Jul 23 2017

Quioscos y librerías

Al hilo de las noticias sobre la desaparición de librerías.

Hace tiempo que no voy a pasar el rato en una librería. Durante toda mi infancia y mucho más allá de esta siempre me ha gustado pasear. Los recorridos de mis paseos acababan llevándome a alguna librería, en la que entraba, ojeaba y hojeaba, y no era raro que acabara llevándome algo. Otras veces, el trayecto era hacia algún quiosco de prensa, que en la época solían también vender libros —el que estaba enfrente del Discoplay de mi barrio era tentación doble—. Más de uno de mis autores favoritos lo conocí de mano de los amables vendedores de prensa. Más de uno de los que entonces llamábamos tebeos y ahora hay que llamar cómics que más me han gustado viene también de un quiosco. Y entre los placeres del veraneo uno de los que más me atraían cuando aún era chico y viajaba con mis padres era el de indagar los quioscos de las nuevas ciudades, donde solía haber libros muy baratos. Ahí compre, por ejemplo, todos los Asimovs de Bruguera. En quioscos salió la maravillosa colección de Orbis (decid todo lo que queráis de ella, pero sirvió de mucho). En quioscos se encontraban los libros de Ultramar. Los libros de Miraguano los compraba en el VIPS, donde solían estar de oferta.

Pero la selección en estos comercios era pobre y escasa. Una vez que encontrabas un autor o un género que te gustara, el sitio para conocerlo mejor era la librería. Allí solía haber una sección del género que a uno le atraía, y era normalmente posible hallar volúmenes de colecciones antiguas, donde uno encontraba casi siempre algo de esa lista secreta que todos hacemos con las referencias a autores que hay en los prólogos. El obrero de mi barrio sonreía cada vez que entraba, y solía avisarme cuando había material nuevo. Las visitas a La Casa del Libro, mucho más surtida —y peligrosísima: al lado estuvo Madrid Rock, que a pesar de su nombre tenía impresionantes cantidades de discos de clásica— o las librerías inglesas —si no llego a leer en inglés, apenas conocería nada de ciencia ficción— quedaban para el verano. Y más o menos por marzo comenzaba a ahorrar para la Feria del Libro.

Ya no me gusta mirar quioscos. Ya no hay libros ni tebeos. Han sido sustituidos por golosinas, pequeños juguetes y máquinas de tabaco. Es muy raro que pasee hacia una librería y no quede decepcionado: en la entrada me gritan los colorines de las portadas de los últimos best-sellers, y si me refugio en las secciones temáticas, acabo encontrando muy poco, y este poco de colecciones siempre nuevas. Es casi imposible que haya algo que no se haya publicado en los últimos cinco años. Y llevo por lo menos cuatro Ferias del Libro sin haber tenido que echar mano a mi cartera: en todos las casetas me ofrecen lo mismo casi lo mismo.

Lo único que me queda, cuando viajo, es encontrar —a veces se da— alguna librería antigua, donde queden todavía algunos volúmenes que viren al amarillo. Ahí suelo encontrar joyas.

Y no, no tengo absolutamente nada contra los libros nuevos. Pero es curioso que todos los que compro tenga que hacerlo por Internet. En las librerías no tienen los que busco.

Teniendo en cuenta que, proporcionalmente, un libro hoy es mucho más caro que en mi infancia, comprendo todo ello. Ignoro cuál podría ser la solución. Pero afirmo que es paradójico que un hombre de libros como soy se haya desencantado de las librerías.

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