Ene 03 2012

Las máquinas del olvido: Recovecos II (2)

Nada como trabajar para centrarse uno: ya sé qué imágenes me rondaban por la cabeza para titular a la obra Las máquinas del olvido. Por un lado, la poderosa imagen del comienzo del libro:

Una noche Ahmed acompañó a su padre en una caravana en el medio del desierto. El le comentó que su gran sueño era volar sea como sea. Hasta que de repente se cayó y se quedó dormido. Y cuando se despertó vio que él estaba solo, y empezó a llorar y llorar. Con unas de sus lágrimas hizo vivir a Gonn-ben-alá que estaba enterrado en el suelo.
El era el Dios del viento y del agua, y como sabía que todas las personas que antes vivían allí estaban enterrados, decidió despertarlos.
El Dios le dijo a Ahmed que le cumpliría todos sus deseos si él lloraba para que todos los que estaban enterrados volvieran a revivir.

Por otro, alguno de los conceptos allí expresados:

[…]
no existe una cosa llamada año. Los hombres inventaron los nombres de los años para no perder la cuenta…
-Los relojes son máquinas que simulan el tiempo.Sólo existe la salida y puesta del Sol.No existen cosas como semanas y meses y horas. Sólo di que nos movemos en el espacio.
-¿Hacia lo que fue? ¿Hacia lo que será algún día?
-Chico inteligente . Eso es lo que es realmente el Tiempo. El pasado que tratamos de recuperar, o el futuro que es igual de imposible y de invisible.
-¿Entonces vamos enlas dos direcciones?
-Realmente, ése es nuestro movimiento.
[…]
Rememonar construye el pasado.Imaginar construye el futuro…
El pasado existe porque una vez fue real. El futuro existe porue necesitamos que sea real.

Pero también se ha colado un poco de Zelazny, tanto de El hombre que amó a la Faioli:

—Mi nombre es John—la dijo—; John Auden.

—He venido para estar contigo, para darte regocijo y placeres—añadió ella, y entonces supo él que el ritual había comenzado.

—¿Por qué estabas llorando cuando te encontré?—preguntó.

—Porque creí que no había nadie en este mundo y porque estaba cansada de mi largo viaje—contestó ella—. ¿Vives cerca de aquí?

—No muy lejos—añadió él—. No del todo lejos. _¿Me llevarás allí? ¿Al lugar donde vives?

Y ella se alzó y le fue siguiendo hasta el Cañón de la Muerte, donde él tenía su morada.

Continuaron descendiendo y descendiendo interminablemente, y todo lo que les rodeaba eran despojos de gentes que antes habían vivido. Ella, sin embargo, no parecía ver tales cosas, Pues mantenía los ojos clavados en el rostro de John y la mano asida a su brazo.

—¿Por qué llamas a este lugar el Cañón de la Muerte?— le preguntó ella. —Porque todo lo que nos rodea son muertos—repuso él.
—Yo no veo nada.
—Lo sé.

Cruzaron el Valle de las Calaveras, donde millones de muertos de muchas razas y mundos yacían apilados unos sobre otros, pero ella tampoco los vio. Y a pesar de encontrarse en el cementerio de todos los mundos, no se apercibía de ello. Había encontrado a su custodio, a su cuidador, aunque no sabía quién era este hombre que se tambaleaba a su lado como un beodo.

como de Una rosa para el Eclesiastes:

El instrumento de cuerdas latió como un dolor de muelas, y del bloque de madera brotó un tictac, tictac, como el fantasma de todos los relojes que los marcianos no habían inventado.

Braxa era una estatua, con las manos en la cara y los codos altos y apartados. La música fue de pronto una metáfora del fuego.
Crujidos, murmullos, detonaciones…
Braxa no se movió.

El siseo se transformó en gorgoteo. La cadencia se hizo más lenta. Era agua ahora, el elemento más preciado, un líquido verde y claro que caía sobre rocas mohosas.

Braxa no se movía.

Unos glissandos. Una pausa.

