Acerca de CarlPhilipp

Eterno compositor, profesor y armonista.

No sois vosotros, soy yo. Potsdam 1747 se despide.

No sois vosotros: soy yo. Este va a ser el último artículo del blog.

Queridos amigos: Potsdam 1747 se despide.

He decidido eliminar este blog: lo creé como un instrumento de comunicación y cada vez me parece más que hablo solo. Los tiempos han cambiado y hoy por hoy la comunicación fluida y ágil —y a veces algo superficial— de las redes sociales es lo que se estila.

Desde 1996 vengo manteniendo las diversas encarnaciones de Potsdam. Siempre en servidores pagados de mi modesto bolsillo, al principio porque era la única opción, más tarde porque quería daros funcionalidades que no se encontraban en los servidores gratuitos. Han sido veintiún años en los que he compartido materiales musicales que me parecían de calidad, en que he escrito chistes, quejas, observaciones, apreciaciones personales y buenos consejos. Veintiún años en que he hecho buenos amigos… y más de un enemigo. Veintiún años.

¿Tengo quejas? Las tengo, soy humano. Nadie comenta nada casi nunca. Me copian artículos sin tomarse la molestia de poner una nota diciendo que lo hacen. A veces sin tomarse siquiera la molestia de bajarse un archivo y subirlo a su propio servidor (o sea: me quitan capacidad del albergue web). Comentarios más de una vez hirientes, y un caso de persecución al que no quiero referirme.

Pero es más el gusto que me ha dado sentir que contribuía en una medida mínima a una comunidad de personas con gustos e intereses parecidos a los míos. Es mayor el placer que me ha dado saberme a veces útil, a veces una referencia.

No lo borro por el dinero que me cuesta. He tenido épocas difíciles —esta no lo es— en que he hecho lo que no creeríais por mantener el blog. No lo borro por despecho. Lo borro porque creo que cumplió su función y ya no lo hace.

No me retiro hosco y amargado a un silencio dolido: crearé otro blog, gratuito esta vez, en que pondré todo lo que se me ocurra. Estoy convencido de que sigue habiendo necesidad de cosas más duraderas que lo que se publica en redes sociales. Pero ya no será Potsdam. No el mío.

Y no se perderá toda la información de esta bitácora: crearé un segundo blog gratuito al que subiré todo lo que hay aquí… y sea posible exportar. Veintiún años de archivos son muchos. Se perderán muchos audios, creo que todos los archivos vinculados, y la mayor parte de las imágenes. Tampoco voy a querer llamarlo Potsdam.

En puridad tengo algo más de tiempo hasta que sea necesario mi próximo pago, pero Potsdam desaparecerá este diciembre de 2017: es doloroso deshacerme de ella, aunque necesario, creo, y no quiero prolongar mi malestar. Ese tiempo tenéis para descargar cuanta información os apetezca. Os ruego que aviséis a cuanta gente os pueda parecer que la noticia le interese, compartiendo este artículo o de la forma que resulte más apropiada.

Quiero mandaros a todos un abrazo, agradecer vuestra atención, y vuestro cariño en ocasiones. E informaros de que pienso seguir dando guerra, por otros medios.

Hasta la vista.

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#noEsVerano 2017

Mi bobada twitera de este año

  1.  

    y si no damos fin al hashtag en cuestión. Hasta otra, y perdón por la pesadez.

  2. si, al final de la estación, no pasa alguien que quiere recordar su juventud cantando lo que él cree flamenco

  3. (ya tocando a su final) sin imitadores nocturnos de Bisbal. De los caderazos no respondo. De vozarrón y afinación optativa sí. 16 ago.

  4. sin ingleses fascinados ante el espectáculo de los jamones colgando.

  5. sin niña emitiendo gritos ultrasónicos, capaces de grabar el vidrio. Ya me estaba extrañando no oírla este verano.

  6. sin músico callejero inglés haciendo que toca flamenco.Más

  7. sin la Legión 501

  8. sin gritos en la calle que prefieres no repetir.

  9. si no sales por tabaco, te pasas por dos librerías y la tienda de tebeos… y se te olvida el tabaco.

  10. sin una chica en la calle que ría casi al borde del orgasmo. ¿Acaba de tenerlo, lo presiente?

