transmitiéndose y expandiéndose me parece algo inigualable para lo que todos los monumentos, condecoraciones y agradecimientos se quedarían cortos. Una vez dicho esto, y ya que todos hemos podido experimentar en algún momento de nuestras vidas que hay profesores buenos y malos, diré que lo que yo espero al asistir a una clase es encontrarme a una persona con conocimientos (al ser posible actualizados, no tal cual quedaron el año que acabó sus estudios), que sea apasionado de la asignatura que imparte para poder transmitir ese interés y motivación a los alumnos. Que sepa explicar los conceptos de forma asequible para todos, que vea a la clase no como un conjunto, sino como individuos cada uno con unas necesidades diferentes y unos intereses propios. Que pueda adaptarse. Que, por ejemplo, no pida hacer trabajos o exámenes absurdos que en el fondo no sirven para nada y en lugar de eso emplee un método eficaz para cerciorarse de que los presentes en el aula retienen los conocimientos necesarios y saben aplicarlos. Que no solo recite la teoría, sino que explique la importancia de saberla y la práctica donde será necesaria. Pero sobre todo, que sea alguien a quien sea agradable e interesante escuchar. Con alumnos curiosos a los que les gusta aprender esto último resulta, lógicamente, más sencillo de conseguir, pero aún con alumnos más complicados el profesor debería hacer todo lo posible por convencer a su audiencia de que realmente merece la pena escucharle.

Todo esto no es fácil, realmente requiere un montón de trabajo, lo sé, y no sólo por parte del profesor sino por parte del alumno y del sistema educativo… Pero tú me has preguntado mi opinión y yo respondo. Se puede soñar, ¿no? Además, he tenido la suerte de aprender con varios profesores de estas características, ¡así que imposible no es!

¿Has echado algo de menos (las cabinas no cuentan) en lo que te hemos enseñado en el conservatorio?

Este año me he dado cuenta de un gran agujero de nuestra educación musical al cursar dos maravillosas asignaturas (una matriculada y la otra de oyente) que son optativas y sólo impartidas un año: Educación Auditiva e Improvisación. Primero, no deberían ser optativas, y segundo, no deberían ser un solo año. De hecho, no deberían ser asignaturas separadas sino estar integradas en el desarrollo musical de todos los estudiantes. Le damos mucha importancia a la práctica del instrumento y, por la cuenta que nos trae, a la práctica del solfeo (por eso de poder leer las partituras que tenemos que ensayar) pero ¿y a la práctica del oído interno? ¿Y a saber qué demonios suena cuando hacemos así o asá con los dedos? ¿Y a distinguir por qué esta obra suena como suena, por qué el uso de una escala u otra, por qué esta cadencia es clásica y esta barroca, por qué estos acordes y no los de al lado? Y no, no me refiero a saberlo teóricamente, sino a escucharlo. A realmente ESCUCHAR la música que hacemos, que para eso está. La música no son esas manchitas negras que vemos en las partituras. Eso es una transcripción (muy inteligente, por cierto) del sonido. La música es para los oídos, y los músicos de conservatorio estamos, la mayoría, sordos.

Eso podría decir que he echado de menos. Y yo, por suerte, me he dado cuenta y me he interesado por ello de diversas formas y en diversos aspectos (con mi instrumento, desde la composición, escuchando obras y obras… en ello ando), pero hay muchos estudiantes que no han tenido oportunidad de descubrirlo por ellos mismos, o no se han dado cuenta, y si nadie se lo dice jamás podrán verlo. Y qué quieres que te diga, me parece algo muy triste.

Decides continuar tus estudios en el extranjero. ¿Por qué? ¿Qué crees que falta en las enseñanzas musicales españolas para que tengas que irte?

Siempre digo lo mismo. No es que en España haya peores músicos. No es que tengamos peores profesores o peores conservatorios. Todo lo contrario, contamos con mucha gente muy interesada y grandes profesionales, pero falta todo lo demás. Y con esto me refiero a toda la atmósfera que puede rodear el mundo de las artes y la cultura. Que siempre falte dinero para proyectos magníficos. Que haya problemas para organizar un ciclo de conciertos. Que las orquestas se vayan a pique. Que a nadie de “ahí arriba” le interese lo más mínimo promover las artes en la educación (y la educación a secas si me apuras). Que si no hay puestos de trabajo para los ingenieros, mucho menos para un trompetista, un pintor, un bailarín… Y no es que en otros países no haya estos problemas también, pero… (y no me enorgullece decirlo)… en España es exagerado.

¿Qué tal te hemos tratado en el conservatorio?

No me habría quedado once años aquí si me hubiera sentido a disgusto.

En realidad, por lo general, muy bien. Sobre todo estos últimos cuatro años (porque, siendo sincera, de pequeña prefería irme a jugar que tener que estudiar clarinete y solfeo).

Cuando empecé a tomármelo un poco más en serio, se convirtió en lo más importante de mi vida. Literalmente. El sitio donde, no importaba las horas que pasara, me sentía a gusto. Pasarse el día en clase es agotador, pero pasarse el día en el conservatorio, haciendo o estudiando música, con tus compañeros y amigos, pues no es tan malo. He aprendido muchísimo, que para mí es lo más importante, y además de grandes profesionales, y os estoy muy agradecida por haberme convertido en la persona que soy ahora.

La teniente de la Flota Estelar

Disfrutas muchísimo del mundo de la ciencia ficción y la fantasía, que ha sido ya mencionado en alguna de tus obras, y que también lo es en la que te ha hecho merecer el premio. Robots, dragones, dinosaurios, “Dr. Who” y “Star Trek”, son, por lo que yo sé, algunas de tus principales referencias en este sentido. Te alejas con ello mucho del típico artista sólo capaz de beber de las grandes obras del pasado. ¿Nos quieres comentar algo al respecto?

Bueno, la ciencia-ficción me apasiona tanto por la ciencia como por la ficción. Estoy enamorada de las artes y las ciencias a partes iguales y en esta “rama” se mezclan continuamente y se apoyan y magnifican las unas a las otras. Por otro lado, digamos que el mundo del “frikismo” me salvó la vida, como a muchos otros nerds y geeks, supongo, por el simple hecho de existir. No he elegido “pertenecer a un grupo social” ni nada por el estilo. Según vas creciendo vas investigando el mundo que te rodea y defines tus gustos. Muchas cosas suelen estar relacionadas y al llegar a una, te  encuentras como “de rebote” un grupo entero de otras aún sin explorar, lo cual es genial. Y por lo demás… realmente sólo son etiquetas que vienen bien a la hora de hablar de una serie de conceptos que si no, sería muy tediosa de enumerar.

También me intereso, naturalmente, por las “grandes obras del pasado” como dices, pero al final mis “obras” (o lo que quiera que sean) son parte de mí, y además, por qué elegir hacer algo aburrido cuando puedes inspirarte con lo que más te gusta del mundo y pasártelo estupendamente.

¿Piensas que el emplear este tipo de referencias te acerca más a un público para el que quizá las grandes obras del pasado son casi fósiles? ¿Hay, por el contrario algún tipo de continuidad entre las aventuras de Ulises, las de el Doctor Fausto y las del capitán Kirk? ¿O algo totalmente distinto?

Supongo que ciertas cosas pueden interesar más a un tipo de público que a otro, pero yo no me guío por eso. No hago las cosas “para un público” más que nada porque no conozco a ese hipotético “público”. (Lo que me preocupa de este público es que considere fósiles obras de hace 300 años, pero luego llame a la Consagración de la Primavera de Stravinski (que se estrenó hace ya 101 años, que se dice pronto) una obra contemporánea muy rara y disonante y que no se entiende o cosas por el estilo.)

No creo que las artes tengan fecha de caducidad. Cuando aparece algo nuevo no elimina las versiones anteriores como un programa de ordenador obsoleto. Hay gustos, pero respecto al “qué”, no al “cuándo”. Yo, por ejemplo, escucho con igual atención un preludio de Bach, un concierto de Ravel o el último álbum de Daft Punk.