Luego, tan débilmente que al principio no me di cuenta, temblaron los vientos. Dulce, suave- mente, suspirando y deteniéndose, inciertos. Una pausa, un sollozo, y en seguida una repetición de la primera frase, pero en un tono más alto.

¿La lectura me había fatigado los ojos, o Braxa temblaba realmente de la cabeza a los pies?

Braxa temblaba.

El balanceo era microscópico. Una fracción de centímetro a la derecha y luego a la izquierda. Abrió los dedos como pétalos, y vi que tenía los ojos cerrados.

Entornó de pronto los ojos, vítreos y distantes, y pareció que miraba más allá de mí y más allá de las paredes. El balanceo creció y se confundió con la música.

El viento sopló entonces del desierto y golpeó las montañas de Tirellian como olas que rompen contra una represa. Braxa movió los dedos: las ráfagas. Los brazos descendieron como péndulos lentos e iniciaron un contramovimiento.

La ráfaga llegó. Braxa inició un movimiento axial uniendo las manos al cuerpo, y los hombros dibujaron en el aire figuras de ochos.

¡El viento! El viento, dije. ¡Oh, viento enigmático! ¡Oh, musa de St. John Perse!

El ciclón se retorcía alrededor de los ojos: un centro tranquilo. Braxa echó atrás la cabeza, pero yo sabía que esos ojos pasivos de Buda no miraban el cielo raso sino los cielos inmarcesibles. Sólo las dos lunas, quizá, interrumpían el sueño de ese Nirvana elemental, deshabitado y de color turquesa.

Años atrás yo había visto a los devadasis de la India, los danzarines callejeros, que lanzaban al aire las telas coloreadas atrapando al insecto macho. Pero Braxa era más que esto: era una

Ramadjany, una encarnación de Vishnu, una de esas adoradoras de Rama que habían traído la danza al mundo: las bailarinas sagradas.

El tictac era ahora monótono y uniforme. El quejido de las cuerdas me recordaba los rayos afila- dos del sol, refrescados por la respiración del viento. El color azul era Saravasti y María y una mu- chacha llamada Laura. Oí una cítara en alguna parte, observé la estatua animada, y aspiré un soplo divino.

Yo era otra vez Rimbaud y su hachís, Baudelaire y su láudano, Poe, De Quincey, Wilde, Mallarmé, y Aleister Crowley. Fui, durante un fugaz instante, mi padre vestido de negro en el púlpito en sombras, pero los himnos y los resoplidos del órgano se habían trasmutado en un viento brillante.

Braxa era una veleta giratoria, un crucifijo emplumado que flotaba en el aire, una cuerda de ropa que sostenía una vestidura brillante, paralelamente al suelo. Tenía el hombro desnudo ahora, y el pecho derecho subía y bajaba como una luna en el cielo. La música era tan formal como los argumentos de Job. La danza de Braxa era la respuesta de Dios.

La música se hizo más lenta, se aquietó. Había encontrado un antagonista y una réplica. Las vestiduras de Braxa se recogieron en los serenos pliegues originales, como una cosa viva.

Braxa se dejó caer, lentamente, al suelo, y apoyó la cabeza en las rodillas, inmóvil.

Me dolía la espalda y comprendí qué tensamente había mirado yo el baile. Tenía las axilas húmedas. La transpiración me corría por los costados. ¿Qué podía hacer uno ahora? ¿Aplaudir?

Miré de reojo a M’Cwyie. La mujer alzó la mano derecha.

La muchacha se estremeció y se puso de pie, como si hubiese recibido un mensaje telepático. Las otras tres mujeres se incorporaron también.

Me levanté con el pie izquierdo dormido y dije lo primero que me pasó por la cabeza. —Muy hermoso.

Incluso aquella idea de Lafferty sobre una excavación arqueológica donde se encuentran restos del pasado y del futuro, y de otros mundos posibles, que luego emplea Gaiman en Endless nights.

Rara vez me influye tanto la literatura. Bueno, no lo veo peligroso. Otro día explico de qué manera me centra esto.

Enlace permanente a este artículo: http://enriqueblanco.net/2012/01/las-maquinas-del-olvido-recovecos-ii-2/

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: