Dic 23 2011

15 notas y 1 obsesión

Estaba yo prácticamente sin hornear en esto de lo organístico (aunque venía un poco churruscada de mi faceta pianera) cuando me crucé, de sopetón y sin previo aviso, con una de esas obras enormes en calidad y trasfondo.

Yo, pardilla de mí, ni me percaté de que aquellas 15 notas, que aparecieron oportunamente en un perfecto do menor, eran el ostinato de la que ha sido, es y será una de mi mayores obsesiones: do-SOL-mib-FA-sol-LAB-fa-SOL-re-MIB-si-DO-fa-SOL-DOOOOOOO. Las puedo, a estas alturas, recitar para delante, para atrás, haciendo el pino, a la pata coja, con la boca llena o bailando sardanas.

Soy una adicta descarada. A un Bach. Al padre, por supuesto, pero más que ninguno, a un Bach en concreto: a la Passacaglia y Fuga en Do m. Mi patología es de especialista. Mi síntoma es único. La Passacaglia (la llamo así, cariñosamente, pero incluyo siempre la fuga, claro) anula totalmente cualquier recoveco de mi férrea voluntad. Sin remedio.

La Passacaglia y yo nos conocimos por casualidad, quizás como el comienzo de los grandes amores del cine. Ella no me conocía y yo había vivido desde siempre (desde siempre que vivo, claro) bastante tranquila sin saber de ella. Nos cruzamos un día, a una hora sin nada especial más que estaba yo ante el Subtrono de Tahonas (para despistados, el órgano de cabina del conser), a los mandos de una obra que ya ni recuerdo. Quiso el destino aquel día que alguno de mis fallos/errores/invenciones/tropezón inspirara a María Jesús García Alonso, copitolo en ese momento y maestra en lo organístico desde mis comienzos (en esto), a ponerme por ejemplo de ostinato la obra en cuestión. Confié en que mi memoria recordara algún día “mirar” esa recomendación. Creo que no pasé de aquella misma noche. Fundí todos los fusibles hábiles de Spotify y revolví Youtube en busca de versiones y directos. Si aquel día no os funcionaba alguno de los dos, fue culpa mía. Yo los peté, se siente.

Uno de mis ambiguos defectos es precisamente ese. Soy capaz de escuchar día y noche algo si me gusta. Y normalmente al final tengo que abandonar lo que sea que ha tocado ante el peligro de aborrecerlo de tal forma que no lo pueda volver a escuchar nunca sin amago de arcada incluido. Normalmente la obsesión dura como 15 días, un mes a lo sumo. 

Pero a la Passacaglia la cosa no se aplica. No sé cuántas versiones puedo haber escuchado. No sé siquiera si alguna de todas me parece “la definitiva”. Solo sé que la escucho, la escucho…la escucho, miro la partitura con respeto, hasta con devoción, la sigo escuchando y cada vez que oigo una 5ª mi oído busca el órgano donde sea. Solo que a veces no lo hay y la 5ª no me lleva donde yo quiero…

Total, que a estas alturas, entre iPod, iTunes, er youtube, cedeses y Spotifymecargolascancionesqueescuchasdemasiado (sniff), seguramente haya escuchado “la Passacaglia” varios millones de veces. Por alguna razón misteriosa, que estoy segura Bach en un arrebato de egoísmo se llevó a la tumba (o de regalo al Altísimo, vaya usted a saber), el simple hecho de escuchar una quinta, la que sea, en cualquier tono, me lleva de cabeza y sin ningún atisbo de remedio a completar el ostinato de MI passacaglia.

No soy capaz de describir el cosquilleo que me recorre las piernas al escuchar esa primera frase entera. Como tampoco podría contar qué mil cosas se me pasan por la cabeza cuando, casi al final de la fuga (quizás para dejar que adictos como yo tengan una última dosis de felicidad), el tema, el ostinato, la releche de la passacaglia vuelve a aparecer por fin en el pedal, para ponerle punto y final a este peazzo obrón como hay pocos.

Me emociono con solo recordarlo. ¿Qué tendrán los ostinatos que se llevan mi alma donde quieren sin que yo pueda oponerme?¿Qué tendrá este ostinato en concreto que me deja clavada en el sitio (normalmente con la boca abierta) durante 15 minutos? ¿Bach, querido, qué me has hecho?

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2 comentarios

  1. Conozco esa sensación que comentas. La conozco tan bien como tú. Debía de ser el año 2002 cuando descubrí la Passacaglia en la versión de Marie Claire Alain, una de mis versiones preferidas (una de mis organistas preferidas). Había algo hipnótico en aquel ostinato. Algo que me subyugaba en aquellas variaciones, agobiante la fuga, arrebatador final en el que, por un momento, la música queda suspendida en un acorde de Re bemol mayor en primera inversión, para después cadenciar solemnemente y culminar en el ansiado acorde de Do mayor, que debe resonar varios segundos antes de quedar reverberando en la sala.

    Conozco la sensación. Igualmente me fascinó Karl Richter en su visión de la obra, en la que, por medio de cambios de registración, creaba un crescendo paulatino y brutal.

    Hoy en día me sigue subyugando, me despierta algo dentro como ninguna otra obra ha conseguido hacer. Me remueve.

    Conozco esa sensación…

  2. No olvidéis dar las gracias a André Raison, autor de las ocho primeras notas del ostinato. En cuanto a conocer esa sensación… …raro es el año que no encuentro excusa para hacer un análisis somero a los alumnos.

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