Y respecto a las aventuras y desventuras… bueno, supongo que sí está relacionado en cierta forma. Siempre nos ha encantado contar historias, siempre se seguirá haciendo, y las artes son un gran medio para ello.

¿Por qué recomendarías —o por qué no lo harías— a los músicos y otros artistas que se interesaran por este tipo de mundos?

Bueno, a mí este mundo me fascina. Promueve la curiosidad, la inteligencia, el aprendizaje, los descubrimientos… Todo lo que favorezca de tal forma el conocimiento y el progreso merece la pena. Aunque entiendo que para mucha gente las “ciencias” eran las asignaturas odiadas, las pesadillas del estudiante… En todo caso, nadie te obliga a saber resolver ecuaciones para ver Star-Trek, y en mi opinión pasarás un buen rato y puede que hasta aprendas algo nuevo de pura casualidad.

Para terminar este apartado, una pregunta cuya respuesta creo que necesitaremos después. ¿Qué es el steam-punk y por qué te interesa?

Podría decirse que es un movimiento cultural que comenzó como una rama de la literatura de ciencia-ficción (y que ahora abarca cine, música, estética…) en el que se planteaba un universo paralelo donde el desarrollo tecnológico llevado a cabo en el siglo XX y XXI no ocurría gracias al microchip sino a las máquinas de vapor que surgieron en el siglo XIX. A mí siempre me ha parecido una estética interesante y las máquinas de vapor tienen mucho encanto tanto visualmente o sonoramente como en su funcionamiento. No soy ninguna experta pero… Me gustan los engranajes.

La artista

Dibujas (alguno de tus dibujos hechos en clase cuelga en mis paredes), actúas, tienes planes para relatos y novelas gráficas… Ah, y tocas el clarinete y compones. Mil veces te habrán dicho ya que te centres en algo. Y, sin embargo, a mi no me parece que andes descentrada. ¿Qué nos puedes comentar al respecto?

Que mi sueño es poder hacer algo donde poder mezclarlo todo. Donde todo lo que hago aporte una parte. No por sentirme realizada sino porque me encantan todas las cosas que hago, por eso las hago y por eso lo paso tan mal cuando tengo que decidirme por una de ellas. Por eso jamás me arrepentiré de haber escogido la música pero una parte de mí siempre estará triste por no haber escogido otra cosa. Y si estuviese estudiando algo diferente, me pasaría igual. Así que así estamos. Lo bueno de hacer muchas cosas es, primero, que puedes saltar de una cosa a otra. Que cuando te saturas puedes descansar centrándote en otro asunto, algo que considero necesario. Y segundo, que todo lo que aprendes te aporta otras visiones del mundo diferentes y otros conocimientos. Y lo mejor de esto es que los puedes interrelacionar.

Dado lo enormemente visual que eres, ¿te influyen mucho las imágenes a la hora de interpretar y componer?

¡Por supuesto! Sin duda. A la hora de tocar tanto imágenes como escenarios (colores, estados de ánimo, recuerdos, sensaciones, como en el teatro).  Y a la hora de componer aún más. Hablo según mi experiencia, y no sé cómo será en el futuro, pero hasta ahora siempre me ha resultado más fácil (y más divertido) sacar ideas de imágenes e historias. Como son mis composiciones, muchas veces las baso en mis dibujos y mis ideas, y hasta ahora ha dado muy buen resultado.

Y, obviamente, la pregunta inversa: ¿cuánto te influye la música en tus otras manifestaciones artísticas?

Siempre hay música. Siempre estoy escuchando algo, tarareando algo, cantando algo, recordando algo. Siempre he sido así. No creo que me fuera posible hacer nada sin música. Tendría que destrozarme el cerebro para eso, porque funciono así. Mis pensamientos, como los de mucha gente, tienen un ritmo.

Por otro lado, siempre tengo la música presente. En el baile, porque de ella depende la coreografía. En el teatro, porque la interpretación puede cambiar por completo. En el cine, porque es parte de la experiencia que estás viviendo. ¿Y acaso no es genial una vez has visto la película de tu vida poder escuchar la banda sonora y teletransportarte a esas escenas o esos sentimientos que te han fascinado tanto?

La intérprete

Ocasionalmente ha pasado toda una clase sin que te refieras al clarinete: tus compañeros y yo comenzamos a sospechar que estás muy contenta con él. ¿Cómo lo elegiste? ¿Cómo te sientes con respecto a él? ¿Hubieras preferido aprender otro instrumento?

Elegí el clarinete con ocho años. Normalmente, nadie sabe lo que quiere con ocho años. Bueno, tengo amigos que sí, pero yo te aseguro que no. Me parecía un instrumento muy bonito, muy estético, con un sonido muy dulce. En muchos sentidos fue una agradable casualidad. Con el paso de los años me he enamorado perdidamente del clarinete. Me gustan muchos instrumentos pero tu instrumento siempre es tu instrumento. Es como tu idioma materno. Puedes aprender otros y hablarlos todos los días pero la sensación de expresarte en tu propio idioma… te da una libertad y naturalidad especiales.

Por otro lado, si hubiese sabido mis inquietudes futuras habría pensado si estudiar piano. Un instrumento polifónico a la hora de componer es una gran ventaja. Y el piano es siempre una ventaja (hoy en día, que es el instrumento acompañante por excelencia). Pero para eso estoy estudiándolo ahora, vaya. ¡Y no me arrepiento de nada!

También ocasionalmente ha pasado toda una clase sin que nos hables de Mozart. ¿Por qué esa afinidad especial con él? ¿A qué otros compositores te sientes cercana?

Pues… si te soy sincera, no lo sé. Y antes no me gustaba tanto. Siempre había oído sus obras, (porque, ¿quién en un conservatorio o escuela de música no ha oído a Mozart?) pero hasta que no me puse a ESCUCHARLO con atención no me di cuenta de lo maravilloso que es. De que esa alegría y ritmo no es, en realidad, para nada “infantil” y que su aparente sencillez no significa que sea “simple”. Que es maravilloso, vaya. Y si ya escucho el cuarteto disonancia me muero.

Hay muchos otros compositores que me encantan, de muchas épocas diferentes. Disfruto especialmente las obras de la primera mitad del siglo XX (hay tantos estilos y tan diferentes y todos mezclados e influídos unos por otros…)

Mucha culpa puede tener la película de “Fantasía 2000” que debí de ver unas mil veces de pequeña y en la que se podían escuchar obras como “Rhapsody in Blue” de Gershwin (que escucho siempre que quiero pasar un buen rato). También he de decir que le tengo especial cariño a Stravinski. Tanto por la película antes nombrada como gracias a un CD de cuentos con “El Pájaro de Fuego” (y otras obras suyas que sonaban en el estéreo de mi casa). Ha hecho, por decirlo así, que nunca haya tenido problemas con el ritmo, con la acentuación, con el compás o la falta de él. No es difícil de entender, pero si toda tu vida has estado midiendo corcheas a tempo… igual te cuesta más. ¡Gracias, Stravinski!

Tres obras que quieres preparar, pase lo que pase, en algún momento de tu vida. Y por qué.

Pues tres obras, las tres de cámara, que me encantaría interpretar algún día… (sólo digo tres, habría muchas más):

El Quinteto para Clarinete de Mozart, obra maravillosa la cual tuve la increíble suerte de ver en 5º de Profesional (¡gracias, Carmen!) pero que aún no he podido tocar con un cuarteto de cuerda. Y es algo que quiero experimentar.

Historia de un Soldado, de Stravinski. Divertidísima, muy entretenida, muy bien compuesta, para un conjunto muy interesante de instrumentos y con papelón del clarinete, ¿qué más quieres? Ah, sí, el ritmazo de Stravinski.

Y por último… El Cuarteto para el Fin de(los) Tiempo(s) de Messiaen. Una obra, escrita en las condiciones en las que fue escrita, hablando sobre un ángel que baja a la tierra al Apocalipsis y anuncia que no habrá más tiempo. Simplemente… muchas emociones juntas. Y tengo la suerte de tocar uno de los cuatro instrumentos que la componen. Toma ya.

No son obras fáciles, no son cualquier obrita del montón… pero tampoco pido un concierto y una gira mundial. Sólo quiero tener la experiencia compartida con músicos con los que además tenga una amistad compartida de crear música juntos. Y si son estas pedazo de obras, mejor que mejor.

Tu futuro profesional, como el de todos, es impredecible. Pero, ¿cómo lo has imaginado? ¿Miembro de una orquesta o agrupación?, ¿solista?, ¿profesora?, ¿compositora?

Respecto a esta pregunta me sigo sintiendo como si tuviese ocho años. Es decir, ni idea. Siempre había pensado que tal vez enseñar no era lo mío, porque hay veces en las que no sé cómo transmitir conocimientos a una persona que no razona como yo (es decir, cualquier ser humano del planeta). Pero ahora no lo tengo tan claro. En una orquesta sería muy interesante porque ves e interpretas obras y obras de diferentes compositores y no sólo para tu instrumento, sino para toda una orquesta… En un grupo de cámara… bueno, eso es lo más maravilloso de todo. Y compositora… ¿eso es un trabajo? Es broma, es broma. He de decir que, aparte del vértigo que me causa el pensar en “mi futuro trabajo”, cuando pienso sobre ello me encantaría poder… inventarme uno. O poder hacer algo que ayude a la gente de a pie, a todo el mundo, a acercarse a la música “clásica” (es decir, no los 40 principales, rock, pop, para que me entiendas), de la que por desgracia nos hemos alejado no sé muy bien cómo. Y quiero poder crear algo que llegue a mucha gente. Que sea sonoro, pero también visual. Que sea entretenido, y a la vez intelectual. Comunicar con la música, que para eso está. Ya veré cómo lo hago.

La compositora

Cuando comenzaste armonía, después de clase te quedabas al piano a tocar temas de pop. Disfrutas de Mozart. Lo último que he visto en tu lista de reproducción de Spotify es de Vangelis. ¿Te parecen influencias demasiado dispersas, o, por el contrario, lo ves inevitable?

Bueno, mis gustos son muy variados, y también me obsesiono mucho por las cosas. Voy por rachas, y cuando me intereso por algo, es inevitable que lo de alrededor caiga. Aún así, investigando investigando, en mi biblioteca puedes encontrar Mozart, David Bowie, Poulenc, The Beatles, Alphaville, Ravel, Mika, Pink Floyd, The Police…

Ahora me encuentro en un momento en el que mis obsesiones se centran en otras cosas (en concreto, ver vídeos de la Sociedad Planetaria y escuchar a Bill Nye en los Podcasts sobre ciencia y astronomía, por ejemplo) y no estoy centrada en ningún músico/artista en concreto, así que acabo escuchando lo que yo llamo “listas comodín”, recopilaciones de música que me gusta de forma más… moderada.

Ah, y lo de Vangelis… era la banda sonora de Blade Runner.

¿Siempre tuviste interés por la composición, o te fue surgiendo al aprender armonía?

Empecé armonía con muchas ganas. Estaba muy interesada en componer… aunque con más inclinación hacia el lado Pop-Rock de la balanza. Unos cuantos amigos (buenos amigos, lo prometo) que iban un curso por delante intentaron desanimarme antes de comenzar armonía diciendo: “No creas que va a ser tan guay. Crees que vas a llegar y vas a hacer canciones pero te pondrán mucha teoría y a hacer corales y corales”. (Verídico, lo juro).

Pero cuanto más aprendía, más quería saber, y una vez acabada Armonía y adquirida toda la teoría necesaria entré en Fundamentos, donde, siguiendo más o menos el programa, profundizamos sobre aquello que nos interesaba a los alumnos presentes en el aula en ese momento (lo cual fue genial). No, creo que no nací compositora, pero nací creativa, que es algo.

¿Qué proyectos compositivos tienes ahora mismo?

Pues antes del día 10 de julio espero que estén listas una serie de pequeñas piezas para clarinete solo (de un par de minutos de duración) que espero poder tocar en un recital de poesía (como obertura, intermedios y cierre).

Aparte, les debo a unos cuantos amigos obras que les prometí en un momento u otro (y que me apetece hacer). Así tengo inspiración y además la satisfacción de tocar con gente con la que estoy muy a gusto.

A más largo plazo, tengo un proyecto un poco más complicado, que requiere narrativa, dibujo y música. Pero aún me queda mucho y necesito tiempo, así que eso estará de momento en la lista de espera.

No te voy a preguntar si ves un futuro como compositora: te voy a preguntar si ves un futuro sin componer.

Gracias por el matiz. No sabría qué contestarte a la primera pregunta, pero a la segunda lo tengo muy claro: No, no veo un futuro sin componer. Eso lo haré siempre. No sé cómo, dónde, para qué o para quién, pero…  Lo haré.

La obra

“Steam-powered heart” es el título de la obra con que ganaste el concurso. Detrás de ese título hay una historia, o al menos unas imágenes. ¿Nos las cuentas?

Mientras buscaba ideas para hacer la composición resulta que había estado haciendo una serie de dibujos de temática steam-punk en los que aparecían diferentes máquinas, engranajes, pistones y demás, así que se me ocurrió buscar vídeos con sonidos de máquinas a vapor para sacar ritmos interesantes. A partir de ahí hice unas ilustraciones (en realidad unos bocetos, porque no llegué a terminarlas) de una fábrica antigua enorme donde todo estaba automatizado y donde podían verse robots trabajando. Todos iguales. Todos coordinados. Una estética inspirada en la película de 1927 de Fritz Lang, “Metrópolis”. Los dibujos están hechos en tonos dorados y tierra, muy cálidos, pero a la vez muy… poco acogedores. Muy inhumanos. Al fin y al cabo, hasta los “trabajadores” son parte de la fábrica.

¿Hay alguna relación con la web del mismo título?

No, no la hay. Conozco la web. SteamPowered es una plataforma de videojuegos que además uso (juegos de Valve como “Portal” me gustan mucho) pero es pura coincidencia.

La sensación de que una orquesta interprete tu obra es muy distinta a la de que toque tu música cualquier otra agrupación. ¿Cómo fue para ti?

He de decir que al comienzo estaba aterrada. Tan sólo había podido ver un ensayo y me hubiera gustado haber podido trabajar ciertas cosas con los músicos para las que no hubo tiempo. Pero aparte del pánico inicial, la sensación es muy interesante. Hay muchas cosas a las que quieres prestar atención. Tienes curiosidad por escuchar esos efectos que tú has pensado previamente, que has probado en tu cabeza, y ver qué interpretación se hace de ellos. Hay sonidos y colores que no puedes lograr con una agrupación más pequeña. Pero también he de decir que, en esta primera experiencia, y debido a la falta de tiempo y de ensayos, estaba más pendiente de que sonase medianamente bien todo lo que tenía que sonar, de que los ritmos estuvieran en su sitio, de que se ENTENDIESE la obra… en lugar de disfrutar verdaderamente de la escucha.

Me gustaría destacar que tú, y todos tus compañeros tuvísteis muchísimo valor atreviéndoos a presentaros a un concurso de obras de orquesta sin que aún os hubiera explicado nada acerca de ella. Y con poquísimo tiempo. ¿Cómo lo sobrellevaste?

