El pedagogo redentor contra el profesor malvado (2). Evaluaciones, deberes y contenidos.

TrigonometraEn el artículo previo, me refería, sobre todo, a mi experiencia como profesor de conservatorio. En el actual creo que puedo permitirme hacer unas reflexiones generales sobre la educación.

Comencemos, creo, por una pregunta esencial:

¿Qué tipo de alumno queremos formar?

Se habla, cada vez más, de “formar al alumno para el mercado laboral”. Como iré comentando, la idea me da escalofríos, pero aceptémosla. ¿Deberíamos enseñar a los alumnos como funciona el lector de códigos de barras del supermercado? ¿Hacer quizá prácticas de cómo cobrar a los clientes? ¿Con una especial atención al cliente que siempre se queja? ¿Instrucciones sobre cómo tratar al que siempre se intenta colar en la fila de espera?

Asumamos que esto no os parece una pesadilla y que sentís que, efectivamente, planteo algo de enorme utilidad: sería, incluso así, totalmente inefectivo. Los lectores de código de barras son relativamente recientes. De la misma forma, lo que se use cuando nuestros alumnos alcancen la vida laboral será relativamente reciente, distinto y más efectivo. Códigos QR, quizá, si juzgamos por la tecnología que ya existe. O a lo mejor la gente va a hacer todas la compras por Internet. O algo distinto. El mercado laboral, sobre todo en el sector de servicios cambia de forma continua. Y, desde luego, en los servicios más de entretenimiento, el cambio constante es una de las características necesarias y predominantes.

¿Los enseñamos, en cambio a entender cómo funciona un código de barras? Ah, no, que por ahí aparecen las bases binarias y esas cochinadas de los matemáticos.

Lo que Magrat había logrado era un simple ajuste en los procesos mentales: la mujer asombrada y un tanto asustada que se precipitaba inexorablemente hacia el suelo nada invitador era ahora una persona con la mente clara, optimista, que llevaba las riendas de su destino y controlaba su propia vida. Sabía muy bien de dónde venía. Por desgracia, el lugar a donde iba no había cambiado en absoluto. Pero se sentía mucho mejor. “Brujerías” Terry Pratchett

¿Queremos formar a los alumnos, en cambio, para que sean felices? ¡Noble objetivo! Pero, ¿cómo hacemos? Parecería lógico educarlos en las filosofías estoicas: si no cambia nuestra sociedad, el paro y los empleos basura son una gran parte de lo que les espera. Por otro lado, educarlos para satisfacer el estilo de vida hedonista podría ser el rumbo para una futura reactivación económica: a mayor consumo, mayor cantidad de dinero moviéndose. También podría decirse que el propio profesor debe ser feliz, para dar ejemplo. ¿De qué forma evaluamos eso en la oposición o procedimiento selectivo para que opte al puesto de trabajo? Claro, usando la “inteligencia emocional”. Si algo conozco de las personas, no es sólo por mi experiencia con ellas: jamás he estado en un incendio; jamás me he metido en una pelea. Mis opiniones sobre cómo me comportaría en tales casos, mis juicios morales al respecto, provienen de mis lecturas, que me han mostrado todo tipo de personajes sometidos a situaciones de todo tipo. Como mis lecturas son amplias, también lo es la gama de cosas con las que no he lidiado sobre las que tengo una idea sobre qué haría yo en circunstancias similares. Prefiero, vaya, la lectura, o las películas, o las historias —que no dejan de ser la base de nuestro acervo colectivo— a unas clases de inteligencia emocional. Quién lee, nunca está del todo solo.

Totalmente dispuesto a ser acribillado a tiros —dialécticos y hasta de los otros— afirmo que a mi me parece que debemos intentar que nuestros alumnos den lo mejor de si mismos, sean personas capaces de defenderse solas en cualquier aspecto, que tengan la capacidad de plantear y resolver sus propios problemas y sean flexibles y adaptables. Y de disfrutar de sus vidas. Que sean seres humanos. El mercado laboral está ahí para proporcionarnos un medio de subsistencia, no para ser el centro de nuestras vidas.

Evaluaciones y salarios

zipizape-calabazaMuy a menudo les decimos a nuestros hijos que, igual que nosotros vamos a trabajar, ellos tienen que ir al colegio/instituto/universidad. Y quizá por ello se ha confundido el salario que nos dan por nuestro trabajo con las notas que les dan a ellos por su esfuerzo. Evaluar a un alumno sólo quiere decir que le decimos qué tal va desarrollándose. Es un toque de atención para que se esfuerce más, o para decirle que va por el buen camino. ¿No es acaso una información que necesita?

Hace una hora escasa mi hija me estaba contando su día: hoy le han hecho una prueba consistente en dar vueltas al patio corriendo. Dio cinco y aprobó holgadamente. Pero le parecía injusto que le dieran un 10 al que dió 6. Opinaba que si alguien hubiera dado 7, o 12,lo justo sería que hubieran bajado todas las otras notas en consecuencia.

Esa es, quizá, la opinión que tiene la mayoría de la gente sobre las calificaciones: que son una forma de comparar a unos alumnos con otros. Muy por el contrario, son, o deberían ser, una forma de informar al alumno y, según la edad, a sus tutores, sobre cómo va, para tomar, de ser preciso, las medidas adecuadas. Si un alumno es excepcional, sea en el mejor o peor sentido de la palabra, no debería influenciar el resto de observaciones.  Obviamente también se lo decimos de palabra, muy a menudo y sin boletín de notas.

Soy músico. Como tal necesito saber qué estoy haciendo mal, para corregirlo y estudiarlo más y lo que hago bien, para perseverar en ello. Es una estrategia de estudio del instrumento que no puede cambiar. ¿Es tan difícil pensar que es extrapolable a otras disciplinas? Ni el orgullo insensato ni la modestia excesiva nos permiten mejorar.

Deberes, experiencia, autorealización

Me fastidia, me fastidia mucho cuando a mis alumnos les pido que escriban unos pocos compases de música y lo llaman “deberes”. Les estoy pidiendo que investiguen, que se expresen, que disfruten con la música y lo toman como una obligación. Quizá vuelve a ser pertinente lo de que es una idea muy equivocada lo de comparar formarse con un trabajo, no sé.

Sí sé, en cambio, que es totalmente imposible, sobre todo con planes de estudios a veces artificialmente sobrecargados (ver artículo anterior) tratar en clase todo lo que la materia implica. Los contenidos teóricos, desde luego, deben verse en el aula. Los contenidos “vivenciales” —como los llamaría cualquiera cuyo lenguaje esté contaminado por la LOGSE—, es decir, lo que significa asimilar, aprehender, hacer propias las habilidades que necesitamos, son, necesariamente, individuales, y, en esa medida, a menudo trabajo de casa.

img_boliche_de_ternera_asado_37760_600Permitidme, ahora que están de moda los cocineros, un ejemplo absurdo. Supongamos la existencia de un delicioso plato, denominado, por ejemplo, “ternera a la Bach”. Supongamos también la existencia de una escuela de cocineros, en la que las clases de cómo preparar ternera estén limitadas a una hora por semana. Y supongamos, por último, que la elaboración de la “ternera a la Bach” supone una elaboración de al menos hora y media.

Probablemente los pasos necesarios para la elaboración de la receta se puedan contar en bastante menos de una hora. Casi con seguridad se pueden proyectar fotos de los distintos colores y texturas que tiene que ir adquiriendo este manjar a lo largo de su elaboración. Pero es imposible tener la experiencia real de cómo se hace sin cocinarlo: en las clases no da tiempo. Y estoy seguro que dejarlo a medio hacer en una clase, congelarlo cuando suene la campana,  y terminarlo en la siguiente no ayudará al sabor del plato. Por no hablar de la riqueza de matices que le dará el cocinero aprendiz cuando decida el punto exacto de color, textura y salazón que él quiere dar a su versión de esta delicia. O sea, que necesitará elaborarlo fuera del horario de clases. Probablemente, en varias ocasiones.

De forma semejante, algunos contenidos requieren ser elaborados y asimilados de forma individual, en toda forma de enseñanza. Sea por falta de tiempo en clase, sea por la necesidad de trabajar de forma íntima, no todo puede ser aprendido en las clases.

