Ene 29

Bailar más y vestirse de otra forma

20130129-145402.jpgHoy he leído un artículo que preconizaba que, si la música clásica no quiere morir “debemos bailar más y vestirnos de otra manera”.

Llevo, muchos, muchísimos años, diciendo que no debemos medirnos por los estándares del pop. ¿Qué audiencia tuvo el estreno de cualquier cantata de Bach? Mínimo, la poca gente que cupiera en el templo en que se hiciera. Los conciertos de Vivaldi frecuentemente tenían frecuentemente de público sólo a los intérpretes. Medirnos por los beneficios económicos de una industria que se dedica a fabricar piezas en su mayor parte perecederas, es absurdo.

Al mismo tiempo no cabe duda alguna de que las salas de concierto han llegado a considerase con una sacralización completamente ajena al espíritu de la música. Hace poco comentaba que, por ejemplo, la opus 19 de Schönberg, lírica e intimista, requiere escuchar cada uno de sus brevísimos movimientos con un espacio antes del siguiente, algo similar al sorbete que sirven en los restaurantes para limpiar sabores antes del siguiente plato (no es que conozca demasiado ese mundo culinario).

Acabo de analizar a mis alumnos la espléndida y variada “Vox Balaenæ”, de George Crumb, obra en la que se pide que los intérpretes salgan enmascarados, y se solicita una luz azul, para entre ambas cosas expresar mejor el ambiente deseado por el autor. Tuve hace años la ocasión de verla en vivo en Madird y no fui el único hipnotizado. Un numeroso público, compuesto de muchos más universitarios que músicos aplaudió enfervorizado de forma incesante.

En este serie de pensamientos, aparentemente inconexos, se me ocurre ahora pensar en la situación de uno de nuestros instrumentos con más nobleza y antigüedad. Por más de una parte de nuestra geografía me llegan noticias de que se pretende limitar o suprimir su enseñanza.

¿Habéis ido a un concierto de órgano? A más de uno le disuade el entrar en un local religioso para escuchar música. Y en los casos en que se hace en recintos laicos, más de uno queda también espantado ante la totalmente incorrecta idea de que el timbre de este instrumento es único y muy cansado.

Muchos amigos no músicos, me comentan a veces que el piano les gusta, pero que encuentran que una hora seguida (la duración media de un concierto) de su sonido les agota.

Para introducir el último factor del que deseo hablar, el precio de los conciertos es normalmente igual o superior al de la compra de un CD o de la música en formato digital. Y las grabaciones suelen ser de artistas incomparables, quizá mejores que los que interpretan el concierto al que vayamos a ir.

Tras todas estas pinceladas, sólo me queda sugerir que el formato de los conciertos debe cambiar para alcanzar una mayor flexibilidad. Más combinaciones instrumentales e instrumentos a solo en cada concierto. Mayor variedad de repertorio (aunque podría aprovechar para hacer apología de la nueva música, ni siquiera lo voy a intentar: la cantidad y calidad de obras maestras de todos los tiempos que no se tocan jamás en público es inconcebible). ¿Otra vestimenta? No me estorba, siempre que se respete la sabía tradición de que el intérprete no cuente más que la música. ¿Vídeo, apoyo visual, mayor pedagogía en los conciertos? Quizá. Pero con mucho tiendo a pensar que es más importante el resto de lo que propongo.

8 comentarios

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  1. Yo resumiría que lo que tiene sentido es que el acto concierto transmita que es algo de ahora hecho por artistas de ahora para un público de ahora, no la pervivencia de una práctica antigua al estilo de un museo. A partir de ahí pueden cambiar muchas cosas. No creo que se trate de asimilar el marketing del rock o pop, sino de hablar en lenguaje actual.

    1. Por supuesto. Y de asumir (viene a ser uno de los desarrollos que derivan de lo que dices) que no podemos tocar siempre lo mismo

    • CarlPhilipp on 29 enero, 2013 at 21:18
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    Comentario en Facebook de CHEMA MRUA En realidad, el bobo de Universal que ha dicho esa boba bobada (también he leído el artículo) trabaja en una compañía que ha ido decayendo precisamente por factores extramusicales (modas, imagen, bailecitos). Las nuevas generaciones de pop y rock ponen cada vez más empeño en la estética, las etiquetas y la imagen pública de rockstars en detrimento de la propia música. Ahora hay más medios, más luces, fuegos artificiales y más rapidez en el intercambio de información, pero el panorama musical de antaño (dígase Pink Floyd, King Crimson, Camel, Yes, Led Zeppelin, Deep Purple y un larguísimo etcétera) está a años luz del panorama de nuestros días. Malas fechas para sacar ese absurdo comunicado, cuando el producto que avalan con sus luces y sus bailes es lamentable. Es un mal del ser humano: En cuanto le cogemos gustillo al maquillaje dejamos de cuidar la esencia interior de las cosas (efectos especiales en el cine, por ejemplo, en perjuicio del guión). A la música clásica no le hacen falta bailecitos, le hacen falta miradas retrospectivas, puesta a punto de ideas musicales, eliminar modas y ampliar repertorio. Todo extrictamente musical. De verdad que me ponen enfermo estos borregos cuando quieren ser más rockeros que Hendrix.

    • CarlPhilipp on 29 enero, 2013 at 21:21
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    Comentario en Facebook de David Echeverría Sigo opinando que la única forma de llenar las salas de conciertos es como han hecho en Venezuela,…y no me refiero a llevar el chándal “bolivariano” y bailar como en una cumbia, si no a que el acceso a un violín y a una pequeña orquesta sea tan sencillo como el acceso a un lápiz y a las tablas de multiplicar,…

    • Blanca on 29 enero, 2013 at 21:39
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    Estoy de acuerdo contigo, Enrique. Se debe evolucionar desde lo musical, hay más maneras de acercar la música que poner efectos especiales y a bailarines en el escenario.

    • Carlos on 30 enero, 2013 at 12:57
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    En Moscú hay dos tipos de conciertos: los que son para estrenar la corbata o el vestido y cuya entrada cuesta un ojo de la cara y los que son para escuchar música. El Centro de Música Contemporánea organiza conferencias y charlas previas al concierto a las que puede acceder cualquiera. Rozhdestvensky, quien sigue en activo (aunque cada vez menos, dada su edad), casi siempre explica las obras que dirige con una deliciosa introducción.

    A Bach no le podemos engominar la peluca, aunque haya quienes se empeñen en ello, y de hecho, hacer eso da a entender dos cosas: que el público es tonto porque necesita una explicación muy básica (lo cual no es cierto) y que el pasado siempre está a la otra orilla de cualquier intento de comprensión.

    Yo creo humildemente que el problema son las cafeterías caras que se llaman Mozart. De ahí podemos concluir que a la clásica se le pone la etiqueta de “estilo elitista”. Es como lo del Washington Post y el experimento que hicieron con Joshua Bell en el metro: se apresuraban a concienciar a los lectores de que escuchar a Bach es imposible porque no nos lo podemos permitir. De ahi sale la queja como cliché, la queja del tipo “es que no se puede hacer nada”.

    1. Pues no dices ninguna bobada

  2. Comentario en Facebook de ESTEBAN LANDART No puedo dejar de comparar el tema que nos ocupa con las reflexiones de algunos partidos políticos ante malos resultados electorales. Dicen estos: tenemos que reorientar nuestros objetivos para convencer al electorado y sacar más votos. Pienso yo: ¿Qué clase de partido político está dispuesto a cambiar de objetivos para obtener más votos? ¿Cómo es siquiera posible planteárselo sin convertirse en un traidor a si mismo? Creo que la música es en buena parte una cuestión de principios, fundamentalmente. Leed los consejos de Schumann. El resto es mercado, dinero, éxito, … (y de algo tenemos que vivir…también es verdad). Como decía aquel: Estos son mis principios inamovibles. Si no le gustan, tengo otros.

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