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Jul 13 2014

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Enseñar a componer (1A— Normas)

NormasDesde que ando por tierras salmantinas me está resultando mucho más fácil hablar con antiguos alumnos (es infinitamente más productivo que chatear con ellos, que era lo que venía pasando). Algunos de ellos han elegido la composición como especialidad, y sus comentarios me hacen pensar mucho en qué debe ser y qué no debe ser un profesor de composición.

Qué queremos enseñar

Desde mi punto de vista un profesor debería ser honesto. Por lo tanto comentarios como

La composición no se enseña: se aprende.

No aprendes composición: naces o no naces compositor.

Enseñar composición es imposible: ni yo mismo entiendo muy bien lo que hago.

Descalifican de forma inmediata al que los pronuncia.

Con todo, son, en cierto sentido, comprensibles. El resultado ideal de una buena enseñanza de composición debería ser conseguir una persona musicalmente inventiva. Y, lógicamente, no es posible decir a un inventor qué inventar. Por definición la originalidad tiene que ver con dar origen. Cada vez que obliguemos a un alumno a que haga algo, o le prohibamos que realice alguna cosa estamos en cierta medida traicionando este objetivo.

Y, sin embargo, esto encierra dos contradicciones de difícil solución:

  1. Por una parte, como profesores, no estamos, no podemos estar, en condiciones de juzgar algo que no hemos visto jamás. La única solución que yo conozco es pedir al alumno que explique, con la mayor claridad posible qué es lo que pretende realizar con su obra, y entonces utilizar nuestra experiencia y dominio de las diversas herramientas compositivas (se asume que disponemos de dichas experiencia y dominio) para proponerle otras formas de llevarlo o cabo, o juzgar si las técnicas usadas se aplican exactamente en el sentido que el joven compositor supone.
  2. Por otra parte, el sentido musical (no entro en este artículo en la polémica de si tal cosa existe, mi opinión es que sí) surge de manera ineludible de una poderosa normación interna. Lo que nos conduce a la necesidad de acostumbrar a nuestros jóvenes a ceñirse a normativas.

En cualquier otra enseñanza musical, la partitura es un texto al que siempre podemos referirnos, aunque sea para denostarlo. Pero en este caso partimos de un vacío que el joven compositor desea llenar, y, por tanto “cuando miramos al abismo, el abismo nos devuelve la mirada”. Es decir: nunca deberíamos tener certezas absolutas sobre la eficacia de nuestros consejos.

Pienso que el profesor de cualquier especialidad tiene una única misión: hacerse innecesario. Si educamos bien a nuestros discípulos, ya no necesitarán nuestra aportación, porque habrán aprehendido las mismas herramientas que a nosotros nos sirven para ayudarles.

Todo esto lleva a apoyar, en el caso de la normativa, la creación de ejercicios (no conviene quizá aún llamarlos composiciones) con normas bien concretas: quizá ejercicios de estilo. Pero sin confundirlos con obras plenamente creativas. Es, creo, aconsejable por la misma razón el uso de normas, a veces sin correlato histórico para que el alumno se acostumbre a someterse a diversos conjuntos de reglas lingüísticas, hasta que alcance las suyas. El inmenso peligro de esto es que sí es muy sencillo corregir tipo de trabajos, y puede confundirse con la composición real. Nuestra obligación permanente debería ser cuestionar cada norma a la vez que la proponemos. E incluso proponer por cada regla establecida un ejercicio u obra real que la vulnere.

Las quintas y octavas suenan mal: Debussy o la polifonía medieval como contranorma.

Toda la música sin centro tonal está muerta: sin entrar en polémica, cualquier solo de percusión vulnera esta idea.

Proponer discursos basados en alturas es ridículo y anticuado: casi toda la música de la historia como contranorma

El ritmo es demasiado sencillo de usar: Ligeti como contranorma.

Etcétera.

Pero esto puede llevarnos de manera casi ineludible a los peligros de lo que yo denomino falsificación y maquillaje, que serán materia de próximos artículos.

Como sustancia de esta introducción os propongo la idea de trato honesto con los alumnos. Abundaré en ella.

 

Sobre el Autor

CarlPhilipp

Eterno compositor, profesor y armonista.

Enlace permanente a este artículo: http://enriqueblanco.net/2014/07/ensenar-a-componer-1-normas/

4 comentarios

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  1. Ludmila

    Magnífico comentario, Enrique. No puedo estar más de acuerdo contigo, sobre todo en eso de que “el profesor de cualquier especialidad tiene una única misión: hacerse innecesario”. Y paradójicamente, cada vez abundan más los enseñantes del tipo “esto es así y punto” (yo los llamo profesores l’oreal, porque ellos lo valen). Siempre digo a mis alumnos que la enseñanza es como una caja de herramientas que vamos llenando, y que yo les enseño qué herramienta deben escoger, de forma que si quieren clavar un clavo, sepan usar el martillo y no intenten hacerlo con un serrucho. Es un ejemplo que suelen entender bastante bien. Una de mis mayores satisfacciones es cuando mis alumnos me traen una pieza por primera vez ya esbozada y sabiendo cómo trabajarla. Eso me demuestra que van siendo independientes. Y ni te cuento cuando me discuten algo aportando argumentos, eso ya me encanta.

    Me resulta decepcionante ver como muchos profesores pretenden que sus alumnos sean pequeñas copias de quienes les enseñan, y lo que más me asusta es que esos profesores piensan que no pueden aprender nada más: ni de otros compañeros, ni “por supuesto” de los alumnos. Como si la enseñanza no fuera una disciplina que nace del intercambio entre alumno y profesor, sino un “regalo” que hace el docente.

    Cada vez me da más pena a dónde estamos llevando la enseñanza nosotros mismos. Mucho nos quejamos de recortes, de imposiciones (y no les quito la razón, eso también es importante), pero no es la única causa de que nuestra enseñanza falle. Tenemos que cultivar más la humildad, la autocrítica realista, y por supuesto la evolución docente, si queremos obtener mejores resultados…

    Perdón por el tocho, he tenido un final de curso muy malo, jeje…

    1. CarlPhilipp

      Nada de tocho, Ludmilla. Lo primero, bien sabes que aquí siempre eres bien recibida. Lo segundo, es que has dicho un montón de verdades valiosísimas y senstas, que más de uno debería tomar en consideración.

      Habrá, aunque no sé cuando, más artículos de la serie. Tengo curiosidad por ver que te parece, ahora que te dedicas a la literatura, la “parábola del caballo”, que es la continuación de éste

  2. Ludmila

    Por cierto y hablando de mi dedicación a la literatura, he ganado un pequeño concurso del foro en el que participo. Me sirvieron muchísimo tus correcciones, he meditado un montón sobre el ritmo y la adjetivación, y voy consiguiendo decir mucho con pocas palabras…Gracias 😉

    1. CarlPhilipp

      ¡Olé por Ludmilla!

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