Otra cosa, totalmente distinta, es el abuso en la cantidad de deberes para casa. Aunque soy profesor viejo, no se me agota la novedad de ser padre, y me desespera, por ejemplo, ver que mi hija, por quinto o sexto año consecutivo, ha tenido deberes de matemáticas en que empezaba por descomponer números en unidades, decenas, centenas… Si repetimos contenidos durante varios años, estamos, lo primero, inflando artificialmente la cantidad de materia de cada año. Lo segundo, como los alumnos no son tontos —esto debería constituir el primero de todos los artículos de fe de un buen profesor—, dándoles a entender que si no lo aprenden bien este año, ya lo harán otro. Y son deberes sobre deberes, que ya podrían estar asimilados hace un tiempo.

Es bueno y necesario hacer cierto trabajo en casa. Y conocer la satisfacción de superarse, y de hacer lo que antes no podíamos. Es necesario el trabajo fuera del aula. Otra cosa distinta es que los profesores se coordinen para no hacerlo excesivo —lo que ocurre con harta frecuencia—. O dar un espacio en el centro, pero fuera de las clases programadas, para que se realicen estas labores.

Incluyo aquí una nota al margen: determinar la cantidad de trabajo que se puede pedir a los alumnos incluye comunicación fluida entre los profesores. Los recientes planes de estudio en España —los de los últimos veinte años, o así— no lo están haciendo bien a este respecto. Por ejemplo, en los conservatorios, por norma, debemos dejar una mañana libre de alumnos, para programar en ella todas nuestras reuniones. Se supone que de esta forma tenemos tiempo para todo tipo de comunicación. Lo malo es que como estas informaciones están demasiado regladas y encorsetadas, acabamos hablado de boletines oficiales, “competencias” del alumno, programaciones, objetivos, metodologías y nunca del alumno en cuanto a persona y ser en proceso de convertirse en alguien, si podemos, magnifico. Mucho más útil sería un calendario de reuniones previas al curso en que las asignaturas coordinables se coordinaran.

Por último, en este apartado, se habla de que los deberes “roban la infancia” a los niños. ¿De qué hablamos? Si no es en la infancia cuando aprendemos el placer de descubrir, de que cada vez somos más capaces, ¿entonces cuando? ¿Dejamos mejor que los niños tengan más tiempo para el WhatsApp? No. Un tiempo razonablemente escaso de trabajo en casa, y un tiempo amplio de esparcimiento. Y líbreme quién pueda hacerlo de decir que como ese tiempo sea muy generoso muchísimo padres van a buscar actividades complementarias extraescolares para no tener que preocuparse de sus hijos.

Contenidos, pesas, forma física, forma mental

“¿Para qué estudiamos matemáticas? A ver, en la vida real, ¿cuándo vamos a usarlas?”

Hace poco, en la cola del supermercado se produjo un problema atroz —al parecer—: un cliente quería pagar su compra con un billete de cien euros, y las cajeras sólo estaban autorizadas a aceptar pagos de cincuenta. La cajera habitual llamó a la jefa de cajeras, y decidieron dividir la compra del cliente en dos —el total era de sesenta y cinco euros exactos— , y aceptar el billete como si hubieran sido dos de cincuenta. Su procedimiento fue pasar, reiteradamente, los productos que el cliente quería adquirir por el lector de códigos hasta que les salió un monto menor de cincuenta. En ese momento se pusieron a discutir si el resto iba a ser también menor de cincuenta.

El caso, que es real, me puso bastante nervioso, más que cuando, por ejemplo, veo a un dependiente recurrir a la calculadora para multiplicar por diez. Y me lleva pensar en si debemos o no impartir contenidos.

Robo esta cita a un artículo en que Alberto Royo —con toda razón— se indignaba sobre ello:

“Lo importante es el alumno. El foco del sistema de aprendizaje debe estar sobre el estudiante, ni en los contenidos ni en el profesor. El estudiante debe disfrutar aprendiendo, hay que motivarle.”

Que lo importante es el alumno, no admite dudas. Del resto, hay mucho que decir.

Weight_Lifting_Struggle_Cartoon_Man_Clipart-1lgLos contenidos, últimamente, parece que están de capa caída. ¿Para que vas a aprender lo que es un soneto, si puedes encontrarlo en la wikipedia? ¿Para qué saber sumar, si hay calculadoras?

Lo último de lo último parece que es “aprender a aprender”. Y, curiosamente, es algo con lo que estoy de acuerdo por completo. La idea de sólo aprender mientras eres estudiante es absurda y conduce a una vida pobre y terca. La seguridad de que eres capaz de aprender lo que te propongas, multiplica las posibilidades de uno.

El “aprender a aprender” debe basarse, sin embargo, en experiencias previas, que nos hayan dado esa seguridad. Mil conferencias sobre cómo preparar nuestro cuerpo para levantar pesas, no nos dejarán tan preparados como haber intentado levantarlas una serie de veces.

De la misma forma, el proceso de asegurarnos de que somos capaces de aprender requiere, necesariamente, que nos hayamos demostrado a nosotros mismo que somos capaces de hacerlo. Para lo cual se requiere haber tenido algún contenido real que podamos contrastar.

Permitidme contar mi experiencia con las matemáticas.

Por inclinación, carácter, y, desde luego, por número de horas invertidas en la actividad, soy hombre de libros, más que de ciencias. De pequeño, muy pequeño, sacaba notas razonables en matemáticas, hasta que una vez suspendí. El profesor nos dijo que nos iba a dividir en dos grupos para el siguiente examen: uno para dirimir las notas del siete al diez y el otro para recuperar a los suspensos. Pero a mi me cogió en privado y me dijo que me ponía el examen difícil. Saque nueve y medio. Jamás volví a pensar que no podía con las mates.

Mi siguiente profesor de matemáticas tenía la carrera de física. Como todo buen físico “despreciaba” las matemáticas: eran una herramienta con la que NATURALMENTE había que ser ágil, pero eran un medio para un fin. Por lo mismo yo estaba haciendo trigonometría cuando alumnos de otros profesores estaban aún determinando si enseñar cómo se hacía una raíz cuadrada.

01¿Me ha servido de algo la trigonometría en mi vida? Curiosamente, sí, dos veces. En una ocasión, un amigo mío, diseñador de páginas web, quería cierta interacitvidad en su web que dependía de “tirar” de una serie de puntos en la pantalla y que pasaran cosas. Claro, que todo dependía del ángulo entre dos puntos y un centro. Olvidados como tenía —y tengo— senos y cosenos, sabía que por ahí iban los tiros. Como era la prehistoria de la informática — aún no había wikipedia— no había manera de que el programín con el que se hacía todo calculara esas cantidades. Pero cómo sabía que por ahí iban los tiros, pude encontrar una función que los calculara. No hubiese podido sin sonarme, al menos ligeramente, las funciones trigonométricas.

En otra ocasión, mi entonces pareja, diseñadora, tenía que crear unos expositores en los que tenía que caber mucho texto. Temía —con toda razón— que para que cupiera el texto hubiera que emplear un tamaño ilegible. Le sugerí que inclinara la base del expositor, de forma que tuviera más superficie para la misma altura. La idea le pareció buena. Lo malo era que había que dar a los que iban a cortar los metacrilatos medidas precisas: tiré de enciclopedia Rubio para recuperar la trigonometría y se las di.

Y sigo sin recordar, a menos que repase, las funciones más avanzadas de la trigonometría. Pero sé cuando me pueden hacer falta y sé qué buscar.

Mi punto es: para aprender a aprender, para saber que puedes hacer casi todo lo que te propongas, hace falta un ejercitamiento. Hace falta algún aprendizaje con contenidos reales. Puestos a ello, bien puede ser algo útil. Si no útil para todos los días —no hay tantas cosas que lo sean— útil potencialmente para el futuro.

El caso musical, que es el que más conozco, tiene miles de anécdotas que me han sucedido y podría contar. Me quedo con tres, por su brevedad.

