Crónicas Zamoranas 5

Mucho hacía desde la última vez que escribí una Crónica Zamorana. Y no es que no haya habido casos que contar. Simplemente, por la falta de respuestas, pensé que no interesaban a nadie. Pero algún que otro zamorano ya me ha dicho que las leía y hasta que le interesaban. Quizá lo de no poner ningún mensaje sea por no destacarse —bastante zamorano— o porque no se le pille a uno —más zamorano aún—.
En fin, ésta será una crónica brevísima. Puesto que tenemos una niña de siete años, como es lógico y natural la hemos llevado a la Cabalgata de los Reyes Magos. Por tercer año consecutivo, la música que ha acompañado la cabalgata ha consistido en la del Circo del Sol, más un único villancico. En el caso concreto de la primera de las músicas aludidas, esa ha sido también la música en los dos o tres último Carnavales. Ah, y eso sí, en un momento de la Cabalgata sonó la música de Marco —“de los Apeninos a los Andes”—, que creo que nadie que sea menor de edad ha escuchado por televisión, si es que la eligieron por apta para niños.
Estamos en un ciudad en que, aunque no fuera más que por la Semana Santa, hay costumbre de desfilar, hay bandas capaces de acompañar desfiles. Si algo tan fácil y barato como cambiar la música no es ni siquiera considerado, es difícil, muy difícil que otros aspectos mejorables —mucho— del desfile vayan a mejorar. Por mi parte me ofrezco a escribir música navideña gratuita, o, si eso no gusta, a explicar cuantísimas músicas libres de derechos de autor podrían usarse.

Crónicas zamoranas 2

Este es el primer artículo que escribo en el autobús. No se si será el primero que publique así que vuelva, dentro de unos días, a Zamora, eso sí. El recorrido del vehículo viene resultando por el momento tan exento de sorpresas como siempre, y supongo que el paisaje de las grúas madrileñas, cuando llegue allá, no me va a resultar más atractivo que de costumbre, así que seguramente escriba varios posts en estos días. Alguno, quizá, sobre la extrañeza de escribir en mi ordenador de mano -se hace raro, de verdad-. Alguno sobre la preocupante falta de interés en lo creativo que detecto ultimamente, y no sólo en el terreno musical. Y alguno sobre Crumb, mi inventor de ballenas favorito.
Pero este articulillo pretende ser el segundo de las Crónicas zamoranas. Y en él comentaré, una vez más, algo sobre el comercio en Zamora. Lástima que, en esta ocasión, no es bueno. Y es posible que comente algo sobre el carácter de muchos habitantes de esta ciudad.

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Crónicas zamoranas 1

Ante todo, debo comentaros que este artículo es un poco experimental: es el primero que escribo con el ordenador de mano (palmtop o, como parece que se dice ahora, handheld) que Santa Claus, por mano de mi adorada M, ha tenido la generosidad de obsequiarme. Más os hablaré del utilísimo artilugio, pero baste por ahora que os comunique mi esperanza de que a la par que entretiene el tedio de mis excesivos viajes, sirva para que actualice este blog con alguna frecuencia. Muchas son mis horas de autobús y tren.

Esto ha de llevar a que las series musicales sean limitadas más bien a artículos: no viajo, mal que me pese, con mi biblioteca de referencia. Sí, en cambio, empezaré con el presente artículo una serie no musical. Llamémosla, por ejemplo, Crónicas zamoranas.

El caso es que llevo ya algo más de un año residiendo en Zamora, después de una vida entera en Madrid. Nadie espere que entone un canto de alabanza por las idílicas virtudes de una capital de provincia frente al pasmo y marasmo capitalinos. Pero tampoco se asuma que entonaré un peán añorando las luces, la vida cultural, las obras o las grúas. Tales cosas son simplistas y, por lo tanto, falsas, al menos según mi entender. Pero quizá puedo contar casos de una y otra localidades que ilustren que me gusta y disgusta de ambas. A fin de cuenta, en semanas laborables paso tres días en la capital y cuatro en Castilla.

Como saber por donde comenzar algo así es tarea cruenta e ingrata, comenzaré por algo simple: mis experiencias comerciales de hoy.

El caso es que salí con la intención de comprar un protector de pantalla y una funda para el aparatito del que hablé al principio. Bien se que de haberlo hecho en Madrid ya los tendría, tras viajes en autobús equivalentes en tiempo a la distancia de Zamora a Arévalo. Pero mi experiencia de hoy es inusitada en la capital: primero acudí a un vendedor a quien ya he hecho alguna compra. Tras preguntarme amablemente por el estado de mis adquisiciones anteriores, y lamentando no poder servirme en lo que necesitaba, me dirigió, sin habérselo yo pedido, a una tienda de la competencia, cuyas señas me facilitó con lujo de señales. En este nuevo comercio, sin conocerme de nada, el vendedor, tras mostrarle yo mi maquina y él una parecida que poseía, me informó cumplidamente de qué es lo que de verdad necesitaba, añadiendo que se informaría de cómo encontrarlo para mi aparatuelo y que, si lo encontraba de buena calidad, me lo encargaría. A la espera de sus noticias quedo.

Posteriormente tuve que acudir al banco, donde el bancario que me atendió telefoneó a Madrid para pedir y conseguir que le remitieran una chequera a mi nombre, merced que jamás conseguí en la capital.

Por supuesto, la amabilidad hay que agradecérsela a las personas y no a las ciudades. Pero en toda mi vida madrileña jamás tuve tanta suerte seguida, comercialmente hablando. Y por acá, resulta frecuente.