Yo estoy convencida de que, por mucho que me estrese, trabajo mejor bajo presión. El saber que (sólo) tenía un mes para componer la obra me hizo trabajar más eficazmente, con menos distracciones. Me lo tomé como un experimento, y aparte de las indicaciones básicas que teníamos que saber (como dónde se escribe qué instrumento, o cómo se indica tal o cual para el director) lo demás fue básicamente eso, experimentar. Posiblemente, según vaya componiendo nuevas obras, iré estudiando más sobre orquestación (es inevitable, habrá cosas que necesite saber) pero yo creo que será así y no al revés. Que buscaré información cuando me haga falta. Me refiero a lo que es pura teoría, porque lo que sí que haré de ahora en adelante es leer muchas, muuuuchas partituras de grandes maestros, que es de donde más se aprende y de donde más ideas se sacan.

Y me gustaría además destacar que tus compañeros se han comportado en general magníficamente, por lo que yo sé: nada de celos por tu victoria y alegría por tu éxito. ¿Unas palabras para ellos?

Que son los mejores compañeros y amigos con los que se puede tener la suerte de estar, y de compartir momentos como estos. Que son todos unos grandes profesionales con mucho talento, y debería haber en el mundo de la música y las artes más gente como ellos, que se alegren por el éxito propio y ajeno, que critiquen con ánimo de mejorar y nunca de hundir a alguien, que apoyen los proyectos que empezamos, que se emocionen con lo que hacen, y que sean, en definitiva, unas grandísimas personas a la altura del arte que defienden.

En otra entrevista que te han hecho comentan que los compositores no sabemos si las obras que escribimos van a sonar bien o mal. Sin emplear palabras malsonantes, ¿qué opinas de estas ideas peregrinas?

Pues… yo no sé si es que la gente piensa que los compositores cogemos papel y lápiz y ponemos notas según nos da ese día y luego esperamos a ver qué pasa. Ya lo comenté en Facebook: se llama “composición”, no “la ruleta rusa”. Yo sé perfectamente si lo que he escrito tiene sentido o no. (O al menos quiero pensar que lo sé). Pero en la música, la composición sólo es la mitad de una obra. Luego llega el intérprete quien, como bien indica su nombre, interpreta la obra como mejor le parece. Por eso tenemos los compositores “curiosidad por saber cómo sonará”. No porque no sepamos lo que hemos escrito, sino porque desconocemos cómo será interpretado, y eso puede cambiar una obra por completo.

¿Qué más te gustaría contarnos sobre tu obra?

Que hay cosas que cambiaría inmediatamente después de haberla probado con “músicos de verdad” y que, aunque me lo pasé muy bien componiéndola, no me parece que estuviese a mayor nivel que las obras de mis compañeros de fundamentos de composición. (Es que somos todos muy buenos, y claro.)

¡Y que estoy impaciente por tener una idea para escribir la siguiente!

El Bach de los blogueros

BachComputerEn el blog del interesante proyecto eMusicArte figura una entrevista en la que se me califica como “el Bach de los bloggers”. Es evidente que en toda publicación periodística o similar hay una cierta tendencia a la hipérbole. Pero quiero escribir un breve post para expresar mi agradecimiento. Justo en estos días acabo de tener que pagar el alojamiento de mi sitio web, y la combinación de cuesta de enero con la crisis no ha sido de ninguna ayuda. Estaba pensando precisamente en trasladar todo a algún sitio gratuito. Las funciones y posibilidades serían muy inferiores, claro.

Pero ver que alguien aprecia mi labor de, entre otras cosas, maestro de primeras letras y acordes, me ha animado. Mucho me han estimulado también algunos cálidos comentarios. Mientras la crisis no arrecie aún más, Potsdam 1747 en toda su funcionalidad está a vuestra disposición. Gracias a todos los que la visitáis, dobles gracias a los que sacáis provecho de ella y triples y cuádruples gracias a los que hacéis comentarios y la convertís en algo vivo.

El musicófago frugal (1): Anáforas

Es posible que este post requiera unas explicaciones previas. Pero también es posible que haya quien prefiera ir directamente a lo musical y dejar las disertaciones para después. Pongo pues al final las descripciones previas (con lo que invento la categoría de “postprevias”, que queda muy posmoderno), y paso a la obra. Quien prefiera comenzar por las tales explicaciones, que haga click aquí.

   

Anáforas

Os dejo hoy con mi obra “Anáforas”, para cello y piano (Michael Stokes y Francisco José Segovia, en este vídeo). Estaría englobada dentro de lo que considero mi música seria. Técnicamente podría decir mucho sobre la obra, pero voy a intentar mantener un nivel como para público interesado, más que como para expertos.

La anáfora es una figura literaria que, para los propósitos de esta obra, podríamos considerar como la repetición frecuente de partes del discurso o la sustitución de las repeticiones por elementos con el mismo significado (definición horrorosamente incompleta para gramáticos, pero muy útil para mis fines). Algo así como:

“Para ti, lector de este blog, para ti, nauta de webs musicales, para ti que escudriñas mis palabras, se ha escrito este ejemplo.”

Defo2Visualmente quizá pudiera encontrarse un análogo en dibujos como el que nos acompaña, en que la repetición casi idéntica de elementos va poco a poco generando formas nuevas que, sin embargo, jamás llegan a necesitar una explicación, por su enorme semejanza con el elemento anterior. Esto ya nos saca del ámbito de la figura literaria y se convierte en la base sobre la que construyo la forma musical de esta obra.

En el aspecto camerístico, la obra pertenece a lo que yo denomino la serie de “si el caballo canta…”. Tengo obra con ese título, y ya daré, junto con ella, la explicación completa. Baste decir que considero pertenecientes a tal serie todas las obras en que me molesta enormemente la distinción entre acompañado y acompañante, y busco, en cierta medida, una paridad entre los instrumentos implicados.

Recapitulando: construyo la obra sobre diversas reelaboraciones de los mismo materiales, hasta que estos se convierten en otros que sigo reeleborando, hasta que estos se convierten en otros que sigo reelaborando… …y esto lo hago procurando que, en general, ni cello ni piano queden supeditados al otro instrumento.

Me han comentado sobre la obra que su armonía es derivativa de la de Takemitsu. Como a él le acusaban de derivativo de Messiaen, y a Messiaen de derivativo de Debussy, me voy a quedar con que la comparación me halaga, aunque yo escucho perfectamente diferencias fundamentales entre todas esas armonías. Confieso (con placer, de hecho) eso sí, que soy aficionado a la música de gran belleza armónica, y a menudo procuro escribirla.

¿Datos técnicos? Diré de pasada que la obra se basa inmensamente en lo que llamo mi sinclinal T, pero la explicación requeriría bastante más tiempo que la escucha de la pieza, y anda por otros lados del blog.

A ver qué os parece la obra. A mi, si ninguno de mis hijos me parece feo, éste es de los que me maravilla que venga de mis pobres genes.

   

Palabras previas a las palabras previas

La ironía de la pregunta de mi mujer se me ha quedado un poco como la nube sobre Cazeneuve. ¿Y por qué no un libro de memorias? Si me diera la gana, ¿por qué no? Qué continente de hipócritas el sudamericano, qué miedo de que nos tachen de vanidosos y/o de pedantes. Si Robert Graves o Simone de Beauvoir hablan de sí mismos, gran respeto y acatamiento; si Carlos Fuentes o yo publicáramos nuestras memorias, nos dirían inmediatamente que nos creemos importantes. Una de las pruebas del subdesarrollo de nuestros países es la falta de naturalidad de sus escritores; la otra es la falta de humor, pues éste no nace sin naturalidad. La suma de naturalidad y de humor es lo que en otras sociedades da al escritor su personería; Graves y Beauvoir escriben sus memorias el mismísimo día que se les antoja, sin que ni a ellos ni a los lectores les parezca nada excepcional. Nosotros, tímidos productos de la autocensura y de la sonriente vigilancia de amigos y críticos, nos limitamos a escribir memorias vicarias, asomándonos a lo Frégoli desde nuestras novelas. Y si cualquier novelista hace siempre un poco eso, porque está en la naturaleza misma de las cosas, nosotros nos quedamos dentro, constituimos domicilio legal en nuestras novelas, y cuando salimos a la calle somos unos señores aburridos, preferentemente vestidos de azul oscuro. Vamos a ver: ¿por qué no escribiría yo mis memorias ahora que empieza mi crepúsculo, que he terminado la jaula del obispo y que soy culpable de un montoncito de libros que dan algún derecho a la primera persona del singular?

La ironía de la pregunta de mi mujer se me ha quedado un poco como la nube sobre Cazeneuve. ¿Y por qué no un libro de memorias? Si me diera la gana, ¿por qué no? Qué continente de hipócritas el sudamericano, qué miedo de que nos tachen de vanidosos y/o de pedantes. Si Robert Graves o Simone de Beauvoir hablan de sí mismos, gran respeto y acatamiento; si Carlos Fuentes o yo publicáramos nuestras memorias, nos dirían inmediatamente que nos creemos importantes. Una de las pruebas del subdesarrollo de nuestros países es la falta de naturalidad de sus escritores; la otra es la falta de humor, pues éste no nace sin naturalidad. La suma de naturalidad y de humor es lo que en otras sociedades da al escritor su personería; Graves y Beauvoir escriben sus memorias el mismísimo día que se les antoja, sin que ni a ellos ni a los lectores les parezca nada excepcional. Nosotros, tímidos productos de la autocensura y de la sonriente vigilancia de amigos y críticos, nos limitamos a escribir memorias vicarias, asomándonos a lo Frégoli desde nuestras novelas. Y si cualquier novelista hace siempre un poco eso, porque está en la naturaleza misma de las cosas, nosotros nos quedamos dentro, constituimos domicilio legal en nuestras novelas, y cuando salimos a la calle somos unos señores aburridos, preferentemente vestidos de azul oscuro. Vamos a ver: ¿por qué no escribiría yo mis memorias ahora que empieza mi crepúsculo, que he terminado la jaula del obispo y que soy culpable de un montoncito de libros que dan algún derecho a la primera persona del singular? Julio Cortázar, La vuelta al día en ochenta mundos

En estos días tanto Aurora Blanco Blanco como Justin Avro Lancaster se han interesado por mi música, particularmente la orquestal. No ha sido el único caso reciente. Inés Mogollón, por ejemplo, o Chema Mrua, han manifestado en algunas ocasiones cierta curiosidad por mis obras.

El caso es que no tengo costumbre de hablar de mi música. Una regla inviolable hasta ahora en mis clases es la de no hablar nunca de mi. Si el periodo lectivo no me alcanza normalmente para hablar ni de Haydn, ni de Carl Philip Emanuel Bach, ni de Ligeti, al menos no para hacerlo a gusto, ¿cómo voy a reducir aún más el tiempo disponible para referirme a mi propia producción?

Una excepción, por supuesto, a esta regla se ha dado en las ocasiones en que me han propuesto, en cursos independientes, hablar de mi música. A esos cursos ha ido el que ha querido ir, y no suponen de ninguna forma una pérdida del tiempo que debe dedicarse a los autores de necesario conocimiento.

Pero, ¿y mi blog? Por muchas razones, cuando hablo de temás musicales tiendo a considerarlo una especie de extensión de mis clases (sobre todo porque lo empleo ampliamente para proporcionar material de apoyo, en forma de apuntes o de artículos monográficos). Llevado quizá de esta idea, rara vez explico mi música, mucho menos hago una especie de guía de escucha.

Considerándolo ahora, veo que es un error. La música debe siempre defenderse sola, y así espero que mis hijos sonoros lo vayan haciendo desde los variados especios web a los que los he subido. Pero a fin de cuentas, un blog es un espacio de diálogo, no una sala de conciertos, y tampoco parece terrible hablar de uno mismo. Total, quien no quiera leerlo, no tiene más que cambiar de página.

Comienzo pues una serie de posts en los que hablaré de mi mismo. Como el título genérico será “El musicófago frugal”, quien no desee leerlos no tiene más que hacer caso a esta advertencia.

Todo con todo, aunque difícilmente se me puede ya considerar joven, creo no estar aún ni senil ni paleontológico. No temáis pues ataques de autobiografía. Os presentaré un poco de técnica, un poco de contexto, y una obra cada vez. Lo mismo alguien se divierte. Y confío mucho en mis obras. Alguien las disfrutará, o eso espero.

Palabras previas

Supongo que, excepto para musicólogos al ajillo (en este artículo se habla con alguna amplitud del concepto), mi producción debe parecer confusa (a los del ajillo les parecerá confusa igual, pero así se lanzarán a atrevidas exégesis y se entretendrán, pobres criaturas). Confusa, claro, porque abarca terrenos muy distintos. Os pongo un esquema.

Fondo copyPor supuesto, hacer click sobre la imagen os la pondrá a un tamaño legible. No quiero dar muchas explicaciones, hoy no. Ya van demasiadas y aún no he puesto ni de que obra voy a comentaros algo. Sólo os hago notar que distingo entre mi música más personal y auténtica (ya explicaré qué quiero decir con eso), la que tiene finalidades pedagógicas y la que elucubra sobre otros mundos musicales posibles. Más sobre esto en futuras entregas de la serie.

Los que hayáis elegido empezar por las explicaciones previas, haced click aquí para llegar a la obra.

El desafío de los diez libros

Carolina Cerezo Dávila, a la que por otra parte no recuerdo haber hecho ningún mal como para que me meta en este compromiso, me lanza el desafío de los diez libros, que consiste en nombrar, y si se puede, reseñar, diez libros que hayan marcado la vida de uno. Posteriormente se desafía a otras diez personas a que hagan lo mismo.

Si algo soy, soy hombre de libros. lo de “temed a los hombres de un solo libro” jamás ha podido aplicárseme. Y, naturalmente, elegir sólo diez libros me ha sido imposible. Con mucho esfuerzo y bastantes trampas los he reducido a catorce. Y aún ello haciendo el esfuerzo supremo de no meter ni una partitura.

Los listo aquí debajo en un orden vagamente cronológico. He leído demasiado como para estar seguro de en qué orden lo he hecho.

 

1.— La Odisea

OdiseaSiendo bien pequeño, por razones del trabajo de mis padres, pasaba mucho tiempo sólo en casa. En la escasa biblioteca que teníamos, figuraban con carácter prominente los volúmenes de la biblioteca básica RTV —con sus cien fabulosos y bien seleccionados libros, que bien pudieran haber figurado aquí como una entrada más—, la enciclopedia Salvat y La Odisea. Mi pasmo con este último libro, la sensación de maravilla, mi entusiasmo ante la astucia de Ulises, mi pasión por los dioses como seres que se salen de lo normal, aún me duran, y son, indudablemente, la causa de mi eterno interés por la mitología.

 

2.—Antología de Ciencia Ficción de Groff Conklin

43572959La biblioteca del colegio en que estudié era más bien escasa, y producto, ante todo, de donaciones de padres de alumnos. Quizá gracias a eso se produjo la anomalía de que en un colegio de curas de la época de Franco se encontrara un libro de ciencia ficción. Al leerlo reencontré la maravilla que había supuesto “La Odisea”, pero con personajes con los que era más fácil identificarse (nos pongamos como nos pongamos, y diga lo que diga Olympos de Dan Simmons, parece más cercano que tengamos un jetpack a que adquiramos poderes de semidioses mitológicos).

Leída hoy (me hice a los años con un ejemplar, numerosas veces releído), es una antología corrientita, pero no por eso la tengo menor cariño.

