Ene 13 2007

Crónicas zamoranas 2

Este es el primer artículo que escribo en el autobús. No se si será el primero que publique así que vuelva, dentro de unos días, a Zamora, eso sí. El recorrido del vehículo viene resultando por el momento tan exento de sorpresas como siempre, y supongo que el paisaje de las grúas madrileñas, cuando llegue allá, no me va a resultar más atractivo que de costumbre, así que seguramente escriba varios posts en estos días. Alguno, quizá, sobre la extrañeza de escribir en mi ordenador de mano -se hace raro, de verdad-. Alguno sobre la preocupante falta de interés en lo creativo que detecto ultimamente, y no sólo en el terreno musical. Y alguno sobre Crumb, mi inventor de ballenas favorito.
Pero este articulillo pretende ser el segundo de las Crónicas zamoranas. Y en él comentaré, una vez más, algo sobre el comercio en Zamora. Lástima que, en esta ocasión, no es bueno. Y es posible que comente algo sobre el carácter de muchos habitantes de esta ciudad.


Supongo que ser “friqui” en una ciudad pequeña es diferente, más complicado, que serlo en una gran ciudad. Y por misteriosas circunstancias, que no alcanzo del todo a comprender, parece ser que la lectura de cómics se considera en España una actividad de “friquis”.
Es el caso que en estas navidades ha salido un tomito con el nombre de “Las nuevas aventuras de Esther”. Como la tal Esther era de las lecturas predilectas de M en su infancia, pensaba que el libro en cuestión fuese parte de sus obsequios navideños. Me dirijo pues a la única tienda de cómics de Zamora, donde me encuentro una enorme especialización en manga y rol, y unos cuantos tebeos de la Marvel y la DC que siempre son obligados en tales casos. Sospecho que, siendo quizá lo menos interesante de la tienda, puede ser lo que tenga mejor venta.
El caso es que no parece que mi petición fuese muy apreciada, quizá por salirse del canon de lo que parece atender la tienda en cuestión. Vamos, que en un momento me sentí como un intruso. A punto estuve de alegar mis largas y disfrutadas lecturas de Sandman o mi entusiasmo por Allan Moore, Neil Gaiman o Mike Carey. Pero sospecho que, de la misma forma, hubiera sido mirado como alguien ajeno a la tienda. Tengo demasiados años como para que nadie me confunda con un otaku. El caso es que, tras asegurarme que lo que es pedir el libro no iba a hacerlo, el vendedor me dijo que volviese a la semana, a ver si los del almacen lo traían por voluntad propia, fortuna que no he tenido.
Vista la escasez de mi éxito, recorrí muchas de las librerías “normales” de Zamora. También aquí con sensación de intruso al pedir el volumen en cuestión. Hay miradas y tonos de voz que parecen decir “¿qué hace una persona adulta como tú pidiendo tebeos, y encima de niñas?”. Claro que esto puede ser una sensación subjetiva. Pero el hecho objetivo es que en ninguna librería se ofrecieron a pedirme el librito de marras. Mala suerte: demasiado formal para las tiendas especializadas, demasiado extraño para las convencionales. ¡Con el dineral y las horas que invierto cada mes en librerías y sentirme ahora un forastero en ellas!
Me extiendo quizá demasiado en la anécdota sobre este cómic, que conseguiré en este viaje a Madrid así lluevan centellas. Pero me importa más una conclusión que cada vez tengo más clara, y que quien considere que debe hacerlo, me perdone: lo peor de Zamora son, muchas veces, los zamoranos.
La ciudad es hermosa y francamente habitable. Los medios y recursos, muy superiores a lo que parecen creer los habitantes, que muchas veces parecen sentirse en un páramo social y cultural. Salvo el tebeillo en cuestión, poco es lo que me ha faltado en Zamora que hubiese encontrado en Madrid (y para eso se invento Internet). Los servicios públicos son muy eficientes en general. Pero parece existir una convicción generalizada de que todo es viejo, de que nada cambia nunca, de que no hay que hacer cosas nuevas porque es inútil. De que Zamora, en definitiva, es algo así como una condena para los zamoranos, no una ciudad vivible, cambiable, mejorable, disfrutable. Cambiable, porque todo cambia se quiera o no y es preferible cabalgar el cambio que ser arrollado por él.
En una ciudad grande -Madrid, por ejemplo-, el espacio por persona es menor. Quizá por ello la gente se precipite menos a juzgar al de al lado, no sea que del contínuo roce la cosa degenere en pelea. Y quizá porque si en un comercio no te sirven te vas a otro -hay muchos-, siempre se ofrecen a lograrte lo que pidas. Cosa de conservar la clientela de aumentarla.
La contrapartida es que el trato personal se pierde, que se te trata más como un objeto -no se puede tener cercanía con tanta gente a la vez-. En Zamora, ya lo dije en otra ocasión, me he sentido excelentemente tratado en los comercios. La gente que he ido conociendo, dentro o fuera de ellos, saluda siempre con amabilidad y se interesa por uno. Pero hay, muy a menudo, una sensación de ser puesto en tela de juicio, de que tienes que someterte a los valores del de enfrente, o, al menos, a unos valores comunes que no se sabe bien quién determina. Hay veces que un bienintencionado “qué bien habéis hecho” -por M y por mí-, no deja de ser un recordatorio de que en general la cosa no parece tan bien. Y con tanto juicio acabo encontrando que el amor propio, la fe en el propio criterio, la confiaanza en las propias fuerzas, rasgos admirables que me encantan de Zamora y los zamoranos, se convierten a veces en orgullo insensato.
¿Parece mucha conclusión para un asunto tan trivial como un cómic? No lo parezca: el tebeo en cuestión sólo ha sido la excusa para comentar algo que llevo tiempo percibiendo. Y es lástima, porque quizá sea de las cosas que más estancan esta ciudad.

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2 comentarios

    • Carlitox on 22 enero, 2007 at 18:47
    • Responder

    Si aún no has encontrado el cómic…¿has probado a buscarlo en la tienda de Glénat? Me parece que esa es su editorial.
    http://www.tiendaglenat.com/

  1. Lo encontré, Carlos, muchas gracias

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