Oct 31 2004

Proporción (1)

Presentación. Ejemplos de proporciones inadecuadas.


Vimos en un artículo anterior como la simetría convencional puede ser insuficiente para proporcionar a la música un impulso dinámico suficiente. Consecuencia de ello es que las cúspides de tensión de una obra no suelen hallarse en el centro de la misma. Esto resulta tanto más cierto cuanto más extensa sea.

Proporción

Vamos a denominar proporción a la relación entre las partes de una obra. Cuando hablamos de equilibrio en una música, una imagen o una construcción, nos referimos a que posea una proporción armoniosa. Lo que dicho así, queda de lo más elegante, pero no es precisamente claro. Vamos a intentar poner algún caso, como por ejemplo, una propuesta para un guión cinematográfico sobre una historia de amor.

Tristán: Te quiero.
Isolda: Yo también te quiero. Tristán.
Tristán: Casémonos.
Isolda: Sí.
Tristán: ¿Debemos invitar al rey Marcos a la boda?
Isolda: Hombre, es rey. Algún buen regalo nos hará, y hasta que te suban el sueldo en la Tabla Redonda…
Tristán: Es que como no en todas las tradiciones pertenezco a ella me pagan menos, por no tener dedicación exclusiva.
Isolda: Deberías empezar a pensar en un trabajo fijo. Caballero andante autónomo tiene poco futuro. Y no querrás que vivamos en una gruta, como Merlín.
Tristán: Pues sí que lo había pensado. Porque, evidentemente, tú no vas a seguir trabajando de sustituta de princesas secuestradas.
Isolda: Las pobres. Es que resulta aburridísimo estar secuestrada por un gigante sin más que hacer que asomarse a la ventana de la torre. Así que en cuanto ven la buena figura que hago en un balcón con el henín puesto, se visten de paisano y se toman unas vacaciones en Camelot. Y sí que tendré que seguir trabajando, en lo que nos establecemos.
Tristán: ¿Y qué crees que va a opinar Lanzarote de mí? ¿Que no soy capaz de mantener a mi mujer? Y no te creas que me hace mucha gracia que te exhibas en los balcones.
Isolda: Lanzarote, Lanzarote, siempre hablando de Lanzarote. Pues cásate con Lanzarote y no conmigo. No es Lanzarote quién va a planchar tus camisas ni pulir tu armadura.
Tristán: Mujer, no seas así…

Noventa minutos más tarde

Isolda: Bueno, entonces quedamos en que la invitación sea la que tiene fondo de gules, ¿no?
Tristán: De acuerdo, pero sigo sin ver qué hay de malo en mandar un mensajero a caballo a la gente y que se lo diga de viva voz. Nos vamos a gastar una fortuna para pagar a los monjes copistas.
Isolda: ¡Hombres! Nunca os fijáis en nada más que el dinero. ¿No te das cuenta de que la gente quiere un recuerdo?
Tristán: Cedo. Pero a cambio tú cedes en lo del jabalí para el festín.
Isolda: Es que luego te da gases… Bueno, de acuerdo, está bien.
Tristán: Gracias, cielo.

THE END

Convendréis conmigo en que como historia de amor resulta insatisfactoria. En la práctica sólo las cuatro primeras líneas resultan propiamente referidas a ello. El resto lo único que refleja es la cotidianeidad de dos personajes míticos. Hay un problema de proporción entre el espacio dedicado a lo amoroso , que por abrupto y descontextualizado apenas alcanza relevancia y el dedicado al resto.
Veamos si somos capaces de mejorarlo.

Nos encontramos en la taberna-sala de baile “La hidromiel del trovador”. Un grupo de juglares tocan danzas emparejadas, ora rápidas, ora lentas. Mientras suena una gallarda, Tristán se acerca a Isolda, que bebe vino apoyada en el mostrador.