 

3.— Asimov

asimov-seleccion-1-isaac-asimov-bruguera-11668-MLA20047659919_022014-F¡Ah, aquellos libros de Bruguera, que se desencuadernaban con mirarlos! Sabe Bach como habré logrado conservar algunos con todas sus páginas durante más de cuarenta años. Hago aquí la primera de mis trampas. Pero no la siento como una falsedad: si la antología de Conklin fue mi rito de iniciación en la Sf, Asimov fue la materia prima que alimentó mis sueños durante largos años, mi base, si queréis sobre la que aún mido toda novela de ciencia ficción. ¿Los propios dioses? ¿El ciclo de Trántor? ¿Los ingeniosísimos relatos? A tiempo pasado todo me parece un único disfrute, un largo gozo en que cada relato suelto, cada novela única, se funde en forma transparente con todas las demás. Se diga lo que se quiera, el Buen Doctor es un narrador mucho más hábil de lo que parece. Tampoco descarto que sus numerosas explicaciones sobre cómo y por qué escribía cada cosa me hayan ayudado a ver al creador como un ser humano con el que es posible identificarse.

 

4.— Jorge Luis Borges

Borges_02También a Don Jorge Luis lo encontré en la biblioteca de mi colegio (al tiempo lo retiraron, junto a otros autores latinoamericanos, pensando, supongo, que eran una influencia políticamente nefasta). Hubieron de pasar muchos años antes de que me enterase que, como yo, era devoto admirador de algunos autores de ciencia ficción, como Olaf Stapledon o C. S. Lewis, que llegan a aparecer, por ejemplo, en El libro de los seres imaginarios, por la enorme fantasía que llegan a derrochar. Verdad es que la imaginación borgiana, mezclada con un manejo del lenguaje de una perfección casi de relojero necesitan de poco estímulo exterior para convertirse en una fuente de satisfacción casi sin límites. Desde mi Aleph, situado en el jardín de senderos que se bifurcan, leo el libro de arena y le dedico una kennigar. ¿Puedo aprovechar una vez más para manifestar que “Undr” me parece la mejor reflexión sobre el arte jamás escrita?

5.— El Señor de los Anillos

el-senor-de-los-anillos-3-ts-minotauro-tapa-dura-tolkien_MLA-F-4600653378_072013Pocas veces he estado enfermo en mi infancia. Una de ellas algún pariente tuvo el acierto de regalarme el primer volumen de El Señor de los Anillos (raro, solían regalarme tebeos o libros de colecciones infantiles). Fue de noche y la fiebre me hizo dormir enseguida. Al levantarme al día siguiente comencé el libro… …y no pude soltarlo hasta acabarlo, ese mismo día. Yo creo que me cure de la enfermedad al día siguiente sólo para poder ir a la librería y comprar los otros dos volúmenes. Años esperando a poder tener una edición (ya en inglés) con los apéndices, esperando al Silmarilion, al Hobbitt. Queridos, los que os habéis hecho fans por las muy posteriores películas, no tenéis idea de la magia y el misterio que nos rodeaban a los escasos iniciados que lo leímos en la primera edición española. Supongo que de ahí arranca mi inacabable interés por lo que luego he dado en llamar los espacios míticos.

 

6.— Julio Cortázar

cortazar_rayuelaA Don Julio estoy seguro de haberle conocido precisamente por enterarme de que retiraban de la biblioteca de mi colegio los volúmenes de literatura sudamericana. En el batiburrillo ideológico de la época, la primera tendencia de unos y otros era confundir la ideología de Vargas Llosa con hasta la del gaucho Martín Fierro. Afortunadamente estamos en tiempos más sosegados (algo, al menos( y podemos intentar juzgar sólo (¡sólo!) el valor literario de cada libro.

De Cortázar conocí lo primero los cuentos, esos prodigios pequeños que, precisamente por no parecerse en nada, sólo puedo comparar a los de Borges. Siempre he dicho que llegados a cierto punto de perfección, la única mejora posible es la de hacer las cosas de una manera totalmente distinta, y la imaginación portentosa de Don Julio, su lenguaje, mucho más mesurado de lo que a primera vista parece, y el asombro continuo que me produjo la lectura de sus novelas me parece que me viene a dar la razón.

Historias de Cronopios y Famas, así como La vuelta al día en ochenta mundos son quizá los libros de este autor que más he comentado con mis amigos, si bien me parecen obras, en comparación con el resto, un poco menores. Lo que no tiene nada de malo, como diría el propio Julio en “La vuelta al día…”

7.— William Shakespeare

william-shakespeare-obras-completas-edit-aguilar-13372-MLC3195560901_092012-FEntramos en mi adolescencia. Quizá sea el momento de alabar la colección de libros de lectura Senda, que me acompañó durante toda la EGB. Si bien me ponía muy nervioso que no figurase un sólo texto completo, fue mi primer contacto con, por ejemplo, el Cantar de Mío Cid y el Romancero Antiguo, que tanto me han llegado a gustar luego. Fue aquí dónde encontré un soneto de Shakesèare, uno de los del ciclo de la Amada Oscura, que me hizo buscar el resto de las obras del autor (conocía Romeo y Julieta, que figuraba en la colección RTV de la que antes hablé, pero de niño llegó a tocarme poco).

Antes de poder leerlo, con enorme esfuerzo en inglés, conocí y aún poseo y releo la traducción de Luis Astrana, que por denostada que sea sigue pareciéndome soberbia. Con Cervantes (ver abajo) durante una serie de años la relectura de las obras completas de Shakespeare era un obligado placer veraniego, cuando quería, al principio de mis años de profesorado, quitarme demasiados dosis de lenguaje burocrático que habían atenazado mi curso.

 

8-— El ingenioso hidalgo

don-quijote-de-la-mancha-ediciones-ramosmadrid-1655-MLU31034465_8238-FPoco dado como soy a todo lo obligatorio en la enseñanza, no me parece una buena idea que durante tantos años el Quijote haya sido una lectura obligatoria. Antes bien, yo la hubiese prohibido, de forma que los jóvenes la leyesen a escondidas, valorando así mucho más cada uno de los detalles que tiene esta novela casi infinita. Jamás he comprendido a los que dicen que es aburrida, mucho menos a los que dicen que es larga. Me atrevo a decir que parte de la poca cordura que pudiera quedarme tras largos años de enseñanza viene de mis lecturas anuales, que muchos años han durado, de esta maravilla.

Un libro, además, que resiste de manera perfecta ser recontado, no hay más que ver a Unamuno.

Una anécdota: la edición que aún poseo fue el regalo de bodas que mi abuela hizo a mis padres (raro porque ninguno de los tres fue un gran lector). Llena de hermosos grabados de ediciones en todos los idiomas habidos y por haber.

 

9.— Método de guitarra de Gaspar de Luz

GasparDeLuzYa he hablado en más lugares de mis silvestres comienzos en la música, no creo que sea necesario volver a referirme a ellos.

Vacilé en meter este libro, como otro libro técnico de mucha mayor enjundia que vendrá luego, porque no sé si se ajusta a las bases del desafío. Luego pensé que si hasta ahora ya me las he saltado unas cuantas veces, por qué no hacerlo aquí también. Ciertamente es uno de los libros que ayudaron a cambiar mi vida. En mi etapa de “guitarrista de barrio”, que en tantas cosas ha marcado mi posterior vida musical, este libro cumplió holgadamente su papel: enseñarme a tocar la guitarra, escalas, acordes… Y de una manera admirable: no intentaba que me convirtiera en guitarrista de jazz, de flamenco, clásico, o rockero, sino que aprendiera a tocar la guitarra. Esta forma de enseñar sin tendenciosidad alguna es algo que, aprendido de aquí, intento aún llevar a mis prácticas pedagógicas. Por lo demás, no es que sea un libro grande, simplemente para mi tuvo influencia profunda.

 

10.— Biblioteca Orbis de ciencia ficción

OrbisIgnoro si seré el único que debe una parte considerable de sus saberes sobre el género a esta biblioteca, que, en mi opinión, era de lo más variado y bien seleccionado (con excepciones, claro) que hubo en la época. Un gusto esperar cada nuevo número, y, la verdad, una decepción cuando resultaba que el número que iba a salir era una novela que ya había uno adquirido en otra edición.

