Me llama bastante la atención que Yaya Ceravieja, Daniel Roca y Javier Guijarro, en sus artículos de presentación en este blog, manifiesten un gusto por Bach bastante menor que el mío… … y que lo hagan con cierta culpabilidad. Lo primero, y es obvio, si quisiera que nadie me llevara la contraria, no invitaría a escribir aquí a nadie. Pero creo que es mucho más interesante lo que voy a decir ahora.
Aborrezco el respeto reverencial a los compositores. Creo que limita seriamente el conocimiento y disfrute que se puede llegar a tener de ellos. Me aterra asistir a un concierto en que se interprete, por ejemplo, alguna de las “Casaciones” (piezas casi idénticas a la suite) de Mozart y que la gente las escuche con los ojos cerrados y casi atemorizada. Las cartas de Mozart revelan que despreciaba esas piezas, que sufrió escribiéndolas (se hicieron para amenizar cenas) y que no le gustaban nada. El respeto automático a Mozart nos impide justipreciar sus obras: las tiene mejores y peores. Y es realmente injusto poner en el mismo saco obritas fáciles sin consecuencias que algunas de sus más profundas piezas. Él mismo sería el primero en protestar.
¿Qué decir de Bach? Por necesidades profesionales, todos los años enseño a imitar algún tipo de sus piezas. Y casi no puedo poner ejemplos. Los alumnos se intimidan “Jamás llegaré a hacer esto tan bien como Bach”. De nuevo: Bach hacía cosas mejores y peores, más fáciles y más difíciles. Hacer, por ejemplo, un coral vocal tan perfecto como los suyos, está al alcance de cualquiera. Y no es desprecio a Bach decirlo. Es, por el contrario, respeto y conocimiento. El Kantor empleaba los corales como primeros ejercicios de composición, no los consideraba difíciles. Pero si ponemos en el mismo saco un humilde coral de diez compases y la gran fuga en sol menor, no estamos apreciando al compositor.
No, no tengamos devoción sacra por los compositores. Disfrutémoslos, amémoslos, seamos amigos suyos. Es mejor para ellos y para nosotros.
9 comentarios
rafael castro
17 noviembre, 2011, a las 9:49 (UTC 2) Enlace a este comentario
Totalmente deacuerdo, estamos creando una sociedad de ídolos donde entre otros claro está aparece Bach mozart y Beethoven. Es triste cuando uno dice estudios música clásica y todos dicen “qué bonito el piano… o el violín”, no señora no toco el piano, ni el violín… ah ¿qué tocas? guitarra clásica… qué bonito el concierto de aranjuez… eh, no señora, no me gusta y ante eso se manifiesta estupefacto el público ¿qué clase de música tocas hijo? claro solo falta que digas qu eno te gusta mozart y te matan, eso sí, afirmas que te gusta Bach ah, la cosa cambia… una pena idolatría + ignorancia… qué dura condena de infelicidad madre…
pero por suerte a veces, llega un señor profesor con un artículo como éste y descubres queno eres el único bicho raro al qu ele pasan estas cosas… buf, vaya balón de oxígeno que me acaba de meter por vena… GRACIAS amigo
javierguijarro
18 noviembre, 2011, a las 12:06 (UTC 2) Enlace a este comentario
Ya he dicho por ahí en otra parte que estoy plenamente de acuerdo con este artículo. Solamente una aclaración: cuando yo digo que Mozart es mi Dios y esas tonterías que digo habitualmente, siempre espero que se entienda que es una cosa un poco irónica. Más que nada, porque como decía una amiga mía muy católica, los ateotes practicantes tenemos una especie de necesidad de hablar de Dios constantemente. Y además porque es verdad que Mozart me gusta mucho. Y también, como dices en el caso de Bach, tiene cosas que me gustan muchísimo, cosas que me gustan menos, e incluso cosas que no soporto (¿Alguien puede escuchar toda seguida “La Clemenza di Tito”? Yo no…)
JoseMansergas
20 noviembre, 2011, a las 0:13 (UTC 2) Enlace a este comentario
Ya decía Varèse en sus aforismos que “los muertos nos gobernaban; su vida, su destino, sus leyes, sus tradiciones pesaban sobre nosotros…” y que “la verdadera base de la creación artística residía en la falta de respeto”. Creo humildemente, sin embargo, que con Bach podría bien hacerse una excepción.
Enrique Blanco
20 noviembre, 2011, a las 0:25 (UTC 2) Enlace a este comentario
Bien podría hacerse, lo suscribo. Con todo, creo que habrá quién ame a Bach tanto como yo, pero no más. Y preferiría que todas sus obras se perdieran antes que un respeto indiscriminado impidiese la creación de obras nuevas, y algo de eso hay. No se toca la obra de gente viva, o muy poco, por compararla con la del pasado, que ya está refrendada. Todos los años discuto con alumnos porque, “¿para que componer? Ya se ha hecho todo antes y se ha hecho mejor” de poco me vale decirles que en el siglo XIV la gente ya tenía novias/novios, y que sin embargo muchos de ellos los tendrán. O que en el siglo VII la gente ya comía, y sin embargo eso no va a saciar sus hambres actuales.
JoseMansergas
20 noviembre, 2011, a las 1:11 (UTC 2) Enlace a este comentario
Y que nuestras vidas no son más que una prolongación de las de nuestros antepasados, y que los humanos formamos parte de esa cadena que está en constante evolución, y que nada es para siempre y que todo es transitorio, y que esto no hay quien lo pare…
Mª Jesús
20 noviembre, 2011, a las 9:47 (UTC 2) Enlace a este comentario
¿Qué os parece lo que puso Satie en su “choral hypocrite”? : “Mes chorals égalent ceux de Bach avec cette différence qu’ils sont plus rares et moins prétentieux”
A mi me parece que con esto venía a decir lo mismo que vosotros aquí, intentaba romper ese “respeto reverencial”, ese “os adoro por ser vos quien sois” y que se burlaba también un poco de sí mismo.
Mª Jesús
20 noviembre, 2011, a las 10:14 (UTC 2) Enlace a este comentario
Pero lo que aporta Enrique es que ese “no respeto reverencial” no baja de su pedestal al maestro, me gusta el que podamos adorarle sin la obligación de reverenciarle, y ese amor es más elevado porque es libre, nos aúpa un poquito sobre el pedestal junto con él.
Enrique Blanco
20 noviembre, 2011, a las 13:50 (UTC 2) Enlace a este comentario
Tú sí que me entiendes, María Jesús. Y qué gusto verte por aquí.
Mª Jesús
22 noviembre, 2011, a las 14:55 (UTC 2) Enlace a este comentario
El gusto es mío