  1. Mi amigo y compañero de diez en toda su carrera de piano al que le prometieron suspender por tocar muy bien pero no poder tocar una fuga. Sólo hizo falta que le explicara una fuga para que acabará, también con diez, su carrera.
  2. Aquel alumno que despreciaba la armonía tonal porque lo que le gustaba era el blues. Sobre todo, tenía por absurdo el acorde de sexta aumentada —no hace falta saber lo que es para entender la anécdota— pero le encantaba usar la “sexta bemol para ir a la dominante”. cuando entendió que eran casi la una y misma cosa, empezó a hacer imitaciones mozartianas bastante aceptables —ese único acorde le convenció de que el uso clásico y jazzístico no es tan diferente—.
  3. Y, de nuevo, con sexta aumentada: aquella alumna a la que pude —laboriosamente— convencer de que ese acorde es parte de un proceso. Pasó en un año de ser una pianista de seis a una pianista de diez: probablemente hoy por hoy no recuerde bien cómo funciona el acorde. Pero ha aprendido lo que es un proceso, y, si necesita, referencias, sabe cómo buscarlas.

En definitiva: que como para aprender a aprender hacen falta contenidos, bien pueden ser algunos que ayuden al futuro del alumno. La reciente tendencia (y no me invento el caso) de crear contenidos sin correlato real, no puede sino atemorizarme, conocedor como soy de las maldades de los saberes imaginarios, o escolástica. Pero eso es otra discusión.

 

 

El pedagogo redentor contra el profesor malvado (1)

Evil Teacher FinalPor diversas circunstancias, en estos días están saliendo muchas noticias, opiniones y artículos relacionados con la educación. Algunos dicen que, por ejemplo, es malo evaluar a los alumnos, ya que con eso, por una parte se les compara entre sí, y por otra puede convertirse la educación en un mero correr detrás de una buena nota. Otros, que no descartan tampoco esa posibilidad, proponen que una de las posibles soluciones pasa por evaluar a los profesores —supongo que a los profesores sí se nos puede comparar—, y hasta hacer contingente el sueldo al éxito educativo —lo que quizá convirtiera nuestro magisterio en un mero correr detrás de más sueldo—. Hay quien comenta que habría que prohibir los deberes, ya que sobrecargan el horario del ocio del alumno, arrebatándole quizá su infancia. Ya puestos, no faltan quienes proponen que la inteligencia emocional debería ser algo aplicado por todos los profesores, y hasta una materia lectiva. Y, por supuesto, muchos vocean que el modelo de una enseñanza basada en contenidos es obsoleto: hay que aprender a aprender, y formar a los alumnos para que en un futuro estén mejor formados para optar a un puesto de trabajo.

Nada voy a decir de la propuesta de que en breve, todos los profesores deban, por ley, demostrar que no son delincuentes sexuales. Y no, no es broma ni exageración.

Me entra vértigo si pienso que a estas alturas llevo 34 años impartiendo clases. ¿Me permitís que emplee esta experiencia para daros algunos puntos de vista? Me voy a centrar en lo que mejor conozco: la enseñanza en conservatorios.

Como no hacer un plan educativo

Observo que la mayoría de estas propuestas centran todos los problemas de la enseñanza en la figura del profesor. ¿Se da cuenta alguien de que eso equivale a reñir a una dependienta de unos grandes almacenes por los precios de los jerseys? Ni ella los decide —lo probable es que lo haga alguien que ni siquiera viva en la misma ciudad—, ni nosotros tenemos, ni con mucho, suficiente margen de maniobra como para impartir como queremos.

Llevo a mis espaldas ya un enorme número de planes y reformas educativos. Me atrevería a decir que todos se elaboran empleando esta estrategia.

 

  1. ¿Qué es deseable que sepa el alumno cuando haya terminado sus estudios?
  2. Vamos a incorporar lo decidido en el punto anterior a lo que debe ser impartido en el aula.

 

La técnica no carece de mérito. Es evidente que deberíamos fijarnos en la meta final, el joven que ya no necesita profesores para ver cuáles sean los mejores procedimientos para lograr ese objetivo. El problema es que harían falta unos pequeños pasos intermedios, y otros adicionales.

Ejemplo 1: conocer toda la historia del mundo entero, y algunos planetas cercanos

sobrecargadoMi asignatura principal —llamo así a la que se corresponde con la especialidad por la que opté a la oposición— es la armonía. Tradicionalmente es una disciplina que ha ignorado la historia, la musicalidad, la creatividad y el disfrute compositivo del alumno. Quién me conozca, sabe que he tenido en mi biblioteca durante mucho tiempo, por ejemplo, el tratado de “Harmonía” de Arín y Fontanilla separando las secciones de terror y superstición. Quiero decir con ello que soy consciente de la tremenda necesidad de aplicar un enfoque diferente.

“Primero Dios hizo a los idiotas: eso fue para practicar. Después creó las Juntas educativas”

Mark Twain

Cuando la LOGSE cayó sobre nosotros, se intentó remediar este despropósito cortando a dos los cuatro años anteriores de enseñanza de esta asignatura. Y se nos daban instrucciones que decían que, con la necesaria atención a la música tonal, debíamos además impartir conocimientos sobre músicas anteriores al periodo tonal, y a las músicas situadas entre éste y la actualidad. ¡Ah!, lo olvidaba. También con la necesaria atención a las músicas de otras culturas. ¡Ah! y con “pequeños ejercicios libres” para que el alumno no esté siempre constreñido al seguimiento de unas reglas que muy bien pueden no cuadrar con los deseos de autoexpresión del muchacho. Ante nuestra queja de que, ni era posible hacerlo en tan escaso tiempo, ni la mayoría de los profesores estaban formados para ello, se nos contestaba que debíamos cambiar nuestra metodología, por ejemplo llevándonos los ejercicios de los alumnos a casa para corregirlos. La mayor parte de lo que digo es verificable sin más que mirar boletines oficiales.

Es, por supuesto, un objetivo deseable y bueno conocer toda la historia de la música, de primera mano, de esa forma íntima que sólo da el haber hecho algún pequeño intento de imitar varias de sus manifestaciones históricas. Es deseable y atractivo que el alumno se exprese. Y es mucho más que deseable que el alumno encuentre su propia voz. Pero, concedidos todos esos puntos, habría que añadir la consideración de si es posible lograrlo.

Superhero_Foundation_1Me explico: es concebible, Bach me haga equivocarme, que alguna vez uno de nuestros alumnos esté a punto de ser arrollado por un coche. Es evidente que si a lo largo de nuestra enseñanza lograremos dotarle de una agilidad sobrenatural, típica de cualquier superhéroe, podría escapar a la muerte. Por lo tanto, dotarle de esa agilidad es un objetivo noble y bueno. Pero eso no quiere decir que podamos someter a todos los alumnos a un adoctrinamiento atlético de tipo olímpico, ni que todos los profesores estén en condiciones de impartir tal cosa.

Personalmente yo hubiese propuesto un plan diferente. Al esquema arriba aludido hubiera incorporado más puntos:

 

  1. ¿Qué es deseable que sepa el alumno cuando haya terminado sus estudios?
  2. Vamos a incorporar lo decidido en el punto anterior a lo que debe ser impartido en el aula.
  3. Vamos a comprobar si lo anterior es viable. De no serlo, vamos a elaborar estrategias dotando a los centros de medios para ello, eliminar lo más prescindible para que el alumno no tenga sobrecarga académica y formar a los profesores que así lo necesiten para las nuevas exigencias que les imponemos.
  4. ¿Se nos escapa algo que hubiera que enseñar antes?

 

“Un maestro del juego o un profesor, que en primer término se preocupara para acercarse lo bastante al “sentido intimo”, sería uno de los peores. Yo, por ejemplo, debo confesarlo sinceramente, nunca dije en toda mi vida una palabra sobre el “sentido” de la música a mis alumnos; si lo hay, no necesita de mí. En cambio, di siempre gran valor a que mis discípulos contaran muy exactamente sus corcheas o semicorcheas. Si llegas a maestro, sabio o ejecutante, conserva el respeto por el “sentido”, pero no creas que puede enseñarse. Por querer enseñar el “sentido”, los filósofos de la historia arruinaron una vez la mitad de la historia universal, iniciaron la época folletinesca y cargaron con la complicidad en mucha sangre vertida. ”

Fragmento de: Hesse, Hermann. “El juego de los abalorios”

Comienzo por este último punto: el conservatorio siempre ha necesitado una asignatura —nunca la ha tenido— en que se escuche música. De bien poco puede servir que yo explique a un jovenzuelo de 13 años cómo escribir a la renacentista, o a la Debussy si jamás ha experimentado esas músicas. Y no vale decir que si quieren ser músicos ya se encargarán ellos de escucharla: a los ocho años de edad, que es la edad típica a la que entran en nuestros centros, no están formados para ello, y necesitan guía.