Tristán: Mi dama, ¿me permitís el atrevimiento de inquirir si adquirís conocimientos de algún erudito clérigo, o por el contrario recibís estipendio por realizar algún cometido para el rey?
Isolda: Mi buen caballero, debéis refinar vuestra retórica. El parlamento que acabáis de realizar lo hacen todos los galanes aquestos días, y no escasas damas. Os van a tener por jayán, pelafustán y belitre, a menos que os enmendéis. Para dar satisfacción a la auténtica razón de vuestra curiosidad, me llaman Isolda. Y mis mas cercanos y afectos, Iseo. Y ya que lo preguntábais, me instruye un sabio monje por las mañanas y por las tardes hilo para la reina.
Tristán: Yo recibí el nombre de Tristán de Leonís. Mi nombre y cuanto poseo pongo a vuestros pies. Sean vuestros escarpines delicados, pues pisan las entretelas de mi corazón. Decidme: ¿os agrada el conjunto de juglares? Por lo que sé, representan una nueva corriente, a la que llaman polifonía.
Isolda: Dulces son sus sones. Se introducen por mi oído y hacen que mi cuerpo ansíe estremecerse en una pavana. Decid, caballero Tristán: ¿gozáis vos de la música?
Tristán: Mucho me complace. A decir verdad, taño la rotta, y junto con otros caballeros andantes he formado un grupo. Nos hacemos conocer como “Las piedras movedizas”, por el escaso asiento que nos permite nuestra condición.
Isolda: Llenáis mis oídos de interés, buen caballero. ¿Sois acaso el contratenor de tan portentoso intento?
Tristán: No, mi dama. Tal labor la cumple Gawain, a quién sobrenombran como “morritos”, por su semblante cuanto entona. ¿Consentís que os convide a otro cordial?
Isolda: Consiento, pero no ha de ser más de uno. Siento mi cabeza ligera y una extraña propensión a reposarla en vuestro hombro, que parece singularmente cómodo a la par que fornido.
Tristán: ¡Tabernero, dos jarras para mi hermosa señora Doña Isolda y para mí mismo!

Noventa minutos más tarde

Tristán: …y entonces el vagabundo contestó: “Sí, pero a mi se me pasa mañana”.
Isolda: Callad, Don Tristán, callad, os lo ruego. Mis ijadas se resienten de tanto reír. Y con tales dolores no he de gustar tampoco de más danzas. ¿Apeteceríais acaso que nos retirásemos a algún sitio más íntimo, dónde poder conversar, sin más vigilancia que la de una dueña?
Tristán: ¿En vuestro castillo o en el mío, bella Iseo?

THE END

La dirección de este weblog no se hace responsable de las opiniones vertidas por los personajes. Cualquier parecido con ente mítico alguno, es estrictamente casual.

En este segundo intento, hay, igualmente, un problema de proporción. Todo parece indicar que nos encaminamos a una escena romántica, en la que bajo la mirada arrobada de la carabina los personajes se juren eterno amor. Pero la preparación resulta excesiva, y, si se produjera la escena, necesitaría un desenlace posterior.
Resumiendo: no parece apropiado que los momentos de mayor interés se hallen al principio o al final de la obra, sino que deberían estar más repartidos. Sobre cómo repartirlos hablaremos en el proximo artículo.

Enlace permanente a este artículo: http://enriqueblanco.net/2004/10/proporcion-1/

5 comentarios

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    • Vailima on 1 noviembre, 2004 at 17:54
    • Responder

    ¡Isolda, mi esperanza!
    ¡Isolda, mi triste suerte!
    Eres para mí la vida.
    Eres para mí la muerte.

  1. …así cambian los tiempos…

  2. …y llamarlo una parida
    hubiese sido muy fuerte.
    Justicia muy merecida,
    más frase tan contundente,
    que si de veneno henchida
    me hubiera dejado inerte.
    ¡Tristanes atolondrados!,
    ¡Isoldas en escabeche!:
    aprended en este espacio
    los peligros de leerme.
    Poco espacio hay en los vados.
    Y se ahoga uno al caerse…

  3. No lo había leído aún. ¡Magistral!

    1. Tampoco exageremos… Lo de que no la hubieras leído, no me extraña, es lo malo de los blogs, que es difícil distinguir el trigo de la paja.

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