Tienta ponerse a hacer la lista de títulos pertenecientes a la colección que no hubiera sido posible, o al menos fácil conocer de otro modo. Conservo casi todos sus volúmenes con enorme cuidado y gran placer.

 

11.— La Armonía de Schönberg

SchonbergHabrá quien se extrañe de que ponga este libro y no la Técnica de mi lenguaje musical, de Messiaen, sobre todo los que saben lo mucho que me costó conseguir leer el libro en francés… …idioma que sigo desconociendo.

Sin embargo, en muchos aspectos la armonía de Schönberg me marcó más (me hizo, por ejemplo, desear leer el libro de Messiaen). Es un libro sin paralelo, creo, en el mundo de los tratados de armonía: no se limita a dar lecciones sobre la materia, sino a explicar, de la mejor manera, que es el ejemplo, por qué uno pudiera interesarse en ser armonista. En la medida en que la teoría musical pueda considerarse una filosofía (escasa, creo), este libro sería un ejemplo de los valores que pueden y quizá deban acompañar a un armonista que sea algo más que un técnico competente. Yo ta tenía intenciones de componer, pero este libro fue de los que más me enseñaron qué significa ser compositor.

 

12.— Las trilogías

Dune coverAdopto este título, que reconozco que es laxo, porque, por ejemplo, la expresión “multilogía” me parece totalmente carente de eufonía.

¿Recordáis como, durante una época, todo eran trilogías, dobles trilogías y demás? Para los que apreciábamos el buen oficio en la construcción de universos era la oportunidad maravillosa de habitar durante más tiempo lugares y situaciones que llegabas a amar. Universos como el de Dune, cuya foto nos acompaña son demasiado ricos y complejos como para disfrutarlos durante unos miserables cientos de páginas.

Otra cosa es que padezco una enfermedad que ignoro si los médicos ya han catalogado. Soy totalmente incapaz de no leer todos los volúmenes de una multilogía,. En general no es grave, pero hay casos, como pudieran ser las crónicas de la Dragonlance en que se convierte en un ejercicio de masoquismo.

 

13,— Los dominios del Señor del Sueño

Sandman-bannerSupongo que será por llevar la contraria, pero el aprecio por todo lo poético no me vino en la adolescencia, más allá de perpetrar aquellos versos de los que todos somos culpables, sino con la madurez.

En la infancia conocí algo los cómics de Vértice, que no llegaron (me imagino que porque los leía de prestado en los recreos) a entusiasmarme. Luego, con un afán de estudioso inglés que sólo puede disculparse a un recién adolescido me empeñé en demostrar la influencia de los arquetipos mitológicos en la vida moderna, para justificar mis obras mitológicas. Hoy sigo pensando igual, pero creo que ni me hace falta justificarme ni la actitud del Doctor Stanley deja de carecer de muy serio paternalismo con el resto del mundo.

El caso es que llegó Sandman. ¡Qué se puede decir de un río que es a la vez un volcán, de un lirismo que es a la vez una épica, de un multiverso enorme que a la vez resuena con casi cada una de las circunstancias que componen mi interior!

Sólo diré que si alguna vez tengo ocasión de hacer una ópera, será en el universo de Sandman, a ser posible con libreto propio. Después he seguido leyendo cómics, gracias a Bach, pero hasta ahora, aunque he encontrado joyas preciosas, nada ha llegado a tocarme tan profundamente.

 

14.— Terry Pratchett

NightWatchHablaba antes de la arrogancia del que acaba de abandonar la adolescencia. Durante un tiempo llegué a pensar que ya nada había que pudiera resultarme totalmente nuevo o entretenido… …y en eso llegó Sir Terry. Ignoro si sus libros se deben clasificar en humorísticos, filosóficos, fantasía o la más pura realidad. Sólo sé que deploro que su enfermedad nos impida disfrutar de unas cuantas docenas más de ellos. Creo que lo poco que tenga de humanidad y de ecuanimidad me vienen en alguna medida de esta lectura extraordinaria, y deploro la mala suerte de todos los que no leáis en inglés, puesto que creo que no todos están traducidos, lo que viene a constituir un delito de lesa humanidad contra todos los hispanohablantes.

A Sir Terry le dediqué una vez una pieza imaginando como pudieran ser los folklores de MundoDisco. Lo mismo alguna vez se interpreta.
Y os dejo en este bachiano catorce, que es alógico porque en realidad he puesto cientos de libros esta lista tan injusta. Si se me hubiese preguntado por los diez libros que más he disfrutado, hubiese, por ejemplo, salido Rafael Marín, o Herman Hesse, o Thomas Mann. Si la pregunta se refiriese a de qué libros he aprendido más (que no sean los de texto), hubieran salido otros. ¿Y no habría que incluir literatura erótica? En fin, es un universo mucho más feliz aquel en que se han inventado los libros que otros en los que no.

P.D.: no dejéis esta lista en manos de ningún psiquiatra, que se lo pasará bomba.

Metamúsicas y análisis. Dos deudas besadianas y un sólo artículo.

analysisPara los que no le conozcáis, José Luis Besada es un señor (o quizá una entidad virtual, jamás, que yo sepa, le he visto en persona) que se dedica entre otras cosas a hacer preguntas comprometidas en Facebook, con humor, pero también con fiereza propia de un martillo de herejes si los razonamientos tras las respuestas carecen de validez. En los ratos libres diseña jeroglíficos matemático-musicales que me han dado más de un quebradero de cabeza. El caso es que se ha interesado por dos comentarios apresurados que puse en el Face, y me ha lanzado el guante. Concretamente le debo respuesta a dos preguntas.

  1. ¿Qué quiero dar a entender cuando hablo de metamúsicas?
  2. ¿Por qué digo que el análisis no es un fin en sí mismo sino una herramienta? (Esta pregunta me inquieta menos: manifiesta un 85% de acuerdo conmigo, así que del 15% restante quizá podamos negociar un porcentaje).

Como soy así de perezoso, y como en el fondo los dos temas requieren para mi respuesta elementos comunes, los englobo en un solo artículo.

Extraño a Humpty-Dumpty: las metamúsicas

humpty-dumptyConfieso que el término “metamúsica” lo he empleado siempre con la mayor inocencia. Si metalenguaje es el lenguaje cuando se refiere a sí mismo, metafísica, metamúsica sería la música cuando es también, en ciertos sentidos, autoreferencial.

Este uso está, creo yo, suficientemente claro. Pero la pregunta besadiana me ha servido de alerta. Cuando me lo ha preguntado, alguien más debe estar usando ese término, y, sin duda alguna, sin buenas intenciones.

Así alertado, he usado Google, y estoy más bien escandalizado de lo que he ido encontrando. Como no quiero avergonzar a nadie, voy a contar en paráfrasis, más que a establecer vínculos directos.

He encontrado sitios en que venden colecciones completas de metamúsica, dónde ésta sería desde la música de los clásicos, por su evidente trascendencia sobre otras músicas, hasta el minimalismo pop relajante acompañado de sonidos de la naturaleza, tales como cantos de ballenas, grillos nocturnos o los chillidos de agonía de una gacela al ser despanzurrada por un leopardo.

He encontrado webs en que venden libros que emplean la metamúsica como ejercicio de autoayuda. Cito, con vergüenza y pasmo el índice de tres capítulos de uno de estos libros.

IV. La armonía musical 
– Musicoembriología (La vida antes de nacer) 
– Psicoembriología 
– La ayuda telepática 
– Una experiencia maravillosa 
– Sinfonía de la Vida 
– Musicoembriología (Práctica) 

V. Meditación musical 
– Cómo escuchar música adecuadamente 
– Hábitos musicales sanos 
– Una mayor comprensión profunda de la música a través de nuestro cuerpo 

VI. Música, la verdadera filosofía 
– Lugares de reunión para meditar con música 
– Literatura musicosófica 
– El fundador 
– Pasos para la meditación musical 
– P.I.D.: Percepción intuitiva de Dios (práctica)

Yo voy a procurar no juzgar, pero aún me tiembla el poco flequillo que me queda tras esta lectura escalofriante.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.Alicia se quedó demasiado desconcertada con todo esto para decir nada; de forma que tras un minuto Humpty Dumpty empezó a hablar de nuevo: –Algunas palabras tienen su genio… particularmente los verbos…, son los más creídos…, con los adjetivos se puede hacer lo que se quiera, pero no con los verbos…, sin embargo, ¡yo me las arreglo para tenerselas tiesas a todos ellos! ¡Impenetrabilidad! Eso es lo que yo siempre digo.

