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Oct 26 2011

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El nacimiento de un coro

Nota de la autora: “ya hace años que escribí este pequeño texto, para hacer rabiar a mis compañeros de coro por sus vicios y desvirtudes. Pero no solo se lo tomaron a las mil maravillas, sino que me hicieron publicarlo. De aquí surgirían poco después los ya célebres Postulados de la práctica coral (que ya os traeré para acá, pero que podéis leer en mi blog si no aguantáis la curiosidad).

Ahora, aprovechando el nuevecico blog de Enrique, lo reedito, reescribo y republico. Todo vuestro”

 

Un coro es una especie de comunidad de “excluidos” de la orquesta.

Casi por norma, los integrantes de un coro son guitarristas, clavecinistas, antiguos (no asustarse), pianistas u organistas. Yo soy de estos últimos, por partida doble.

En un coro, por suerte o por desgracia, siempre se oyen voces de todo tipo, pero se pueden extrapolar una serie de generalidades que se cumplen en casi cualquiera, sea juvenil, aficionado, académico o profesional.

Por lo general, hay tres tipos de integrantes: los que cantan por amor al arte, los que cantan por inercia y los que cantan por molestar.
Si algún corista, coralista, corero y/o/u similares me lee, sabrá de qué estoy hablando.

No hay una muestra típica del espécimen que canta por amor al arte, pero casi todos los que de esto nos preciamos respondemos inexorablemente a la llamada de nuestro director, tenga o no razón. Los que cantamos por amor al arte no sabemos rebelarnos contra la autoridad coral, y confiamos en el criterio del que tiene la batuta de la mano.
(Aunque también confiamos, por encima de todas las cosas, en aquel que se encarga de pagar las cenas.)

En realidad, nuestra confianza es pura fachada, es intrínseco al coro que de él salgan subcoros y pequeños grupos, que suelen dedicarse a la práctica por excelencia de los postensayos corales: criticar. Llegado el momento cortarán raíces y se escindirán del coro madre para comenzar una vida propia.

Nos pirra criticar. Uno no canta por amor al arte si no critica por la misma razón. ¿La diana de todas las críticas? Normalmente el propio director al que parecemos alabar. No os dejéis engañar, pequeños, un coro es una de las formas más desarrolladas de mafia que existe hoy día.

Pero volviendo a la clasificación de voces, también están los que cantar por inercia, un fino eufemismo que engloba tanto a los que pueden cantar pero no quieren como a los que quieren cantar pero no pueden. La permanencia de estos últimos en los coros es un misterio que una servidora, en su ya dilatada vida coral, aún no ha conseguido desentrañar.

Los que cantan por molestar son, y serán, un grupo que cumple a rajatabla la primera norma de convivencia que sufrí en el laboratorio: “Si no puedes ayudar, molesta”.

Y lo hacen a la perfección, oiga. Si te toca uno de estos especímenes cerca, estás perdido. Solo hay una forma de librarse de ellos. Cantarle, nunca mejor dicho, las cuarenta de la forma más auditivamente dolorosa posible. Receta: cantar a su lado, lo más cerca posible, con mucho disimulo y muy poca vergüenza, un cuarto de tono por debajo/encima.* Ojo, no es un método estático, hay que estar atento no sea que el espécimen se dé cuenta y se “atempere” con nosotros. Se espantan como los bedeles del trabajo. Son plastas, sí, pero tienen un tímpano delicadísimo.

Este espécimen, endémico de cualquier coro que se precie, tiene un nombre fácilmente reconocible: el cansino. No hay coro sin cansino. Por ley. La única gracia de los cansinos es que se reproducen como clones, y, a falta de uno, surgen siempre dos que lo suplen. Resultado: martirio para todo aquel que ose a saltarse la distancia de seguridad.

Y por último, por supuestísimo, están los cantantes.

Los cantantes son un mundo aparte, y cuando tratan de integrarse en las filas de una voz que creen la suya (ojo con esto), se trasladan a una especie de dimensión paralela, de la que nunca jamás vuelven.

Un cantante solista en un coro, por regla general, busca que toda su cuerda se adapte a su voz, lo cual solo lleva a perder dos cosas, tempo y paciencia. Y lo que es peor, paciencia ajena. Por propia definición, los solistas han nacido para ser solistas. Pero ellos no lo entienden. Os cuento un secreto: una pared no son un montón de ladrillos amontonados. Por muy buenos que sean los ladrillos.

Pero al final, todo aquel que ha estado o está en varios coros (hubo una temporada en la que llegué a cantar en 4 coros a la vez) se da cuenta de que el primer director que tuvo siempre vale mucho más que los demás. Sea como sea, el primer director/a es tu padre/madre coral y, pretendiéndolo o no, fue quien te pagó el bautizo vocal.

Y por esa misma razón, uno tiene el perfecto derecho a robarle partituras, batutas, ensayos y sobretodo y ante todo, a su coro.

Y así, discípulos míos, es como nace un nuevo coro.

 

* (Advertencia: no lo hagan en casa si no quieren quedarse sin familia).

Sobre el Autor

AnaHigles

Me gusta la música. Hago música. Si tuviera que escoger un género por encima de todos, sería incapaz.
Soy física y eurofan. No duele, lo prometo.

Enlace permanente a este artículo: http://enriqueblanco.net/2011/10/el-nacimiento-de-un-coro/

3 comentarios

  1. CarlPhilipp

    Buenísimo

    1. AnaHigles

      A mandar.

  2. Alvaro Menéndez

    Puedo dar fe de todos y cada uno de los puntos que expones en tu artículo, pero quiero remarcar uno que, creo, has olvidado: el director cerril.

    Me topé con un director cerril hace unos años, que se empeñaba en decir que sólo movía la boca sin emitir sonidos cuando prácticamente yo estaba tirando de media cuerda. Me producía una tremenda irritación, por no usar una palabra malsonante, que el muy idiota no se diera cuenta de que era yo el que ayudaba a mis colegas, en lugar de camuflarme entre ellos.

    Lo peor de todo es que, lamentablemente, como es el director poco hay que hacer excepto abandonar el coro. Pero cuando se trata de una asignatura oficial de la carrera, ya sabemos lo que eso significa.

    ¡Bravo por tu artículo!

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