  11. sin relecturas enésimas. Esta experiencia será más personal, pero dudo que única.

  12. si en la despedida de soltero alguien afina. O si son capaces de continuar la canción después de decir el taco.

  13. sin atracción al lado de tu casa en que hace años que no cambian la cinta de música. En este caso

  14. si no te llaman insistentemente al portero automático para preguntar si hay misa a la una.

  15. sin petardos. Varios año seguidos. Una sola noche al año. Ni risas ni voces. ¿Un ritual conmemorativo? ¿Una soledad mal llevada?

  16. sin un perro ladrando desde las siete de la mañana

  17. sin que te parezca que los “porque sí” de postmodernos, haters de compositores, amantes de cómics y regaettoneros son iguales

  18. sin comandos móviles regaettoneros.

    si el coro de borrachos no vocifera “yo tengo un gozo en el alma”

  19. si algún psicópata no pone a Las Grecas.

  20. si la conductora del camión de basuras no se queja amargamente a gritos. Sobre su hija, en ese caso.

  21. sin señores tan orondos que probablemente figuran en Google Maps paseándose en bañador

  22. sin insultos entre automovilistas.

  23. sin músicos callejeros tocando “Juego de tronos”. Cuarteto de saxos en este caso.

  24. sin señoras mayores con estampados de leopardo.

  25. sin grupos de adultos que se creen adolescentes haciendo el macarra con un megáfono.

  26. si la gitana no te ofrece romero.

  27. si no hay parejas que GRITAN por la calle sus calenturas.

  28. sin cabreos incomprensibles.

  29. si no piensas que, como las armas, los djembés deberían venderse sólo con licencia.

  30. sin tener que hacer algún trámite inesperado.

  31. si la gente no se apasiona por un juego/conversación en red

  32. sin cuentacuentos o titiriteros en los parques.

  33. sin predicadores callejeros. La especie más temible es la que se acompaña de coros de entusiastas con panderetas.

  34. sin noche toledana

  35. sin maratón de libros/ tebeos/ series/ películas de tu género favorito.

  36. sin vendedores ambulantes, chatarreros y afiladores.

  37. si te acuerdas de en qué día vives.

  38. sin gente que prefiere mover la mesa cargada, las sillas y hasta el mobiliario urbano en lugar de trasladar la sombrilla

  39. si no se ven por la calle chicas en shorts y top acompañadas por otras con botas y cazadora de abrigo. Lo mismo con chicos

  40. sin unas cuantas picaduras de mosquito, de esas que tardan en curar

  41. si nadie se queja del gazpacho, “porque los tomates de hoy ya no saben a nada”

  42. sin llantinas y rabietas de niños que quieren un helado.

  43. si alguien no te comenta que en su casita del pueblo tiene que dormir con manta/ponerse una rebequita

  44. sin la muñeca flamenca en escaparates. Aunque no estemos en el Sur.

  45. si no te pones a organizar los archivos de tu ordenador

  46. si no te da por levantarte tempranísimo sin ninguna necesidad

  47. sin las listas de los X mejores libros/tebeos/series

  48. si los flamers no se exaltan más de lo habitual.

  49. si la tormenta súbita no te pilla en la calle

  50. si no hay epidemia de selfies

  51. sin películas de serie B

  52. si el camarero no grita

  53. si te acuerdas de coger las gafas de sol

  54. sin catervas de adolescentes gritones

  55. sin turistas ingleses

  56. si el acordeonista callejero toca bien

  57. si no hay una obra ruidosa justo al lado de tu casa

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Quioscos y librerías

Al hilo de las noticias sobre la desaparición de librerías.

Hace tiempo que no voy a pasar el rato en una librería. Durante toda mi infancia y mucho más allá de esta siempre me ha gustado pasear. Los recorridos de mis paseos acababan llevándome a alguna librería, en la que entraba, ojeaba y hojeaba, y no era raro que acabara llevándome algo. Otras veces, el trayecto era hacia algún quiosco de prensa, que en la época solían también vender libros —el que estaba enfrente del Discoplay de mi barrio era tentación doble—. Más de uno de mis autores favoritos lo conocí de mano de los amables vendedores de prensa. Más de uno de los que entonces llamábamos tebeos y ahora hay que llamar cómics que más me han gustado viene también de un quiosco. Y entre los placeres del veraneo uno de los que más me atraían cuando aún era chico y viajaba con mis padres era el de indagar los quioscos de las nuevas ciudades, donde solía haber libros muy baratos. Ahí compre, por ejemplo, todos los Asimovs de Bruguera. En quioscos salió la maravillosa colección de Orbis (decid todo lo que queráis de ella, pero sirvió de mucho). En quioscos se encontraban los libros de Ultramar. Los libros de Miraguano los compraba en el VIPS, donde solían estar de oferta.