Enfocado de esta manera, yo hubiera propuesto varias alternativas:

 

  1. Obviar, por lo menos al comienzo, la armonía tonal. Su enseñanza rigurosa debe comenzar, de forma casi imposible de evitar por la escritura coral, que es justo de lo que tienen menos experiencia aural. Podríamos empezar por otras experiencias armónicas, modales o casi tonales mucho más cercanas a su sensibilidad y experiencia, y dejar la especialización en música tonal —o en renacentista, hindú o expresionista— para asignaturas posteriores. Garantizamos de esa manera la inmediatez de la enseñanza, y la expresión creativa del alumno… a un precio.
  2. Como ese precio es que no impartimos al alumno información sobre la mayoría de las músicas que se interpretan en el conservatorio —cosa que tampoco estaría mal someter a debate—, podríamos por el contrario centrarnos en la música tonal. De una manera rigurosamente historicista, que no histórica. Es decir: elaboremos una enseñanza basada en modelos históricos que se puedan escuchar y de los que haya partitura ordenados no por su cronología sino por su facilidad de aprendizaje. Quitaríamos el estigma de nuestra asignatura de ser sólo teórica y sin repercusiones sonoras, y se encontraría fácilmente hueco para que el alumno elaborase sus propias obras. Con tiempo suficiente, si elaboramos modelos con un referente no tonal el alumno podría comparar diversos estilos, saber con qué puntos se identifica de cada uno y encontrar en estas afinidades criterios con los llegar, en su momento, a encontrar su propia voz… a un precio.
  3. Como ese precio es que los estilos que podrían llegar a verse son escasos, y quizá no siempre familiares al alumno, impartir una especie de metaarmonía, en que explorásemos por comparación obras reales y existentes de diferentes estilos y épocas para abstraer características comunes y pistas que pudieran guíar al alumno en su búsqueda de la propia expresión.

 

Se me ocurren, naturalmente, varias posibilidades más, y cualquiera de las que planteo necesitaría más y mejor desarrollo. Pero no es ese el objetivo de este artículo. Sólo quiero añadir que la elección entre esas opciones pasa por una elección rigurosa de qué tipo de resultados queremos para el alumno. En el primer caso, comodidad con el manejo de elementos armónicos, en el segundo, buen conocimiento de ciertas partes de la historia compositiva, en el tercero, formaríamos personas extraordinariamente creativas, haciéndoles, eso sí, trabajar mucho.

Como fin de este apartado, citaré que en cierto conservatorio superior, en segundo curso les enseñan a hacer invenciones bachianas en la especialidad de composición. ¿A qué no adivináis cuál es el examen de ingreso para entrar en primero? Exacto: hacer una invención bachiana.

Ejemplo 2: sección de moda y complementos

Alice-and-Olivia-Piano-Purse

 

El piano complementario es otra de las cosas que vinieron con la LOGSE, y se siguen manteniendo.No cabe duda de que es muy útil tener una manera comparativamente sencilla de probar armonías, saber cómo suena el acompañamiento de una obra en la que vamos a tocar como solistas, y mil cosas más. Tantas que, como no soy pianista, tuve en tiempos de estudiante un organito lleno de pinzas de la ropa, para tener posibilidad de bajar algunas de ellas con el codo, y otras con la barbilla, para saber cómo sonaban determinadas cosas que quería escuchar.

No obstante, mientras se desarrollaba la LOGSE, la idea me desesperaba. Los instrumentos musicales no son nada baratos, y el piano menos que otros. En su afán de dar una formación completa, estaban condenando al conservatorio a convertirse en un sitio elitista, accesible sólo para familias con una saneada economía.

Utilizando mi esquema anterior:

 

  1. ¿Qué es deseable que sepa el alumno cuando haya terminado sus estudios?
  2. Vamos a incorporar lo decidido en el punto anterior a lo que debe ser impartido en el aula.
  3. Vamos a comprobar si lo anterior es viable. De no serlo, vamos a elaborar estrategias dotando a los centros de medios para ello, eliminar lo más prescindible para que el alumno no tenga sobrecarga académica y formar a los profesores que así lo necesiten para las nuevas exigencias que les imponemos.
  4. ¿Se nos escapa algo que hubiera que enseñar antes?

 

El punto 3 hubiera comenzado por detectar la necesidad de dotar a los centros de docenas de cabinas de estudio, cada una con su piano. Y, como son caros, quizá pianos eléctricos, que, además, si se tocan con cascos, harían innecesaria un aula por cada instrumento. En ese sentido, cuando posteriormente se implantó clave complementario, podríamos haber aprovechado para añadir guitarra complementaria, arpa complementaria y, por qué no, ordenador complementario —que tiene la ventaja de que la mayoría de las familias ya disponen de uno de estos aparatos—. También se hubiera comenzado por formar a los profesores —en los primeros años hubo bastantes casos de alumnos que, viendo que se les exigía más como pianistas complementarios que en su propio instrumento acabaron por pasarse a piano—  para explicarles qué se pretendía de ellos —en el supuesto de que quién tuvo la idea lo supiera con alguna claridad—. Y quizá, sólo quizá, se podría haber encargado a algún experto la confección de algunas lecciones y ejemplos, para que el profesor acabara elaborando los suyos.

Englobo en el mismo tema la obsesión por las asignaturas optativas propias de cada centro. Me parece fantástico que cada conservatorio tenga su propia personalidad. Pero entonces estas asignaturas optativas deberían decidirse por un motivo didáctico. Sin embargo, la exigencia de que las deba impartir un profesor del centro que disponga de horas libres, limita severamente la posibilidad de elección.

¿Formación del profesorado? Nunca olvidaré cómo, cinco años después de la desaparición del procesador de textos llamado WordPerfect, era una de las cosas que seguían ofreciéndonos. Por no hablar de que el uso de un procesador de textos, si bien siempre es útil, difícilmente se adapta a nuestro campo. Y las TIC —Tecnologías de Información y Comunicación—, tan cacareadas, siempre por detrás de la realidad. ¿Cuantos TICqueros son conscientes de que nuestros alumnos son de la generación del móvil, y no del ordenador? ¿De las APPS y no del navegador?

En fin: en un próximo artículo término estas reflexiones y os hablo un poco de mi opinión sobre los contenidos y sobre los deberes.

 

 

 

 

El desafío de los diez libros

Carolina Cerezo Dávila, a la que por otra parte no recuerdo haber hecho ningún mal como para que me meta en este compromiso, me lanza el desafío de los diez libros, que consiste en nombrar, y si se puede, reseñar, diez libros que hayan marcado la vida de uno. Posteriormente se desafía a otras diez personas a que hagan lo mismo.

Si algo soy, soy hombre de libros. lo de “temed a los hombres de un solo libro” jamás ha podido aplicárseme. Y, naturalmente, elegir sólo diez libros me ha sido imposible. Con mucho esfuerzo y bastantes trampas los he reducido a catorce. Y aún ello haciendo el esfuerzo supremo de no meter ni una partitura.

Los listo aquí debajo en un orden vagamente cronológico. He leído demasiado como para estar seguro de en qué orden lo he hecho.

 

1.— La Odisea

OdiseaSiendo bien pequeño, por razones del trabajo de mis padres, pasaba mucho tiempo sólo en casa. En la escasa biblioteca que teníamos, figuraban con carácter prominente los volúmenes de la biblioteca básica RTV —con sus cien fabulosos y bien seleccionados libros, que bien pudieran haber figurado aquí como una entrada más—, la enciclopedia Salvat y La Odisea. Mi pasmo con este último libro, la sensación de maravilla, mi entusiasmo ante la astucia de Ulises, mi pasión por los dioses como seres que se salen de lo normal, aún me duran, y son, indudablemente, la causa de mi eterno interés por la mitología.

