Ene 30 2005

Brahms con mechero

Muy a menudo la gente tiene una imagen distorsionada de cómo somos los músicos clásicos. Gente estirada, sibarita, incapaz de reaccionar humanamente como hacen otras personas frente a otras músicas.
Muy otra es la realidad.
El otro día, escuchaba Brahms con M, a la que por cierto, la sugerencia de Palimp de que era abreviatura de Mipichurri hizo gracia. Con todo, el apelativo era demasiado largo. Abreviarlo a “Mipi” parecía nombre de gato, y “Mipichu” parecía nombre de Pokemon. Hubo pues, Palimp, que desestimar tu propuesta.
El caso es que hacía dieciocho años que M y yo no escuchábamos música juntos. Y, en todo caso, nunca habíamos oído a la vez las Variaciones sobre un tema de Haendel, para piano. No estábamos en plan “escucha profunda”. Comentábamos: “¡que maravilla de variación!”, “¡pues anda que ésta!”…
Al final, según iba llegando alguna de nuestras favoritas, alzábamos y agitábamos el mechero encendido, como otra gente en otras circunstancias. Por cierto que la coincidencia en gustos fue casi total. Pocas veces he escuchado música con tal ternura.
Ésta es una de las “bellezas inmerecidas” a las que, en su momento, me referí. Creo una sección para vivencias de este tipo: hermosuras que uno no espera ni trabaja por ellas.
Como compensación por ser tan amables de leerme, aquí os dejo la posibilidad de escuchar esta obra. Hacerlo con mechero y compañía es opción vuestra, aunque, ciertamente, lo recomiendo.
Eso sí, mejor si conseguís una versión diferente, con piano de verdad y un buen intérprete. Quién —no sé quién es— secuenció estas variaciones hizo un trabajo digno, pero mejorable. Mucho.
Que la belleza os asalte, aunque sea a traición.

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8 comentarios

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    • Porras on 30 enero, 2005 at 20:02
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    ¡Qué bonito! 🙂 Me han gustado mucho las variaciones, si supieras quien las paso a MIDI te diria que le dijeras que están mu bien.
    A ver si me asalta la belleza a mí jaja

    • Vailima on 30 enero, 2005 at 21:24
    • Responder

    Tio Petros y yo también hemos tenido ocasiones (y no pocas) de experimentar ese tipo de belleza. No sólo de poder escucharlas -aunque sin mechero, lo reconozco-, pero poder interpretar el Eli,Eli de Bartók o el Pueri Hebraeorum de Tomás Luis de Victoria, el Et in terra pax de Vivaldi u otras joyas musicales…los dos solos, en mitad de una iglesia románica perdida en el campo soriano o palentino, él, yo y piedras llenas de historia…
    Te aseguro que de puro placer resultaba algo indecoroso.

    • Cristina on 31 enero, 2005 at 17:00
    • Responder

    Digo lo mismo que Porras: me han parecido preciosas, preciosas, preciosas… lo del mechero y tal ya si eso en otra ocasión… cuando me haya hecho con un janpol!

  1. Te advierto que don Belmondo nació en el 33.

    • Palimp on 31 enero, 2005 at 21:03
    • Responder

    Hasta envidia me das, condenao. Y si Mipichurri te parece largo, puedes sustituirlo por Michurri, Mimoza (adecuadísimo si además es mimosa), y la que más me gusta de todos: Micuchicuchi

  2. No me envidies, Palimp, no me envidies, que por su propia mecánica, esto está abocado —salvo excelente suerte— a ser escaso y ocasional, no como lo tuyo con la morenaza innominada. Ni ella es casada, ni menor, ni nada ilícito, pero hay que atender al bienestar de terceros. Envidia, si quieres, la intensidad, que ha habido momentos únicos. Lamentablemente únicos —por aquello de que es fácil que no se repitan—. M, de momento, abrevia a MiLeona.
    Y, sí, M es mimosa. Sabe, por lo demás, que la discusión sobre si aceptar tu sugerencia la tuvimos juntos, muertos de risa.
    La echo de menos. Lo malo de vivir en ciudades diferentes.

    • H. Schütz on 31 enero, 2005 at 23:11
    • Responder

    Haciendo eco del comentario de Vailima, debo decir que yo a mis padres los tengo muy bien amaestrados y les he enseñado algunas piezas del Cancionero de Palacio, de Juan del Encina, y el Ave María de T.L. de Victoria. Una vez que se los supieron decentemente, empastamos las voces y no sería la primera vez que las cantamos en un monasterio, en mitad del claustro, en capillas, iglesias… eso sí, el requisito imprescindible es que dicho recinto se encuentre vacío… que sólo nuestras voces reberveren entre tanta piedra.
    Saludos.
    P.D. Ahora me queda enseñarles algo de Schütz…

    • Emey in love!!! on 3 febrero, 2005 at 22:01
    • Responder

    Mmm…supongo que sé a que sensación te refieres carl Philip , y aunque yo no la haya experimentado desde vuestro mismo punto de vista (el amor) , hace nada la experimenté , cuando estando “de fiesta” en casa de unos amigos ,todos músicos , en vez de estar escuchando a todo volumen “eso” que llaman bacalao o yo que sé , que solo el nombre me da asco , estábamos escuchando (vale , si , a todo volumen tambien) la sinfonía pastoral de Beethoven ; y pese a sabérnosla todos de memoria , a todos nos recorría un dulce escalofrío que nos ponía la piel de gallina e incluso a algunos aún mas apasionados (como aquí una servidora) se nos escapaba una que otra lagrimita…y yo ,solo de vernos a todos , experimentando esa simbiosis entre la musica y nosotros , todos juntos… uff…que sensación…no sé otros , pero a mí la música me saca las lágrimas , es tan bella que duele…y me siento TAN afortunada de poder sentir esto…que me siento mas rica que nadie , aun mas que la isabel preysler esa con su piscina de ferrero rocher’ssss
    En fin… solo puedo decir:GRACIAS

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