Anuncio sobre el ritmo de este weblog. Endecha a Messiaen

Amigos queridos, debo anunciaros un cambio de ritmo permanente en el weblog. Durante este año casi completo que llevo manteniéndolo he recibido de él cosas indescriptibles: la más importante, sin lugar a dudas, la amistad y el afecto de gentes maravillosas. Nadie se ponga celoso si tengo un especial buen recuerdo de gentes como Vailima, TioPetros, Palimp, Porras, Erik, Cristina y tantos otros.
Es el caso que en un periodo de mi vida que estuve muy parado, falto de ánimos y alicientes, el weblog me animó a comunicarme con el mundo. Pero tras la inyección de autoestima que me ha dado mi adorada M, me vuelve a salir mi naturaleza: hacer, tocar y escribir música. Por no hablar de el futuro que lucho por construir con mi amada. De esa contienda, tiemblen quienes se erijan en enemigos.
No renuncio, ni lo haré nunca, a vosotros. El blog seguirá. Pero dejad que el ritmo sea esporádico. Permitid que no siempre intente explicaros algo. Eso seguirá dándose, pero a su propio ritmo. Y los contenidos serán por lo menos diferentes, en el sentido de más variados. Pronto espero poder daros noticias que me entusiasman sobre M y yo.
Voy a poneros un ejemplo de por qué me es difícil, hoy por hoy, mantener la bitácora. Mañana sería el aniversario de la muerte de Messiaen, ocasión que me afectó profundamente. En circunstancias como las que se dieron hasta hace poco, hubiera esperado hasta ese día para glosar su figura, hacer su panegírico y llorar su muerte.
Hubiera escrito un artículo muy similar al que completará estas líneas. Pero en estos momentos mi prioridad es hacer vida y hacer música —si hay diferencia, nunca la entendí—. Cosa que el bueno de de Olivier hubiera entendido y apoyado, lo que puedo hasta justificar documentalmente.
Os cuento pues, con un día de adelanto, como viví el día de la muerte del coloso del siglo XX: Olivier Messiaen, maestro de maestros, artista de artistas, sustrato de mucha de mi sensibilidad.

Sonó un teléfono. No recuerdo qué amigo me comunicaba la muerte de Messiaen. Sí recuerdo que lloré. No hablo francés, y hacía poco que acababa de traducir su Técnica de mi lenguaje musical con ayuda de un diccionario y mucha, pero que mucha paciencia. Hoy, afortunadamente, por manos más competentes que las mías, la traducción está editada. Que me guste releer la mía, tan inadecuada, es sólo porque mis vuelos de imaginación sobre un idioma que no entiendo reflejan mucho sobre como siento a ese autor.
Siguió habiendo lágrimas en mis ojos cuando marché al conservatorio. Era mi segundo año como profesor. La voz entrecortada. La mente en luctuosa concentración se negaba a dar la clase requerida. Tomé la decisión de hablar de Messiaen todas mis clases, fueran los grupos del nivel que fueren —que eran bajos—. El llanto que no me cesaba, que no mis explicaciones —profesor primerizo, niveles muy elementales—, debió impresionar a mis alumnos, que escucharon con el máximo respeto, y llevaron a muchos a preguntar por qué no se hacía un homenaje al excelso compositor. Recuerdo haber comentado reiteradamente que entre los inmensos males que nos traía la muerte del genio, uno, mezquino quizá, porque era una ilusión que sólo a mí me hubiera satisfecho, era el de nunca tener la ocasión de escuchar su voz.
Una de mis normas como profesor, tan elemental que pocos la aplican, es la de considerar que mis discípulos son seres humanos, con sus problemas, sus intereses, y su simpatía por el dolor ajeno. Tanto hubo de ésta última —independientemente de que su nivel de formación permitiera la compresión de lo que balbuceé— que acabamos por, al cabo de unos meses, y a petición de los alumnos, realizando un ciclo de conferencias sobre el increíble compositor. Con bastante éxito. Escribí el encarte del ciclo, a más de dar dos de las charlas. Mis últimas palabras para el encarte fueron: sit tibi terra levis. Sea la tierra ligera, blanda y amable para los huesos del ilustre. Siempre le echaré de menos.