 

2.—Antología de Ciencia Ficción de Groff Conklin

43572959La biblioteca del colegio en que estudié era más bien escasa, y producto, ante todo, de donaciones de padres de alumnos. Quizá gracias a eso se produjo la anomalía de que en un colegio de curas de la época de Franco se encontrara un libro de ciencia ficción. Al leerlo reencontré la maravilla que había supuesto “La Odisea”, pero con personajes con los que era más fácil identificarse (nos pongamos como nos pongamos, y diga lo que diga Olympos de Dan Simmons, parece más cercano que tengamos un jetpack a que adquiramos poderes de semidioses mitológicos).

Leída hoy (me hice a los años con un ejemplar, numerosas veces releído), es una antología corrientita, pero no por eso la tengo menor cariño.

 

3.— Asimov

asimov-seleccion-1-isaac-asimov-bruguera-11668-MLA20047659919_022014-F¡Ah, aquellos libros de Bruguera, que se desencuadernaban con mirarlos! Sabe Bach como habré logrado conservar algunos con todas sus páginas durante más de cuarenta años. Hago aquí la primera de mis trampas. Pero no la siento como una falsedad: si la antología de Conklin fue mi rito de iniciación en la Sf, Asimov fue la materia prima que alimentó mis sueños durante largos años, mi base, si queréis sobre la que aún mido toda novela de ciencia ficción. ¿Los propios dioses? ¿El ciclo de Trántor? ¿Los ingeniosísimos relatos? A tiempo pasado todo me parece un único disfrute, un largo gozo en que cada relato suelto, cada novela única, se funde en forma transparente con todas las demás. Se diga lo que se quiera, el Buen Doctor es un narrador mucho más hábil de lo que parece. Tampoco descarto que sus numerosas explicaciones sobre cómo y por qué escribía cada cosa me hayan ayudado a ver al creador como un ser humano con el que es posible identificarse.

 

4.— Jorge Luis Borges

Borges_02También a Don Jorge Luis lo encontré en la biblioteca de mi colegio (al tiempo lo retiraron, junto a otros autores latinoamericanos, pensando, supongo, que eran una influencia políticamente nefasta). Hubieron de pasar muchos años antes de que me enterase que, como yo, era devoto admirador de algunos autores de ciencia ficción, como Olaf Stapledon o C. S. Lewis, que llegan a aparecer, por ejemplo, en El libro de los seres imaginarios, por la enorme fantasía que llegan a derrochar. Verdad es que la imaginación borgiana, mezclada con un manejo del lenguaje de una perfección casi de relojero necesitan de poco estímulo exterior para convertirse en una fuente de satisfacción casi sin límites. Desde mi Aleph, situado en el jardín de senderos que se bifurcan, leo el libro de arena y le dedico una kennigar. ¿Puedo aprovechar una vez más para manifestar que “Undr” me parece la mejor reflexión sobre el arte jamás escrita?

5.— El Señor de los Anillos

el-senor-de-los-anillos-3-ts-minotauro-tapa-dura-tolkien_MLA-F-4600653378_072013Pocas veces he estado enfermo en mi infancia. Una de ellas algún pariente tuvo el acierto de regalarme el primer volumen de El Señor de los Anillos (raro, solían regalarme tebeos o libros de colecciones infantiles). Fue de noche y la fiebre me hizo dormir enseguida. Al levantarme al día siguiente comencé el libro… …y no pude soltarlo hasta acabarlo, ese mismo día. Yo creo que me cure de la enfermedad al día siguiente sólo para poder ir a la librería y comprar los otros dos volúmenes. Años esperando a poder tener una edición (ya en inglés) con los apéndices, esperando al Silmarilion, al Hobbitt. Queridos, los que os habéis hecho fans por las muy posteriores películas, no tenéis idea de la magia y el misterio que nos rodeaban a los escasos iniciados que lo leímos en la primera edición española. Supongo que de ahí arranca mi inacabable interés por lo que luego he dado en llamar los espacios míticos.

 

6.— Julio Cortázar

cortazar_rayuelaA Don Julio estoy seguro de haberle conocido precisamente por enterarme de que retiraban de la biblioteca de mi colegio los volúmenes de literatura sudamericana. En el batiburrillo ideológico de la época, la primera tendencia de unos y otros era confundir la ideología de Vargas Llosa con hasta la del gaucho Martín Fierro. Afortunadamente estamos en tiempos más sosegados (algo, al menos( y podemos intentar juzgar sólo (¡sólo!) el valor literario de cada libro.

De Cortázar conocí lo primero los cuentos, esos prodigios pequeños que, precisamente por no parecerse en nada, sólo puedo comparar a los de Borges. Siempre he dicho que llegados a cierto punto de perfección, la única mejora posible es la de hacer las cosas de una manera totalmente distinta, y la imaginación portentosa de Don Julio, su lenguaje, mucho más mesurado de lo que a primera vista parece, y el asombro continuo que me produjo la lectura de sus novelas me parece que me viene a dar la razón.

Historias de Cronopios y Famas, así como La vuelta al día en ochenta mundos son quizá los libros de este autor que más he comentado con mis amigos, si bien me parecen obras, en comparación con el resto, un poco menores. Lo que no tiene nada de malo, como diría el propio Julio en “La vuelta al día…”

7.— William Shakespeare

william-shakespeare-obras-completas-edit-aguilar-13372-MLC3195560901_092012-FEntramos en mi adolescencia. Quizá sea el momento de alabar la colección de libros de lectura Senda, que me acompañó durante toda la EGB. Si bien me ponía muy nervioso que no figurase un sólo texto completo, fue mi primer contacto con, por ejemplo, el Cantar de Mío Cid y el Romancero Antiguo, que tanto me han llegado a gustar luego. Fue aquí dónde encontré un soneto de Shakesèare, uno de los del ciclo de la Amada Oscura, que me hizo buscar el resto de las obras del autor (conocía Romeo y Julieta, que figuraba en la colección RTV de la que antes hablé, pero de niño llegó a tocarme poco).

Antes de poder leerlo, con enorme esfuerzo en inglés, conocí y aún poseo y releo la traducción de Luis Astrana, que por denostada que sea sigue pareciéndome soberbia. Con Cervantes (ver abajo) durante una serie de años la relectura de las obras completas de Shakespeare era un obligado placer veraniego, cuando quería, al principio de mis años de profesorado, quitarme demasiados dosis de lenguaje burocrático que habían atenazado mi curso.

 

8-— El ingenioso hidalgo

don-quijote-de-la-mancha-ediciones-ramosmadrid-1655-MLU31034465_8238-FPoco dado como soy a todo lo obligatorio en la enseñanza, no me parece una buena idea que durante tantos años el Quijote haya sido una lectura obligatoria. Antes bien, yo la hubiese prohibido, de forma que los jóvenes la leyesen a escondidas, valorando así mucho más cada uno de los detalles que tiene esta novela casi infinita. Jamás he comprendido a los que dicen que es aburrida, mucho menos a los que dicen que es larga. Me atrevo a decir que parte de la poca cordura que pudiera quedarme tras largos años de enseñanza viene de mis lecturas anuales, que muchos años han durado, de esta maravilla.

Un libro, además, que resiste de manera perfecta ser recontado, no hay más que ver a Unamuno.

Una anécdota: la edición que aún poseo fue el regalo de bodas que mi abuela hizo a mis padres (raro porque ninguno de los tres fue un gran lector). Llena de hermosos grabados de ediciones en todos los idiomas habidos y por haber.

 

9.— Método de guitarra de Gaspar de Luz

GasparDeLuzYa he hablado en más lugares de mis silvestres comienzos en la música, no creo que sea necesario volver a referirme a ellos.

Vacilé en meter este libro, como otro libro técnico de mucha mayor enjundia que vendrá luego, porque no sé si se ajusta a las bases del desafío. Luego pensé que si hasta ahora ya me las he saltado unas cuantas veces, por qué no hacerlo aquí también. Ciertamente es uno de los libros que ayudaron a cambiar mi vida. En mi etapa de “guitarrista de barrio”, que en tantas cosas ha marcado mi posterior vida musical, este libro cumplió holgadamente su papel: enseñarme a tocar la guitarra, escalas, acordes… Y de una manera admirable: no intentaba que me convirtiera en guitarrista de jazz, de flamenco, clásico, o rockero, sino que aprendiera a tocar la guitarra. Esta forma de enseñar sin tendenciosidad alguna es algo que, aprendido de aquí, intento aún llevar a mis prácticas pedagógicas. Por lo demás, no es que sea un libro grande, simplemente para mi tuvo influencia profunda.