Pero la selección en estos comercios era pobre y escasa. Una vez que encontrabas un autor o un género que te gustara, el sitio para conocerlo mejor era la librería. Allí solía haber una sección del género que a uno le atraía, y era normalmente posible hallar volúmenes de colecciones antiguas, donde uno encontraba casi siempre algo de esa lista secreta que todos hacemos con las referencias a autores que hay en los prólogos. El obrero de mi barrio sonreía cada vez que entraba, y solía avisarme cuando había material nuevo. Las visitas a La Casa del Libro, mucho más surtida —y peligrosísima: al lado estuvo Madrid Rock, que a pesar de su nombre tenía impresionantes cantidades de discos de clásica— o las librerías inglesas —si no llego a leer en inglés, apenas conocería nada de ciencia ficción— quedaban para el verano. Y más o menos por marzo comenzaba a ahorrar para la Feria del Libro.

Ya no me gusta mirar quioscos. Ya no hay libros ni tebeos. Han sido sustituidos por golosinas, pequeños juguetes y máquinas de tabaco. Es muy raro que pasee hacia una librería y no quede decepcionado: en la entrada me gritan los colorines de las portadas de los últimos best-sellers, y si me refugio en las secciones temáticas, acabo encontrando muy poco, y este poco de colecciones siempre nuevas. Es casi imposible que haya algo que no se haya publicado en los últimos cinco años. Y llevo por lo menos cuatro Ferias del Libro sin haber tenido que echar mano a mi cartera: en todos las casetas me ofrecen lo mismo casi lo mismo.

Lo único que me queda, cuando viajo, es encontrar —a veces se da— alguna librería antigua, donde queden todavía algunos volúmenes que viren al amarillo. Ahí suelo encontrar joyas.

Y no, no tengo absolutamente nada contra los libros nuevos. Pero es curioso que todos los que compro tenga que hacerlo por Internet. En las librerías no tienen los que busco.

Teniendo en cuenta que, proporcionalmente, un libro hoy es mucho más caro que en mi infancia, comprendo todo ello. Ignoro cuál podría ser la solución. Pero afirmo que es paradójico que un hombre de libros como soy se haya desencantado de las librerías.

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Don Juan, Don Rafael y yo

Hay momentos que dan color a una vida. Bellezas inesperadas que, justo por serlo, quedan en el recuerdo con una calidez y una luminosidad únicas. Atesoraré como uno de ellos haber tenido la fortuna de haber podido leer el Don Juan de Rafael Marín (no diré cuántas veces, que me miraríais raro) antes de que sea editado. Voy a reseñar para vosotros el libro. Espero con ello ganar un buen número de co-lectores con los que comentar la obra. Seguro que no es lo último que escribo sobre esta maravilla.

El texto con que lo presenta la editorial:

En DON JUAN, Rafael Marín narra la historia jamás contada de Don Juan Tenorio, desde su infancia en Sevilla a la batalla de San Quintín, un periplo por las cortes y los campos de batalla de la Europa de su tiempo. El azar del camino lleva al burlador sevillano al encuentro del emperador Carlos V, a cuyo servicio se convierte en espía y capitán de los Tercios. Con Don Juan asistiremos a los hechos de armas y acontecimientos históricos más importantes del siglo XVI: el saco de Roma, el primer asedio de Viena, el “Gran Asunto” de Enrique VIII, la toma de Túnez y la derrota de Argel, las intrigas venecianas y el enfrentamiento con la flota del Gran Turco.

Entre lances de capa y espada y las hazañas amorosas que lo han hecho leyenda, Don Juan conoce también al poeta y jefe de espías Garcilaso de La Vega, el marqués del Vasto y el condestable Borbón, Francisco Delicado y su Lozana, el papa Clemente VII, Hernán Cortés, Ignacio de Loyola, Catalina de Aragón, Ana Bolena, el bufón Perejón y su amo, Felipe II.

Mujeres burladas, maridos cornudos, criados pintorescos y aventura sazonan esta monumental novela que presenta a Don Juan Tenorio para la sensibilidad del siglo veintiuno.

Un libro con una impresionante calidad literaria que no desmerece a anteriores visiones del mito.

Y el mío:

En el momento en que escribo estas líneas soy probablemente una de las personas que mejor conoce el Don Juan de Rafael Marín (salvo el autor), por haber tenido la extraordinaria suerte de haber podido leerlo unas cuantas veces antes de que se editara.

Una sinfonía debe ser como el mundo. Debe abarcar todo. Gustav Mahler.

Ya ha aparecido varias veces en mi blog lo mucho que me gusta el terso lenguaje del escritor gaditano (gadita, diría él). Debo decir que en esta ocasión se ha superado a sí mismo con creces. El autor, que declara que no puede escribir hasta encontrar la música propia de cada uno de sus libros (se refiere al particular uso de lenguaje y prosodia que requiere cada narración), ha escrito en esta ocasión un monumental poema sinfónico, una ópera repleta de personajes creíbles y a menudo entrañables, un concierto para un Don Juan solista al que la orquesta de situaciones e individuos aporta un entramado de timbres en que el color apabullante esconde la perfecta construcción formal. Y hablando de música y de forma, atentos en el comienzo de la obra a las referencias al pentagrama, que van enunciando la transformación del protagonista en el Tenorio. Sin embargo la maestría formal no obstruye, como a veces pasa, la naturalidad de la narrativa ni el ritmo de las peripecias. Por el contrario resulta una cimentación escondida y necesaria sobre la que fluyen nítidas las diversas andanzas de los personajes.

No he conservado nunca a una mujer ni a un criado. No me interesa su fidelidad, en tanto es comprada, o seducida, y al ser interesada y engañada no la correspondo. Más me fiaría acaso de un perro, que sabe al menos cuándo no debe morderte la mano y hasta puede vivir sin caricias, a cambio de migajas y unos huesos que roer. Sin embargo, de mujeres y criados están compuestos mis lances. Y de hombres burlados. Y de cornudos muertos. Si se quiere considerar que eso es pecado, pecado sea. Para mí es impulso. La mano que empuña la espada debe actuar independiente del cerebro.

Nada sé de escribir literatura. Pienso, sin embargo, por analogía con las cosas que sí sé hacer, que tratar un mito de las dimensiones de Don Juan ha de implicar un enorme obstáculo: el personaje no resulta creíble porque recae sobre él la carga de la alegoría. Convertirlo en un ser humano posible, una persona por la que el lector pueda sentir alguna afinidad, implica añadirle una serie de características más allá de la voracidad amorosa, una historia, unos motivos para vivir de una manera determinada. Rafael Marín crea un Tenorio en que la burla —recordemos que es Burlador por excelencia— es sólo una de sus facetas, y quizá no la más relevante. Un personaje complejo y completo.

Respecto a los personajes secundarios, puede que denominarlos así sea inadecuado. Más a menudo ocurre que son coprotagonistas de secciones concretas del libro. Y alguno es tan deslumbrante que correría el riesgo de suplantar a Don Juan en nuestro interés si se le concediera más espacio en la narrativa. Magistral es la forma en que cuatro pinceladas o menos son todo lo que necesita Marín para presentarnos la personalidad completa de cada uno de ellos. Y de más de uno apetece que haya libro nuevo en el que reencontrarle (sé de buena tinta que el autor ha tenido tentaciones, en las que confío que caiga). Porque el elenco de personajes nuevos es espectacular: algún que otro criado impagable, Robert de Maroy (¿la sorprendente respuesta del autor a la idea de la homosexualidad del Tenorio?), los St. Croix, Ginés de Alejandría, Justine de Breuil, el capitán Centellas, Aldonza-Rosaria, Garcilaso, el niño Manolito y Enrique VIII, son sólo algunas de las interesantes multitudes que habitan estas páginas.  Y la sombra omnipresente del emperador Carlos, que aunque aparezca poco, importa mucho.

En ese aspecto fui Pigmalión suyo, como lo fui de tantas. Pero ella era joven, y vanidosa, y se sabía bonita y cada vez comprendía mejor que la hermosura de su cuerpo tenía una finalidad de la que podría extraer su rédito. Yo le había abierto los ojos y más que los ojos a la vida y los placeres de la vida, y si yo era un águila ella quiso ser azor. Pero allá donde el águila vuela a los cielos y se pierde más allá de las nubes, el azor vuelve al puño donde le han de poner la caperuza.

En la primera lectura me extrañé cuando aparecieron el Comendador, Doña Inés y Luis Mejía, por no haber siquiera pensado en ellos durante unos cientos de páginas: así de interesantes son los personajes salidos de la pluma de Marín. De hecho la parte en que encontramos paralelismos con la historia convencional es poco más que una aventura crepuscular del protagonista, lo que llega a darle un sentido muy especial y diferente.

Tengo a menudo la impresión de que nuestro mundo literario (y el musical, si a eso vamos) está dominado por un rebaño de pedantes a los que estorba el buen estilo y la pureza del idioma para una obra atractiva, o el entretenimiento para una obra de “literatura pura”, sea eso lo que sea, si es que es algo. Van a tener con este libro para cebarse a críticas, porque si el estilo es cegador, las crónicas que se van narrando son unánimemente interesantísimas y absorbentes. Pesa sobre Marín el estigma de haber sido considerado escritor de ciencia ficción, de novela negra, y, sin duda, a partir de ahora, de novela histórica. Tremendo error. La buena narrativa trasciende los géneros. ¿Novela histórica? La documentación y precisión mostradas en el libro son más que minuciosas. ¿Novela de aventuras? Señor Dumas, señor Salgari, señor Howard, vayan ustedes haciendo sitio, que estorban. ¿Novela de espías? Si siempre se ha tildado a James Bond de donjuanesco, en justa reciprocidad Tenorio resulta un espléndido espía aventurero, con un inesperado —pero completamente creíble— Garcilaso en el papel de M. No pensemos, sin embargo, en una hibridación de estilos. Por lo que sé de música, la fusión no es difícil, ni suele dar grandes resultados. Mucho más relevantes han sido los autores que bebiendo de diversas fuentes han encontrado un estilo único.

En alguna ocasión he hablado de mi concepto de “espacio mítico”. A menudo, por lo que sé de literatura (no escribo, pero soy gran lector) se convierte en unas narrativas de pastiche que pueden ser muy divertidas. Mayor es, sin embargo, la trascendencia con que lo trata Marín. Nos encontraremos de nuevo —aunque nunca es citado por su nombre completo— con Esteban de Sopetrán— y algún que otro personaje del autor. Pero son legión las referencias a otros hitos del subconsciente colectivo, comenzando por la Lozana, que es ella misma, es la actriz que la encarnó, y es O. Yo he encontrado algunas decenas. Estoy seguro de que si me planteo el reto de buscarlas llegarán al centenar.

Un único pero puedo ponerle al libro: su extensión. Con apenas mil páginas se hace sumamente corto. Habrá quien se intimide por parecerle muy largo. Hará mal, y me da algo de lástima. No conozco todo lo que se ha editado en castellano en el siglo XXI pero poco puede haber que esté a esta altura. Y pone un listón altísimo que superar a todo lo que se escriba en lo que queda de siglo.

El tomo acaba de llegar a mis manos: es un libro gustosísimo. Bellísima portada de Ferrer Dalmau, encuadernación impecable, buen papel, cinta para punto de lectura, y, sobre todo… el contenido. Me envanezco, además, de figurar en la página de agradecimientos.

¿Mis credenciales para escribir esto? Quién me conozca y sepa lo que disfruto la literatura no me las pedirá. A quién me las tenga que pedir, no le satisfaría nada que alegara.

Caducidad y buen trato

Los que me sigan, de sobra saben la larga época en que he sido el hombre-cursillo. Rato sí, rato también, me tocó explicar lo poco que sabía o intuía sobre músicas de las que entonces no había información ni fácil ni accesible. Vino la larga noche (años) en la que nadie se interesaba (es patente en qué se ofrece en los cursos de verano) por nada que no fuera el sota-caballo-rey. Este año me han vuelto a poner en activo. No por mi, ni porque yo interese, sino porque me parece que vuelve, lentamente, a darse un gusto por salirse de lo manido. Otra cosa es que yo me sienta como alguien que, en su momento, fue heraldo de lo nuevo y ahora testigo de lo ya antiguo. Pero es que lo ya antiguo de lo que me ocupaba merecía y merece la pena. Y trato de actualizarme.