-¿Querría decirme, por favor –rogó Alicia– qué es lo que quiere decir eso?

–Ahora sí que estás hablando como una niña sensata –aprobó Humpty Dumpty, muy orondo. –Por «impenetrabilidad» quiero decir que ya basta de hablar de este tema y que más te valdría que me dijeras de una vez qué es lo que vas a hacer ahora pues supongo que no vas a estar ahí parada para el resto de tu vida.

–¡Pues no es poco significado para una sola palabra! –comentó pensativamente Alicia.

Cuando hago que una palabra trabaje tanto como esa explicó Humpty Dumpty– siempre le doy una paga extraordinaria.

Todo con todo, como intuyo bastante de qué pie cojea el amigo Besada, sospecho que debe haber algo aún más atroz: que los posmodernos se hayan apoderado del término. Antes, cuando mi amigo Humpty o yo queríamos usar una palabra, la usábamos, sin mucho mayor trabajo que el de definirla adecuadamente y darle su sueldo correspondiente. Pero, con gentes que niegan la existencia de la realidad si no es como constructo consensuado, ¿quién se atreve? Mucho me temo que si indagara me encontraría con algo así como:

“La reducción del paradigma que supone la metamúsica es sólo aparente tras la consideración de las teorías de género implicadas, tal y como las propugnó Ostrakovitch. La metamúsica vendría pues a ser el sustrato translingüístico que queda tras la deconstrucción de los conceptos de autor e interpretación, como parte inmanente del subconsciente colectivo tras todo rechazo del dualismo y sin perder jamás de vista que así como el lenguaje da forma a nuestros pensamientos, la música da forma a nuestras orejas. Puede aseverarse sin necesidad de demostración que toda persona de enormes orejas es proclive a la escucha de piezas musicales de grandes proporciones.”

Algo me queda luego por decir de la posmodernidad, pero me apresuro ante todo a rechazar cualquiera de las interpretaciones expuestas hasta ahora como parte de mi lenguaje o mis convicciones. Podría, eso sí, divertirme el término “metamúsica” como título del relato de Leopoldo Lugones.

En mi caso, con humildad, el término lo empleo para referirme a músicas como podrían ser “Polvo de Oro”, de Stockhausen, o “4.33” de Cage, dónde la intencionalidad de la pieza va más allá de lo estrictamente musical (no Besada, esta vez no voy a definir lo estrictamente musical). No sería tampoco inadecuado el empleo del término para obras como el “Estudio para el culo” (sic) de Andrew Robert C., donde la técnica interpretativa es de tanta o mayor importancia que la entidad sonora lograda. Claro, que podría argumentarse que eso es, sin ir más lejos, el caso de Moritz Moszkowski.

Tras todo lo dicho me tienta cambiar mi lenguaje y comenzar a hablar de transmúsicas, multimúsicas o incluso de Músicas-Que-Buscan-Objetivos-Extramusicales. Pero, ¿quién me asegura que no se comiencen a utilizar esas expresiones para fines que no apruebo? Me atengo a los consejos de Humpty-Dumpty, pues.

El efecto Ostrakovitch y el análisis

bosch_musichellPaso pues a la parte del artículo en que me refiero al análisis. Si ya me van a llover palos por lo dicho hasta ahora, no es imposible que por lo que sigue sea crucificado. Dedicadme si tal fuera el caso un recuerdo.

Suelo usar la expresión “musicólogo al ajillo” para referirme a cierto tipo de estudioso de la música que no cree necesario, o incluso encuentra de mal gusto, referirse a la propia música, representada por la partitura o por interpretaciones de la misma (sobre todo en el caso de la etnomusicología) como criterio definitivo para cualquier estudio interesante. Vendría a ser el caso de un experto en astrágalos que sintiera repugnancia por el pie humano o de cualquier otro plantígrado, por ensuciar la pureza última de la astragalidad platónica, con lo que yo vendría a denominarlo “astragalista al ajillo”. Por cierto que siempre me sorprende que nadie me haya comentado jamás la semejanza (que no es casual) con la expresión “erudito a la violeta”.

En el caso concreto del análisis, yo defiendo que es una disciplina auxiliar de inmensa utilidad. Analizamos para algo. Analizamos para aprender más sobre cómo está hecha una obra y, consecuentemente, interpretarla mejor. Analizamos para adquirir el oficio de compositor, aprehendiendo trucos de oficio, sea para aplicarlos nosotros o sea para sustituirlos por otros de nuestra propia cosecha. Pero el análisis es una herramienta, y no una finalidad. De nada sirve un análisis que no haya de tener aplicaciones prácticas.

Aquí al lado tenéis un fragmento del “Tríptico de las Delicias”, de mi viejo amigo Jerónimo. Entre la multitud de interpretaciones cabalísticas y alquímicas que se le han dado, me llama la atención la que dice que describe un infierno a la medida de los que confunden el fin y los medios, como por ejemplo algún gran virtuoso que en aras del dominio absoluto de su instrumento olvidase hacer música con él. De forma parecida quién no emplee el análisis para una mejor comprensión de la obra tiene un lugar en este cuadro (me tienta decir cuál de todos los personajes allí representados es el analista al ajillo, pero me parece evidente).

Desde mi punto de vista el análisis puede y debe seguir una metodología afín al método científico (las disquisiciones sobre la música como arte—ciencia, tan francesas, las dejo para otro día), incluyendo la parte de interpretación de los datos y, si se puede, de falsar las hipótesis.

Un ejemplo sería tras un sesudo análisis de cientos de obras barrocas y clásicas llegar a la conclusión inevitable de que V-I es un acontecimiento de alguna importancia. Falsar esa teoría contra la música, por ejemplo, de Satie, nos llevaría a modificar esa teoría, para acabar llegando a la conclusión de que la teoría es sólo sostenible en ciertos casos, y, sobre todo, en ciertas épocas.

Pero el analista al ajillo se basará una y otra vez en los trabajos sobre la cadencia perfecta de Yuri A. Ostrakovitch para afirmar que es un fenómeno universal, y que los compositores se han amoldado a él sólo de forma imperfecta. Lo que es peor, juzgarán las obras sobre esa premisa. Y, claro, ¿quién se atreve a discutir las conclusiones de Ostrakovitch, con ese nombre extranjero, y cuando en el fondo no nos atrevemos a decir que es la primera vez que leemos el nombre del autor (forzosamente ha de ser así: me lo he inventado para este artículo)?

Dicho así parecerá cosa de escasa importancia. Pero claro, es que no habréis tendió noticia de que se llega bajo tales premisas a negar la existencia de la sonata (sic), lo que no debe dejar indiferente en el otro mundo a más de un sonatista ilustre. O a pensar que ya que ninguna sonata se atiene al arquetipo platónico, tan válidas son las de Mozart como las de Stamitz. Pensar que el término ha significado cosas distintas en épocas y lugares distintos parece una suposición escasamente defendible en un libro bien encuadernado, claro.

En fin, acabo el artículo. Casi nunca me refiero a este tipo de temas en mi blog. Soy consciente de mi profesión de maestro de primeras letras (o primeros acordes, como queráis) y rara vez entro en mundos enrarecidos, sobre todo si lo están de forma artificial. A fin de cuentas para mi la reflexión profunda es casi tan necesaria como la bibliografía, tesis, por cierto, que también sostiene Ostrakovitch.