 

10.— Biblioteca Orbis de ciencia ficción

OrbisIgnoro si seré el único que debe una parte considerable de sus saberes sobre el género a esta biblioteca, que, en mi opinión, era de lo más variado y bien seleccionado (con excepciones, claro) que hubo en la época. Un gusto esperar cada nuevo número, y, la verdad, una decepción cuando resultaba que el número que iba a salir era una novela que ya había uno adquirido en otra edición.

Tienta ponerse a hacer la lista de títulos pertenecientes a la colección que no hubiera sido posible, o al menos fácil conocer de otro modo. Conservo casi todos sus volúmenes con enorme cuidado y gran placer.

 

11.— La Armonía de Schönberg

SchonbergHabrá quien se extrañe de que ponga este libro y no la Técnica de mi lenguaje musical, de Messiaen, sobre todo los que saben lo mucho que me costó conseguir leer el libro en francés… …idioma que sigo desconociendo.

Sin embargo, en muchos aspectos la armonía de Schönberg me marcó más (me hizo, por ejemplo, desear leer el libro de Messiaen). Es un libro sin paralelo, creo, en el mundo de los tratados de armonía: no se limita a dar lecciones sobre la materia, sino a explicar, de la mejor manera, que es el ejemplo, por qué uno pudiera interesarse en ser armonista. En la medida en que la teoría musical pueda considerarse una filosofía (escasa, creo), este libro sería un ejemplo de los valores que pueden y quizá deban acompañar a un armonista que sea algo más que un técnico competente. Yo ta tenía intenciones de componer, pero este libro fue de los que más me enseñaron qué significa ser compositor.

 

12.— Las trilogías

Dune coverAdopto este título, que reconozco que es laxo, porque, por ejemplo, la expresión “multilogía” me parece totalmente carente de eufonía.

¿Recordáis como, durante una época, todo eran trilogías, dobles trilogías y demás? Para los que apreciábamos el buen oficio en la construcción de universos era la oportunidad maravillosa de habitar durante más tiempo lugares y situaciones que llegabas a amar. Universos como el de Dune, cuya foto nos acompaña son demasiado ricos y complejos como para disfrutarlos durante unos miserables cientos de páginas.

Otra cosa es que padezco una enfermedad que ignoro si los médicos ya han catalogado. Soy totalmente incapaz de no leer todos los volúmenes de una multilogía,. En general no es grave, pero hay casos, como pudieran ser las crónicas de la Dragonlance en que se convierte en un ejercicio de masoquismo.

 

13,— Los dominios del Señor del Sueño

Sandman-bannerSupongo que será por llevar la contraria, pero el aprecio por todo lo poético no me vino en la adolescencia, más allá de perpetrar aquellos versos de los que todos somos culpables, sino con la madurez.

En la infancia conocí algo los cómics de Vértice, que no llegaron (me imagino que porque los leía de prestado en los recreos) a entusiasmarme. Luego, con un afán de estudioso inglés que sólo puede disculparse a un recién adolescido me empeñé en demostrar la influencia de los arquetipos mitológicos en la vida moderna, para justificar mis obras mitológicas. Hoy sigo pensando igual, pero creo que ni me hace falta justificarme ni la actitud del Doctor Stanley deja de carecer de muy serio paternalismo con el resto del mundo.

El caso es que llegó Sandman. ¡Qué se puede decir de un río que es a la vez un volcán, de un lirismo que es a la vez una épica, de un multiverso enorme que a la vez resuena con casi cada una de las circunstancias que componen mi interior!

Sólo diré que si alguna vez tengo ocasión de hacer una ópera, será en el universo de Sandman, a ser posible con libreto propio. Después he seguido leyendo cómics, gracias a Bach, pero hasta ahora, aunque he encontrado joyas preciosas, nada ha llegado a tocarme tan profundamente.

 

14.— Terry Pratchett

NightWatchHablaba antes de la arrogancia del que acaba de abandonar la adolescencia. Durante un tiempo llegué a pensar que ya nada había que pudiera resultarme totalmente nuevo o entretenido… …y en eso llegó Sir Terry. Ignoro si sus libros se deben clasificar en humorísticos, filosóficos, fantasía o la más pura realidad. Sólo sé que deploro que su enfermedad nos impida disfrutar de unas cuantas docenas más de ellos. Creo que lo poco que tenga de humanidad y de ecuanimidad me vienen en alguna medida de esta lectura extraordinaria, y deploro la mala suerte de todos los que no leáis en inglés, puesto que creo que no todos están traducidos, lo que viene a constituir un delito de lesa humanidad contra todos los hispanohablantes.

A Sir Terry le dediqué una vez una pieza imaginando como pudieran ser los folklores de MundoDisco. Lo mismo alguna vez se interpreta.
Y os dejo en este bachiano catorce, que es alógico porque en realidad he puesto cientos de libros esta lista tan injusta. Si se me hubiese preguntado por los diez libros que más he disfrutado, hubiese, por ejemplo, salido Rafael Marín, o Herman Hesse, o Thomas Mann. Si la pregunta se refiriese a de qué libros he aprendido más (que no sean los de texto), hubieran salido otros. ¿Y no habría que incluir literatura erótica? En fin, es un universo mucho más feliz aquel en que se han inventado los libros que otros en los que no.

P.D.: no dejéis esta lista en manos de ningún psiquiatra, que se lo pasará bomba.

Metamúsicas y análisis. Dos deudas besadianas y un sólo artículo.

analysisPara los que no le conozcáis, José Luis Besada es un señor (o quizá una entidad virtual, jamás, que yo sepa, le he visto en persona) que se dedica entre otras cosas a hacer preguntas comprometidas en Facebook, con humor, pero también con fiereza propia de un martillo de herejes si los razonamientos tras las respuestas carecen de validez. En los ratos libres diseña jeroglíficos matemático-musicales que me han dado más de un quebradero de cabeza. El caso es que se ha interesado por dos comentarios apresurados que puse en el Face, y me ha lanzado el guante. Concretamente le debo respuesta a dos preguntas.

  1. ¿Qué quiero dar a entender cuando hablo de metamúsicas?
  2. ¿Por qué digo que el análisis no es un fin en sí mismo sino una herramienta? (Esta pregunta me inquieta menos: manifiesta un 85% de acuerdo conmigo, así que del 15% restante quizá podamos negociar un porcentaje).

Como soy así de perezoso, y como en el fondo los dos temas requieren para mi respuesta elementos comunes, los englobo en un solo artículo.

Extraño a Humpty-Dumpty: las metamúsicas

humpty-dumptyConfieso que el término “metamúsica” lo he empleado siempre con la mayor inocencia. Si metalenguaje es el lenguaje cuando se refiere a sí mismo, metafísica, metamúsica sería la música cuando es también, en ciertos sentidos, autoreferencial.

Este uso está, creo yo, suficientemente claro. Pero la pregunta besadiana me ha servido de alerta. Cuando me lo ha preguntado, alguien más debe estar usando ese término, y, sin duda alguna, sin buenas intenciones.

Así alertado, he usado Google, y estoy más bien escandalizado de lo que he ido encontrando. Como no quiero avergonzar a nadie, voy a contar en paráfrasis, más que a establecer vínculos directos.

He encontrado sitios en que venden colecciones completas de metamúsica, dónde ésta sería desde la música de los clásicos, por su evidente trascendencia sobre otras músicas, hasta el minimalismo pop relajante acompañado de sonidos de la naturaleza, tales como cantos de ballenas, grillos nocturnos o los chillidos de agonía de una gacela al ser despanzurrada por un leopardo.

He encontrado webs en que venden libros que emplean la metamúsica como ejercicio de autoayuda. Cito, con vergüenza y pasmo el índice de tres capítulos de uno de estos libros.