En fin: este escrito es para agradecer a todos los que me han llamado este curso, se han interesado por lo que digo, y me hacen pensar que la llama sigue viva. Y para agradecer el trato excepcionalmente amable y cálido que he tenido en todas partes. He estado verdaderamente a gusto en Badajoz, en Palencia, en el conservatorio superior de Salamanca, en el mío cuando he estado ayudando, y en el resto de sitios en que se me ha llamado. Gracias por vuestra cortesía y gentileza.

 

Ensayo de “Escenas de Teléute”, de Enrique Blanco

Ya que me va a ser imposible asistir al estreno de mi obra Escenas de Teléute mañana, 19 de mayo de 2017, mis compañeros han tenido la gentileza de dejarme grabar un ensayo.

Unos breves datos sobre la obra.

Oboe: Román Álvarez Mayor

Clarinete: José Vicente Castillo

Violín: Andrés Balaguer

Viola: Pedro San Martín Rodríguez

Cello: Laura Oliver de la Guerra

 

Ando desde hace mucho tiempo con la idea de escribir una ópera, o en todo caso, drama musical, ambientado en un universo narrativo muy parecido al del extraordinario cómic Sandman. Muy parecido porque estoy seguro de que la todopoderosa DC no me va a ceder el uso de sus personajes. Y en todo caso Neil Gaiman, el autor, siempre habló de su universo como de una máquina de inventar historias.

Escenas de Teléute supone una especie de apuntes metafóricamente tomados a lápiz de lo que me gustaría en su momento pintar con un óleo instrumental mucho más rico y sutil. Una manera de dejar en mi memoria no tanto una música en concreto como una manera de hacer y una voz que quiero presentes en la obra final. En esa medida, cada miniatura representa un carácter, que voy en esta ocasión a referir al propio Sandman, toda vez que no he escrito mi libreto, ni lo haré hasta saber qué recursos pudiera haber. Me gusta trabajar sobre instrumentos concretos. Por lo mismo, las situaciones que ahora voy a describir no son las que querría plasmar, sino algo con parecida esencia.

…I open the way and I open the gates…

El hechicero Roderick Burgess intenta capturar místicamente a Muerte.

La invocación que el guionista, Neil Gaiman, inventa para ello es tan evocadora que se dice que el dibujante le pidió que jamás volviera a escribir algo que le diera tanto miedo dibujar. Intento capturar el espíritu de la invocación, más que el terror.

Fat pigeons

En su lugar la invocación captura a Sueño, su hermano, que queda prisionero en aislamiento durante setenta años. Tras escapar y recuperar sus poderes se siente confuso y sin dirección. Muerte le visita mientras está dando de comer a las palomas en una plaza pública.

The sound of Her wings

El título del número en que sucede lo anteriormente descrito. Suele decirse que ahí Sandman se convierte en Sandman.

El Dies Irae es la representación de Muerte. Lo habré armonizado fácilmente tres docenas de veces (material de sobra tengo si la ópera llegara) buscando un carácter amable.

…the Angel of Death is so beautiful…

El personaje Muerte le fue sugerido a Gaiman, entre otras fuentes, por un texto árabe que dice que el Ángel de la Muerte es tan hermoso que cuando se le ve, el alma se sale por los ojos.

…far more terrible…

En una conversación entre Muerte y Sueño, este último declara ser mucho más terrible que Muerte.

I can patter romany

Tras la visita de Muerte a Sueño, le pide que le acompañe a recoger algunas vidas. Una de ellas es la de un violinista que ha vivido toda su vida fingiendo ser zíngaro y tocando ese tipo de música.

I have missed you… so badly

En Endless Nights, volumen editado unos quince años después que la serie original, un hechicero ha logrado burlar a Muerte durante décadas, repitiendo eternamente la misma fecha aunque con actividades distintas. Cuando Muerte logra llegar a él, el hechicero descubre que anhelaba un final.