IV. La armonía musical 
– Musicoembriología (La vida antes de nacer) 
– Psicoembriología 
– La ayuda telepática 
– Una experiencia maravillosa 
– Sinfonía de la Vida 
– Musicoembriología (Práctica) 

V. Meditación musical 
– Cómo escuchar música adecuadamente 
– Hábitos musicales sanos 
– Una mayor comprensión profunda de la música a través de nuestro cuerpo 

VI. Música, la verdadera filosofía 
– Lugares de reunión para meditar con música 
– Literatura musicosófica 
– El fundador 
– Pasos para la meditación musical 
– P.I.D.: Percepción intuitiva de Dios (práctica)

Yo voy a procurar no juzgar, pero aún me tiembla el poco flequillo que me queda tras esta lectura escalofriante.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.Alicia se quedó demasiado desconcertada con todo esto para decir nada; de forma que tras un minuto Humpty Dumpty empezó a hablar de nuevo: –Algunas palabras tienen su genio… particularmente los verbos…, son los más creídos…, con los adjetivos se puede hacer lo que se quiera, pero no con los verbos…, sin embargo, ¡yo me las arreglo para tenerselas tiesas a todos ellos! ¡Impenetrabilidad! Eso es lo que yo siempre digo.

-¿Querría decirme, por favor –rogó Alicia– qué es lo que quiere decir eso?

–Ahora sí que estás hablando como una niña sensata –aprobó Humpty Dumpty, muy orondo. –Por «impenetrabilidad» quiero decir que ya basta de hablar de este tema y que más te valdría que me dijeras de una vez qué es lo que vas a hacer ahora pues supongo que no vas a estar ahí parada para el resto de tu vida.

–¡Pues no es poco significado para una sola palabra! –comentó pensativamente Alicia.

Cuando hago que una palabra trabaje tanto como esa explicó Humpty Dumpty– siempre le doy una paga extraordinaria.

Todo con todo, como intuyo bastante de qué pie cojea el amigo Besada, sospecho que debe haber algo aún más atroz: que los posmodernos se hayan apoderado del término. Antes, cuando mi amigo Humpty o yo queríamos usar una palabra, la usábamos, sin mucho mayor trabajo que el de definirla adecuadamente y darle su sueldo correspondiente. Pero, con gentes que niegan la existencia de la realidad si no es como constructo consensuado, ¿quién se atreve? Mucho me temo que si indagara me encontraría con algo así como:

“La reducción del paradigma que supone la metamúsica es sólo aparente tras la consideración de las teorías de género implicadas, tal y como las propugnó Ostrakovitch. La metamúsica vendría pues a ser el sustrato translingüístico que queda tras la deconstrucción de los conceptos de autor e interpretación, como parte inmanente del subconsciente colectivo tras todo rechazo del dualismo y sin perder jamás de vista que así como el lenguaje da forma a nuestros pensamientos, la música da forma a nuestras orejas. Puede aseverarse sin necesidad de demostración que toda persona de enormes orejas es proclive a la escucha de piezas musicales de grandes proporciones.”

Algo me queda luego por decir de la posmodernidad, pero me apresuro ante todo a rechazar cualquiera de las interpretaciones expuestas hasta ahora como parte de mi lenguaje o mis convicciones. Podría, eso sí, divertirme el término “metamúsica” como título del relato de Leopoldo Lugones.

En mi caso, con humildad, el término lo empleo para referirme a músicas como podrían ser “Polvo de Oro”, de Stockhausen, o “4.33” de Cage, dónde la intencionalidad de la pieza va más allá de lo estrictamente musical (no Besada, esta vez no voy a definir lo estrictamente musical). No sería tampoco inadecuado el empleo del término para obras como el “Estudio para el culo” (sic) de Andrew Robert C., donde la técnica interpretativa es de tanta o mayor importancia que la entidad sonora lograda. Claro, que podría argumentarse que eso es, sin ir más lejos, el caso de Moritz Moszkowski.

Tras todo lo dicho me tienta cambiar mi lenguaje y comenzar a hablar de transmúsicas, multimúsicas o incluso de Músicas-Que-Buscan-Objetivos-Extramusicales. Pero, ¿quién me asegura que no se comiencen a utilizar esas expresiones para fines que no apruebo? Me atengo a los consejos de Humpty-Dumpty, pues.

El efecto Ostrakovitch y el análisis

bosch_musichellPaso pues a la parte del artículo en que me refiero al análisis. Si ya me van a llover palos por lo dicho hasta ahora, no es imposible que por lo que sigue sea crucificado. Dedicadme si tal fuera el caso un recuerdo.

Suelo usar la expresión “musicólogo al ajillo” para referirme a cierto tipo de estudioso de la música que no cree necesario, o incluso encuentra de mal gusto, referirse a la propia música, representada por la partitura o por interpretaciones de la misma (sobre todo en el caso de la etnomusicología) como criterio definitivo para cualquier estudio interesante. Vendría a ser el caso de un experto en astrágalos que sintiera repugnancia por el pie humano o de cualquier otro plantígrado, por ensuciar la pureza última de la astragalidad platónica, con lo que yo vendría a denominarlo “astragalista al ajillo”. Por cierto que siempre me sorprende que nadie me haya comentado jamás la semejanza (que no es casual) con la expresión “erudito a la violeta”.

En el caso concreto del análisis, yo defiendo que es una disciplina auxiliar de inmensa utilidad. Analizamos para algo. Analizamos para aprender más sobre cómo está hecha una obra y, consecuentemente, interpretarla mejor. Analizamos para adquirir el oficio de compositor, aprehendiendo trucos de oficio, sea para aplicarlos nosotros o sea para sustituirlos por otros de nuestra propia cosecha. Pero el análisis es una herramienta, y no una finalidad. De nada sirve un análisis que no haya de tener aplicaciones prácticas.

Aquí al lado tenéis un fragmento del “Tríptico de las Delicias”, de mi viejo amigo Jerónimo. Entre la multitud de interpretaciones cabalísticas y alquímicas que se le han dado, me llama la atención la que dice que describe un infierno a la medida de los que confunden el fin y los medios, como por ejemplo algún gran virtuoso que en aras del dominio absoluto de su instrumento olvidase hacer música con él. De forma parecida quién no emplee el análisis para una mejor comprensión de la obra tiene un lugar en este cuadro (me tienta decir cuál de todos los personajes allí representados es el analista al ajillo, pero me parece evidente).

Desde mi punto de vista el análisis puede y debe seguir una metodología afín al método científico (las disquisiciones sobre la música como arte—ciencia, tan francesas, las dejo para otro día), incluyendo la parte de interpretación de los datos y, si se puede, de falsar las hipótesis.

Un ejemplo sería tras un sesudo análisis de cientos de obras barrocas y clásicas llegar a la conclusión inevitable de que V-I es un acontecimiento de alguna importancia. Falsar esa teoría contra la música, por ejemplo, de Satie, nos llevaría a modificar esa teoría, para acabar llegando a la conclusión de que la teoría es sólo sostenible en ciertos casos, y, sobre todo, en ciertas épocas.

Pero el analista al ajillo se basará una y otra vez en los trabajos sobre la cadencia perfecta de Yuri A. Ostrakovitch para afirmar que es un fenómeno universal, y que los compositores se han amoldado a él sólo de forma imperfecta. Lo que es peor, juzgarán las obras sobre esa premisa. Y, claro, ¿quién se atreve a discutir las conclusiones de Ostrakovitch, con ese nombre extranjero, y cuando en el fondo no nos atrevemos a decir que es la primera vez que leemos el nombre del autor (forzosamente ha de ser así: me lo he inventado para este artículo)?

Dicho así parecerá cosa de escasa importancia. Pero claro, es que no habréis tendió noticia de que se llega bajo tales premisas a negar la existencia de la sonata (sic), lo que no debe dejar indiferente en el otro mundo a más de un sonatista ilustre. O a pensar que ya que ninguna sonata se atiene al arquetipo platónico, tan válidas son las de Mozart como las de Stamitz. Pensar que el término ha significado cosas distintas en épocas y lugares distintos parece una suposición escasamente defendible en un libro bien encuadernado, claro.

En fin, acabo el artículo. Casi nunca me refiero a este tipo de temas en mi blog. Soy consciente de mi profesión de maestro de primeras letras (o primeros acordes, como queráis) y rara vez entro en mundos enrarecidos, sobre todo si lo están de forma artificial. A fin de cuentas para mi la reflexión profunda es casi tan necesaria como la bibliografía, tesis, por cierto, que también sostiene Ostrakovitch.

 

“W de Watchmen”, de Rafael Marín

watchmenMúsico clásico, especializado en lo contemporáneo, aficionado a la ciencia ficción… ¿Se puede ser más raro? En efecto, se puede. Por una parte soy lector asiduo de los autores españoles, que son excelentes. Por otro lado soy un “completista”: a poco que pueda hago cuanto esté en mi mano por disponer de todas las obras de los autores que admiro.

 

Rafael Marín es uno de los autores españoles que más disfruto, con su engañosa sencillez, con su inmensa eficacia narrativa, y sobre todo, con ese verbo fluido, chispeante y, sin embargo, completamente natural. Como profesional de lo que soy, no querría decir que su castellano sea de los más musicales que conozco (sin parecerse en nada, queda a la excepcional altura de Cunqueiro o Torrente Ballester), pero son pocos los adjetivos que me quedan.

 

El caso es que como buen completista me he hecho con el libro de ensayos “W de Watchmen” (¿es evidente el paralelo con “V de Vendetta”?). El que sea además un enorme admirador de los cómics de Moore, y más de ese en concreto, no estorbaba. Pero la verdad es que esperaba poco: un brillante trabajo de recopilación, exégesis: lo que viene siendo un buen ensayo al uso-

 
Tengo la fortuna que don Rafael siempre me sorprende: el libro, por supuesto hace muy bien las tareas que acabo de nombrar. Pero es de lectura amena y fluida, casi como un diálogo con un experto, más que como una aburrida conferencia (este último tono, por lo menos en mi ramo, es el único que parecen saber usar los eruditos). Una cercanía al lector excepcional, una forma de dar datos sin que parezca o que te están dando una lección o que te llaman tonto, fantástica. Estoy seguro que de haberse publicado en inglés, estaría reverenciado como uno de los “must” sobre esta obra de Moore.

 

Reproducir aquí algunas de sus tesis, dar alguna muestra de sus luminosas conclusiones e ideas es absurdo: carezco de su fuerza narrativa que hace ver como inevitables algunas conclusiones que, a mi modesto entender, son de una enorme perspicacia y originalidad. Me tomo, eso sí, la libertad de transcribir un fragmento que sintetiza quizá el interés de Watchmen para muchos de nosotros, y que es muestra al mismo tiempo de la rica paleta expresiva de Rafael Marín, que pasa del tono casi épico que váis a leer al diálogo de tú a tú con la máxima fluidez.

 

“Watchmen fue, pues, nuestro mayo francés. Nuestra Revolución de Octubre. Nuestro Star Wars adulto. El comic-book que nos enseñó cómo podían ser los comic-books, el que nos situó en el mundo y nos creó un universo narrativo auto-contenido en sí mismo que no necesitó de miles de páginas ni décadas de continuidad comercial y repetitiva. Watchmen fue nuestro Eldorado, la epifanía que nos hizo revalidar a quienes amábamos la historieta que no vivíamos en el error, y que se podía y se debía contar una historia con todas las armas que el medio era capaz de proporcionar, sin concesiones. De ahí, naturalmente, la ilusión que produce cada una de sus relecturas.
Nada termina nunca, y menos, Watchmen.”

 
Nunca sucede nada por casualidad. Algunos ya sabréis que ando con proyecto y medio de musicar cosas que vienen del cómic. Nadie más que yo, hasta ahora que lo hago público, sabía que andaba atascado, y ahora entiendo por qué. Epifanía que no viene a cuento aquí y ya contaré en otra ocasión. El caso es que esta mañana me he encontrado con esto, que no puede ser más antiWatchmen, y hoy tenía a Don Rafael en mi lista de lectura. Un día que andéis aburridos os cuento MI versión de Watchmen.

 

¿Que si ya tengo la obra completa de Rafael Marín? No, maldita sea: me faltan las absolutamente inencontrables novelas de su detective gaditano. Cualquier día voy a Cádiz y emprendo una razzia por librerías de viejo.

Canon enigmático. ¿Con premio?

Ya que pongo aquí a mi amigo Sherlock, no está de más comentar que, en la literatura llamada “canónica” —qué a cuento para este post—, se le supone creador de la monografía definitiva sobre los motetes polifónicos de Orlando di Lasso.

Ya que pongo aquí a mi amigo Sherlock, no está de más comentar que, en la literatura llamada “canónica” —¡qué a cuento para este post!—, se le supone creador de la monografía definitiva sobre los motetes polifónicos de Orlando di Lasso.

Como siempre hay que probar cosas nuevas con los alumnos, que unas funcionarán y otras no, este curso pasado, al hablarles de los cánones enigmáticos les escribí dos, para que los resolvieran. Uno tan absurdamente fácil, que lo resolvieron al momento —los que se molestaron en ello, claro—. El otro, que dejaron sin respuesta, y que de difícil no tiene nada, os lo voy a dejar aquí, a ver quién se anima a resolverlo. ¿Que habría que dar premio? Bueno, si alguien lo resuelve, subo vídeo con el canon grabado y la solución en partitura. Sí, yo también hubiese preferido dar como recompensa un crucero a varias islas tropicales, pero ni me llega el dinero ni es un premio estrictamente musical. ¿Os atrevéis?

Por supuestérrimo, click sobre la partitura para que aparezca en un tamaño más legible.

Para no iniciados: un canon enigmático es aquel en que sólo se proporciona la primera voz —llamada antecedente, o Dux— para que la otra u otras voces —llamadas consecuentes o Comes— sean averiguadas por el interesado.

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La solución

En la siguiente partitura se indica en rojo cuáles eran las pistas. Debajo, el vídeo.

EnigmaSuspiroPart

La nana primigenia

lullaby_by_artist_apprentice587-d59vdfaLa verdad es que a estas alturas llevo ya escrita una cantidad algo notable de nanas. ¿Escribiré más? No puedo asegurarlo: por una parte, sigo creyendo, con el mismo fervor de siempre que un compositor es (debe ser) una persona útil, capaz de escribir la música más compleja, pero también de hacer un regalo sencillo a sus amigos. Por otra, sé que hay quién me encasilla en que no sé escribir otras músicas. Por otro lado más, pienso que hay gente que no entiende el concepto de falsificación. Y por último, comienzo a barruntar que más de un compositor pretendidamente grande (y sobre esto es fácil que escriba un artículo en estos días), apenas hace mucho más que falsificaciones de estilos no siempre bien comprendidos. Pero en fin…

Revisando mi disco duro (cada vez que quiero escribir una obra un poco grande, limpio mi disco, preparo si puedo sonidos nuevos y, en general, procuro que durante un tiempo mi ordenador no necesite atención) han aparecido dos bocetos de la primera nana que escribí.

La historia, que ya figura en otra parte de este blog es la siguiente: en su momento una amiga de la familia, Cuqui Peñas, estaba a punto de tener un niño, que luego se llamó Javier. Le prometimos María, mi mujer, y yo, una nana. El caso es que nos fue totalmente imposible conseguir equipo decente de grabación a tiempo, y que además Javier tuvo alguna prisa por venir al mundo. Total, que pedimos prestada una cámara de vídeo (las de la época eran espantosas, en calidad de imagen y audio) y grabamos unas pocas de las diferencias que iba haciendo sobre una para mi muy querida nana segoviana.

Como en la época YouTube no se estilaba tanto, la nana en cuestión no la subimos hasta el día de hoy. En lugar  de intentar hacer una nueva grabación, hemos respetado totalmente la original, con sus ruidos y su escasa calidad de audio: lo testimonial es lo testimonial.

Hoy me han aparecido esos archivos, además de dos bocetos más que hice y que no pudimos grabar por falta material de tiempo para estudiarlos: la Nana de las teclas blancas (que quedó muy española) y la Nana de las teclas negras (que quedó un tanto húngara). Os subo un vídeo con las grabaciones originales, todas seguidas, tal cual las tocó María. Y los dos bocetos interpretados (es un decir) por mi ordenador, en vídeos individuales.

Por algún lugar debe andar otro boceto, que aún recuerdo pero no me apetece reconstruir, al que interiormente llamaba “nana de la armonía malversada”, porque usé absolutamente todos los trucos habidos y por haber para hacer un preludiete coral bastante mono. Si aparece, os la subo también.

Las nanas originales, por María Teresa Ramos Benayas

Nana de las teclas blancas

Nana de las teclas negras